Capitulo 31

23/7/13

¡Buenos días, artistillas! Nuevo capítulo solo para ustedes (¿Para quién si no?) Ya sabéis, leedlo, disfrutadlo, ¡Compartirlo con los amigos! ¡Difundid el blog! ¡COMENTAD! Que vuestra opinión para mí es lo más importante y espero de verdad que os guste.





Los mirábamos, y ellos nos miraban. O imitaban mirarnos, pues con la carencia del órgano ocular no sabía que estaban haciendo con claridad. No caminaban exactamente, eran rápidos, lo habían demostrado en nuestra persecución anterior. Pero ahora arrastraban los pies, las garras, despacio en nuestra dirección, como si se estuvieran riendo de nosotros. Burlándose.

-Tenemos que llegar hasta allí –dijo Gus. Señaló una puerta verde botella situada detrás de las bestias. – Lleva a las escaleras del sótano, una vez pasada la puerta estaremos a salvo. Hay que abrirla para cuando los demás lleguen.

Escuché pasos tras de mí, estaban bajando las escaleras. Íbamos a contra reloj. ¡Mierda!

<<Piensa rápido>>

Las bestias se carbonizaban con el agua, pero no tenía el suficiente tiempo para crearla, eran demasiados, sin ir más lejos y sin exagerar demasiado, diría que ante nosotros había unos veinticinco. Parece un número bajo, a no ser que seas tú el que te enfrentes a ellos. <<Piensa rápido, necesitas agua>> Estamos en un instituto, en una dimensión diferente o no, creo que deberían tener un extintor o una manguera a falta de lo otro. Estábamos en la primera planta, fuera había un patio, supuse, en un patio por muy desértico que sea debería haber una manguera para limpiarlo cada cierto tiempo. ¿Estaría muy lejos la manguera? No pensé más, me encaminé hacia una ventana y la rompí de una patada, a travesando los cristales rotos con mi cuerpo y cayendo al suelo rodando. Me incorporé. No me paré a observar el paisaje, pero pude apreciar dos soles brillando en el despejado cielo de un color anaranjado poco usual a estas horas del día. Miré a la derecha y no encontré nada más que unos cuantos bancos. Miré a la izquierda, y esta vez, a parte de los bancos con pintura descascarillada se encontraba una larga manguera de color verde.

-¿Qué haces? – Me gritó Gus asomándose a la ventana.

-¡Toma! – Le lance la boca de la manguera - ¡Apunta a las cosas esas!

Me miró sin entender.

-Se carbonizan con el agua ¡Haz lo que te digo!

No hizo más miramientos y obedeció. Salió corriendo con la boca de la manguera ante él, apuntando. Yo no perdí más tiempo y abrí el agua. Me apresuré a desenrollar toda la longitud de la manguera para que el agua corriera más rápido. Después de ello corrí nuevamente al interior para ayudar a Gus. (Gus ¿No era así como se llamaba el ratón de la Cenicienta?) ¡Concéntrate Alex! Además, éste Gus es mucho más atractivo que un ratón.  ¡Concéntrate!

Mónica, Dario, Elliot y todos los demás alumnos ya estaban en el comienzo del pasillo, caminando, pero ligeritos. Intercambié una rápida mirada con Elliot y corrió hábilmente hasta mí lado.

-¿Qué pasa? – Preguntó tocándome la cara, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí.

-¡Estoy bien! – Le informé – El agua. El agua les hiere, ayúdanos.

No hizo falta decir nada más.

Elliot le cogió la manguera a Gus y comenzó a apuntar a las bestias, mientras Gus y yo íbamos golpeando a los monstruos para hacerle más fácil a Elliot que les apuntara. Uno a uno fueron cayendo, reducidas a cenizas, polvo gris sobre el pavimento blanco. Lanzaba puños al aire, intentado no acertar en un sitio demasiado cercano a esa hendidura que tenían por boca. Apestaban, realmente olían como un cadáver expuesto al sol durante más de un año. Aún así me aguantaba las ganas de vomitar y respirando solo cuando me alejaba de ellos momentáneamente.

Cuando el pasillo estuvo prácticamente libre hice señas a Mónica y Dario para que me siguieran hasta la puerta verde botella que según Gus me había indicado, daba al sótano. La tuve que forzar un poco; chirrió al abrirse. En fila fueron pasando todos los alumnos, decenas y decenas de alumnos. No era un gran número teniendo de referencia los colegios de la Tierra, pero sí que me sorprendía que hubiera tantos niños en Even, y aún más, que esos niños estuvieran aprendiendo a usar el poder que llevaran dentro de sí.

Mónica y yo nos pusimos cada una a un lado de la puerta, ella hacia recuento de los que entraban y yo les gritaba a todos y cada uno de ellos que se tranquilizaran y corriesen todo lo que sus piernas le dieran. Elliot y Gus seguían liquidando las pocas bestias que quedaban, mientras Dario guardaba las espaldas del grupo. Incluso caminando sobre muletas, a sabiendas de que si atacaban él no sería capaz de hacer mucho más que protegerse a sí mismo y con dificultades, era tan valiente que prestaba su ayuda, sin importarle como pudiera salir él. No entiendo cómo los dos, Dario y Elliot, creen que soy yo la más valiente de los tres. No tiene ni pies ni cabeza. No tiene lógica.

-¡Todos dentro!

El grito de Mónica fue como música para los oídos, voces suaves cantando victoria. La euforia me duró apenas un segundo, pronto recordé en qué situación estábamos. Inspiré hondo.

-¡Rápido chicos, adentro también! – Comencé a dar órdenes - ¡Gus tira eso hacia fuera! ¡Elliot entra para dentro! ¡Dario ayuda a Mónica a comprobar que estén todos bien! ¿Alguno herido?

-¡No! – Respondieron los tres chicos al unísono.

Asentí satisfecha.

Entré por la puerta, seguida de Dario, quien avanzaba más rápido con las muletas de lo que muchos harían corriendo normal. Escuché un estruendo detrás, seguido de algo como el sonido de la lluvia al caer sobre el asfalto. Supuse que era Gus depositando la manguera de cualquier manera sobre la ventana que rompí, sin ni si quiera molestarse en cerrar el grifo.

-¿Están todos bien? – Pregunté al llegar al sótano, a lo más hondo de la escuela.

Era una sala amplia, más que amplia, consistía en toda la dimensión del instituto bajo tierra. Puede que hubiera túneles subterráneos conectando con otros pueblos. El caso es que era enorme, se extendía mucho más allá de donde mis ojos alcanzaban a ver. Algunas zonas, las más lejanas, se encontraban en penumbra, una oscuridad tan densa como la miel. Otras estaban iluminadas por las lámparas de aceite que también alumbraban en las plantas altas. Aparecieron Gus y Elliot por el hueco de las escaleras. En la estancia había camas, cientos de camas, una por cabeza presente y más de repuesto. Cada cama disponía de un edredón de plumas y una manta a los pies, una mesilla de noche a un lado y sobre ésta una lamparilla y alguna que otra cosa; un libro, un cuaderno, un linterna. En el centro, donde ahora estaban todas las personas acurrucadas unas junto a otras temblando de miedo y horror, había una alfombra de aspecto antiquísimo.

-Me parece que están todos aquí – decía Mónica, haciendo recuento una vez más de los alumnos -, no creo que haya nadie arriba.

Con todo el alboroto no me había acordado. No había tenido tiempo ni de parar a pensarlo: sí que había una persona arriba. Emelina se había quedado en su despacho para que yo saliera. Se me heló la sangre, cubitos de hielo corrían por mis venas en lugar del habitual fluido rojo y caliente. ¿Seguiría viva?

-¡Tengo que volver! – Empecé a exclamar - ¡Emelina se quedó arriba! ¡No podemos dejarla allí!

Comencé a darme la vuelta con intención de subir las escaleras, correr y correr, como hice en mi huida y rescatar a aquella persona que me había rescatado a mí de mi pozo sin respuestas. Elliot me cogió de los hombros, frenándome.

-¡Tengo que ayudarla!

-No, no puedes ir a ninguna parte. Ninguno podemos salir – Me contestó, manteniendo la calma.

-Elliot y yo hemos tapado la puerta con tablas y apilado ante ella todo lo que hemos encontrado. La intención es que nadie entre, y por tanto, nadie sale ¿Cuánto podremos sobrevivir aquí abajo? – Explicó Gus sin dirigirse a nadie en particular; miraba al suelo.
-Hay víveres para aguantar un mes o más. Para entonces ya estaremos a salvo. O eso espero – Apenas susurró la última parte. Tragué en seco.

-Pero ella…

-Ella sabe cuidarse de sí sola, Alex. Es fuerte, más que todos nosotros – Me calmó – A excepción, quizás… de ti.

¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo confiaba tanto en mí? ¿Por qué lo pensaban? Y si yo, en algún caso, en algún momento de brillantez les había dado motivos para creerlo ¿Por qué no se lo callaban? ¿Es que no se daban cuenta de la presión que sentía, de la situación en la que me ponían? Me hacían sentir que si yo fallaba, todo y todos caerían conmigo. Si lo lograba, todo estaría bien. ¿Mi mayor miedo actual, en este momento? Miedo a fallar. No, no. Miedo a fallarles.

-No soy tan fuerte – fue lo único que dije.

Me alejé de todos, dando pasos cortos y arrastrando los pies. No quería volver la cabeza a ver si alguien me seguía, y si lo hacían ni se escuchaban sus pasos; sentía sus miradas como agujas en la nuca.

Me desplomé en una cama lo más alejada de todo y de todos que encontré. Sobre la mesa había una linterna y un libro: Delirium; ya había leído ese libro en la biblioteca de casa. Casi me echo a reír: un mundo donde el amor es una enfermedad y los sentimientos están prohibidos de tal manera que al cumplir la mayoría de edad te intervienen para quitártelos, arrancándote con ello un trozo de ti. En este mundo todo el que amaba algo, cuando dejabas que alguien se acercase a ti acababas sufriendo. Los sentimientos se convertían en tu propia arma de tortura contra ti mismo. Solo por un momento deseé dejar de sentir. Dejar de sentir amor, dejar de sentir dolor, dejar de sentir compasión y no preocuparme por nadie más que por mí. Pero entonces Dario apareció ante mi cama, no dijo nada, solo se sentó a mi lado, colocando una mano sobre mis hombros.

Quería dejar de sentir todo, menos la ternura y el calor de sus labios sobre los míos. Algo que me hiciera olvidar por un momento que acababa de abandonar a una amiga ante un monstruoso peligro.

Solo susurré una palabra:

-Bésame.

Y él, sus labios, sus manos recorriendo mi cuerpo haciéndome mil caricias, me hicieron olvidar.

-Te quiero – Me dijo pasándome una mano por el pelo.

-Te amo – Dije, recostándome la cabeza sobre su pecho.

-Todo saldrá bien – Me aseguró.

-¿Me puedes recordar qué significaba bien? Hace tanto que nada bueno ocurre que ya no me acuerdo de su significado.

-Encontraste a tu hermana, sabes que tu padre está vivo. Algo bueno ha salido de esto.
-¿Cómo sabes que mi padre está vivo?

No me había dado tiempo de contárselo a nadie. No me había dado tiempo de ni si quiera alegrarme de ello.

-No estás llorando,  y a pesar de todo lo que ha pasado, en el fondo eres feliz, sabes que tienes una oportunidad de volverle a ver.

-Tengo una oportunidad… - repetí en un murmullo.






2 comentarios:

  1. Me ha encantado el capitulo, esta precioso. Ya no se que decirte, ya te he dicho de todo ;-)
    Sigue asi, que tu historia me encanta
    Besos, Andea

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    1. Bueno, tu sigue diciendo que te encanta, que yo con eso me conformo jaja Muchas gracias
      Un beso

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