¡Buenos días, artistillas! Nuevo capítulo solo para ustedes (¿Para quién si no?) Ya sabéis, leedlo, disfrutadlo, ¡Compartirlo con los amigos! ¡Difundid el blog! ¡COMENTAD! Que vuestra opinión para mí es lo más importante y espero de verdad que os guste.
Los mirábamos, y ellos nos miraban. O imitaban mirarnos, pues
con la carencia del órgano ocular no sabía que estaban haciendo con claridad.
No caminaban exactamente, eran rápidos, lo habían demostrado en nuestra
persecución anterior. Pero ahora arrastraban los pies, las garras, despacio en
nuestra dirección, como si se estuvieran riendo de nosotros. Burlándose.
-Tenemos que llegar hasta allí –dijo Gus. Señaló una puerta
verde botella situada detrás de las bestias. – Lleva a las escaleras del
sótano, una vez pasada la puerta estaremos a salvo. Hay que abrirla para cuando
los demás lleguen.
Escuché pasos tras de mí, estaban bajando las escaleras.
Íbamos a contra reloj. ¡Mierda!
<<Piensa rápido>>
Las bestias se carbonizaban con el agua, pero no tenía el
suficiente tiempo para crearla, eran demasiados, sin ir más lejos y sin
exagerar demasiado, diría que ante nosotros había unos veinticinco. Parece un
número bajo, a no ser que seas tú el que te enfrentes a ellos. <<Piensa
rápido, necesitas agua>> Estamos en un instituto, en una dimensión
diferente o no, creo que deberían tener un extintor o una manguera a falta de
lo otro. Estábamos en la primera planta, fuera había un patio, supuse, en un
patio por muy desértico que sea debería haber una manguera para limpiarlo cada
cierto tiempo. ¿Estaría muy lejos la manguera? No pensé más, me encaminé hacia
una ventana y la rompí de una patada, a travesando los cristales rotos con mi
cuerpo y cayendo al suelo rodando. Me incorporé. No me paré a observar el
paisaje, pero pude apreciar dos soles brillando en el despejado cielo de un
color anaranjado poco usual a estas horas del día. Miré a la derecha y no
encontré nada más que unos cuantos bancos. Miré a la izquierda, y esta vez, a
parte de los bancos con pintura descascarillada se encontraba una larga
manguera de color verde.
-¿Qué haces? – Me gritó Gus asomándose a la ventana.
-¡Toma! – Le lance la boca de la manguera - ¡Apunta a las
cosas esas!
Me miró sin entender.
-Se carbonizan con el agua ¡Haz lo que te digo!
No hizo más miramientos y obedeció. Salió corriendo con la
boca de la manguera ante él, apuntando. Yo no perdí más tiempo y abrí el agua.
Me apresuré a desenrollar toda la longitud de la manguera para que el agua
corriera más rápido. Después de ello corrí nuevamente al interior para ayudar a
Gus. (Gus ¿No era así como se llamaba el ratón de la Cenicienta?) ¡Concéntrate
Alex! Además, éste Gus es mucho más atractivo que un ratón. ¡Concéntrate!
Mónica, Dario, Elliot y todos los demás alumnos ya estaban en
el comienzo del pasillo, caminando, pero ligeritos. Intercambié una rápida
mirada con Elliot y corrió hábilmente hasta mí lado.
-¿Qué pasa? – Preguntó tocándome la cara, como si quisiera
asegurarse de que realmente estaba ahí.
-¡Estoy bien! – Le informé – El agua. El agua les hiere,
ayúdanos.
No hizo falta decir nada más.
Elliot le cogió la manguera a Gus y comenzó a apuntar a las
bestias, mientras Gus y yo íbamos golpeando a los monstruos para hacerle más
fácil a Elliot que les apuntara. Uno a uno fueron cayendo, reducidas a cenizas,
polvo gris sobre el pavimento blanco. Lanzaba puños al aire, intentado no
acertar en un sitio demasiado cercano a esa hendidura que tenían por boca.
Apestaban, realmente olían como un cadáver expuesto al sol durante más de un
año. Aún así me aguantaba las ganas de vomitar y respirando solo cuando me
alejaba de ellos momentáneamente.
Cuando el pasillo estuvo prácticamente libre hice señas a
Mónica y Dario para que me siguieran hasta la puerta verde botella que según
Gus me había indicado, daba al sótano. La tuve que forzar un poco; chirrió al
abrirse. En fila fueron pasando todos los alumnos, decenas y decenas de
alumnos. No era un gran número teniendo de referencia los colegios de la
Tierra, pero sí que me sorprendía que hubiera tantos niños en Even, y aún más,
que esos niños estuvieran aprendiendo a usar el poder que llevaran dentro de
sí.
Mónica y yo nos pusimos cada una a un lado de la puerta, ella
hacia recuento de los que entraban y yo les gritaba a todos y cada uno de ellos
que se tranquilizaran y corriesen todo lo que sus piernas le dieran. Elliot y
Gus seguían liquidando las pocas bestias que quedaban, mientras Dario guardaba
las espaldas del grupo. Incluso caminando sobre muletas, a sabiendas de que si
atacaban él no sería capaz de hacer mucho más que protegerse a sí mismo y con
dificultades, era tan valiente que prestaba su ayuda, sin importarle como
pudiera salir él. No entiendo cómo los dos, Dario y Elliot, creen que soy yo la
más valiente de los tres. No tiene ni pies ni cabeza. No tiene lógica.
-¡Todos dentro!
El grito de Mónica fue como música para los oídos, voces
suaves cantando victoria. La euforia me duró apenas un segundo, pronto recordé
en qué situación estábamos. Inspiré hondo.
-¡Rápido chicos, adentro también! – Comencé a dar órdenes -
¡Gus tira eso hacia fuera! ¡Elliot entra para dentro! ¡Dario ayuda a Mónica a
comprobar que estén todos bien! ¿Alguno herido?
-¡No! – Respondieron los tres chicos al unísono.
Asentí satisfecha.
Entré por la puerta, seguida de Dario, quien avanzaba más
rápido con las muletas de lo que muchos harían corriendo normal. Escuché un
estruendo detrás, seguido de algo como el sonido de la lluvia al caer sobre el
asfalto. Supuse que era Gus depositando la manguera de cualquier manera sobre
la ventana que rompí, sin ni si quiera molestarse en cerrar el grifo.
-¿Están todos bien? – Pregunté al llegar al sótano, a lo más
hondo de la escuela.
-Me parece que están todos aquí – decía Mónica, haciendo
recuento una vez más de los alumnos -, no creo que haya nadie arriba.
Con todo el alboroto no me había acordado. No había tenido
tiempo ni de parar a pensarlo: sí que había una persona arriba. Emelina se
había quedado en su despacho para que yo saliera. Se me heló la sangre, cubitos
de hielo corrían por mis venas en lugar del habitual fluido rojo y caliente.
¿Seguiría viva?
-¡Tengo que volver! – Empecé a exclamar - ¡Emelina se quedó
arriba! ¡No podemos dejarla allí!
Comencé a darme la vuelta con intención de subir las
escaleras, correr y correr, como hice en mi huida y rescatar a aquella persona
que me había rescatado a mí de mi pozo sin respuestas. Elliot me cogió de los
hombros, frenándome.
-¡Tengo que ayudarla!
-No, no puedes ir a ninguna parte. Ninguno podemos salir – Me
contestó, manteniendo la calma.
-Elliot y yo hemos tapado la puerta con tablas y apilado ante
ella todo lo que hemos encontrado. La intención es que nadie entre, y por
tanto, nadie sale ¿Cuánto podremos sobrevivir aquí abajo? – Explicó Gus sin
dirigirse a nadie en particular; miraba al suelo.
-Hay víveres para aguantar un mes o más. Para entonces ya
estaremos a salvo. O eso espero – Apenas susurró la última parte. Tragué en
seco.
-Pero ella…
-Ella sabe cuidarse de sí sola, Alex. Es fuerte, más que
todos nosotros – Me calmó – A excepción, quizás… de ti.
¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo confiaba tanto en mí? ¿Por
qué lo pensaban? Y si yo, en algún caso, en algún momento de brillantez les
había dado motivos para creerlo ¿Por qué no se lo callaban? ¿Es que no se daban
cuenta de la presión que sentía, de la situación en la que me ponían? Me hacían
sentir que si yo fallaba, todo y todos caerían conmigo. Si lo lograba, todo
estaría bien. ¿Mi mayor miedo actual, en este momento? Miedo a fallar. No, no.
Miedo a fallarles.
-No soy tan fuerte – fue lo único que dije.
Me alejé de todos, dando pasos cortos y arrastrando los pies.
No quería volver la cabeza a ver si alguien me seguía, y si lo hacían ni se
escuchaban sus pasos; sentía sus miradas como agujas en la nuca.
Me desplomé en una cama lo más alejada de todo y de todos que
encontré. Sobre la mesa había una linterna y un libro: Delirium; ya había leído ese libro en la biblioteca de casa. Casi me echo a reír: un mundo donde el
amor es una enfermedad y los sentimientos están prohibidos de tal manera que al
cumplir la mayoría de edad te intervienen para quitártelos, arrancándote con
ello un trozo de ti. En este mundo todo el que amaba algo, cuando dejabas que
alguien se acercase a ti acababas sufriendo. Los sentimientos se convertían en
tu propia arma de tortura contra ti mismo. Solo por un momento deseé dejar de
sentir. Dejar de sentir amor, dejar de sentir dolor, dejar de sentir compasión
y no preocuparme por nadie más que por mí. Pero entonces Dario apareció ante mi
cama, no dijo nada, solo se sentó a mi lado, colocando una mano sobre mis
hombros.
Quería dejar de sentir todo, menos la ternura y el calor de
sus labios sobre los míos. Algo que me hiciera olvidar por un momento que acababa
de abandonar a una amiga ante un monstruoso peligro.
Solo susurré una palabra:
-Bésame.
Y él, sus labios, sus manos recorriendo mi cuerpo haciéndome
mil caricias, me hicieron olvidar.
-Te quiero – Me dijo pasándome una mano por el pelo.
-Te amo – Dije, recostándome la cabeza sobre su pecho.
-Todo saldrá bien – Me aseguró.
-¿Me puedes recordar qué significaba bien? Hace tanto que
nada bueno ocurre que ya no me acuerdo de su significado.
-Encontraste a tu hermana, sabes que tu padre está vivo. Algo
bueno ha salido de esto.
-¿Cómo sabes que mi padre está vivo?
No me había dado tiempo de contárselo a nadie. No me había
dado tiempo de ni si quiera alegrarme de ello.
-No estás llorando, y
a pesar de todo lo que ha pasado, en el fondo eres feliz, sabes que tienes una
oportunidad de volverle a ver.
-Tengo una oportunidad… - repetí en un murmullo.

Me ha encantado el capitulo, esta precioso. Ya no se que decirte, ya te he dicho de todo ;-)
ResponderEliminarSigue asi, que tu historia me encanta
Besos, Andea
Bueno, tu sigue diciendo que te encanta, que yo con eso me conformo jaja Muchas gracias
EliminarUn beso