Capitulo 25

3/7/13

¡Hola artistillas! Se supone que hoy los regalos los debería recibir yo (Hay alguien por ahi que hoy me iba a traer un Nicholas y otra personilla decia regalarme a un Jace particular) pero como soy taaaan buena he decidido traeros hoy el capitulo 25 -que además os lo debía- Este capítulo es.... ¿Romanticón? ¡Yo misma me emocioné al escribirlo! No sé si estará a la altura de las expectativas pero.... Disfrutadlo y comentad.






 Me desperté. Lo primero que me vino a la cabeza fue la horrible certeza de lo que había hecho anoche: espiar a Elliot y Dario, y lo peor de todo, que ellos se dieran cuenta.

¿Por qué cuando alguien piensa en hacer algo le sale absolutamente todo al revés?

En momentos así, me sentía una adolescente real. Con típicos problemas que toda adolescente tiene a mi edad. Estar insegura sobre su relación, preocuparse por la reacción de su hermano al enterarse de que le habías estado espiando. Esa clase de cosas. No es que me hubiera olvidado por completo de que dentro, de lo que se podría decir hora y media humana, tenía que asistir a una clase mágica, en un instituto mágico, con profesores mágicos. Pero mi mayor preocupación esta mañana era si Dario me diría que no quería que siguiésemos saliendo o que simplemente dejara de dirigirme la palabra (Lo que en mi opinión solo le perjudicaría a él, puestos que por lo que tengo entendido todavía seguimos con ese plan suicida de “Averigua todo lo que puedas sobre este mundo de locos ya que nadie quiere contarnos nada”) Y también la incertidumbre de si Elliot se le cruzarían los cables y comenzaría a gritarme o se pondría de acuerdo con Dario y dejaría de hablarme.

En cualquiera de los dos casos, era mucha información que procesar tan temprano. La cabeza no me daba. De momento solo podía cruzar los dedos y rezar. Aunque puestos a pensar ¿A quién debería rezar yo? Hasta ahora era cristiana, no una gran practicante, pero creía en Jesús.  Pero ahora había conocido a verdaderos dioses. Y no a uno, sino a cuatro. Dos de ellos eran mis padres. Así que… Bueno lo dicho. Mucha información que procesar.

Tras darme una ducha de agua no fría, sino más bien helada, para intentar despejarme las ideas; vestirme von una ropa cómoda, unos vaqueros que había en el armario, junto con una camiseta de asillas básica en color morado que también encontré en él y mis botas. Las que traje de casa, mis botas negras de hebillas, cómodas y en mi opinión hermosas. Me peiné, trencé el oscuro cabello en una trenza corriente y salí. En busca de o bien el comedor o la habitación de los chicos. Lo que primero encontrase.

Aunque resulta que lo que primero encontré no fue ninguno de mis dos objetivos. Caminé por un laberinto de pasillos, todos iluminados tenuemente por lámparas de gas. Todos muy iguales. Fui a dar a las aulas. Al aula de mi clase, la de “humanos” perdidos en Even. Se me pasó una pregunta, otra más, por la mente: ¿Me darían un trato especial por ser la hija de los que crearon este mundo? No estaría del todo mal ¿no?

En fin… por lo menos luego no me perderé en busca de las clases.

Volví por donde mismo llegué. Conseguí recordar vagamente, el camino que tomamos ayer a la hora de cenar. Allí, en la puerta del comedor, pintada de un horrible color verde, verde como el de los cubos de basura, se encontraban Elliot y Dario. Mi hermano y mi novio. El hermano que en próximos minutos me desheredaría si en su mano estuviese y… ¿Mi futuro ex?

Dios. Papá y mamá. Tío aire y tía tierra. O quien quiera escucharme. Ayúdenme.

-¡Hola!- Exclamé al llegar junto a ellos, con lo que creo yo, era demasiada alegría. Por lo menos demasiada a la que sentía.

No me respondieron simplemente me sostuvieron la mirada. Una mirada fría, capaz de helar un desierto o apagar un incendio. Aunque seguramente no apagaría el ardor de mis mejillas.

-Vale, vale, podéis soltarme el sermón. Me lo merezco, adelante –Me resigné a decir.

-¿Cuánto tiempo estuviste escuchando? –Preguntó Dario

Me esperaba muchas reacciones, entre ellas puede que alguna, así sin darle mucha importancia, nos imaginé usando la violencia. Pero no me esperaba esta.

-No sé exactamente cuánto. Con decir que no sé como lo hice…

-¿Escuchaste cuando dije lo del oso? –Me preguntó Elliot.

-¿qué oso?

-Vale empezó a escuchar a partir de dónde te temías –Concluyó mi hermano. – Os dejo para que os matéis… digo habléis tranquilos –Le dio una palmada en la espalda a Dario, el cual se tambaleó sobre las muletas.

-Bueno… -comenzó a decir con esa voz más aguda de lo normal, esa que solo pone cuando está nervioso. ¡Vaya! Ya sé lo que hace cuando está nervioso. Cada vez me parecía más a una novia normal. Dentro de lo que cabe claro.

De repente hubo mucho silencio. Se escuchaba un murmullo a través de la puerta del comedor y el repiquetear de los cubiertos al chocarse, como una música de fondo.
-Bueno…- repetí nerviosa. ¿Dario se estaría dando cuenta de que me temblaban las manos? Crucé los brazos para intentar pararlo.

-Aquí no –Dijo negando con la cabeza y señalando a un grupo de los peculiares profesores que pasaban junto a nosotros.

Asentí y caminamos hasta el oscuro pasillo, que se encontraba casi deshabitado, que conducía hacia las aulas (lo sé perfectamente, porque hace nada me perdí en él)

Nos paramos.

Pero ninguno hablaba. Estaba desesperada por oír algo. Intenté un par de veces decir alguna cosa yo misma, pero simplemente no podía. Las palabras se me atragantaban en la garganta. De repente tenía ganas de llorar. Aunque obviamente, no pensaba derramar ninguna lágrima. Espero.

-¡Di algo!- Dije en un tozo de voz alzado, desesperada.

-¿y que se supone que tengo que decir? Ayer lo escuchaste todo ¿no? –Comenzó Dario igual que yo, casi a gritos.- Oíste bastante claro como le decía a tu hermano lo que siento pero eso tú te lo pasas por… ¡Agg! Eres una… Eres demasiado orgullosa. No eres capaz… No es justo.

-¿Justo? ¿Qué demonios va a ser justo? ¡Nada es justo! Eres un… un… Un maldito egoísta. Piensa en mí por una vez.

-¿Qué piense en ti? ¿Eres idiota? ¿Estás sorda? No he parado de pensar en ti ni un segundo. Pensando en cómo coño saldremos de aquí. En cómo coño de sacaré de aquí con vida. ¿Eso no es pensar en ti?

-Piensa en cómo demonios crees que me siento siendo la única capaz de sacaros de este sitio. ¡Lo escuché! ¡Lo dijiste! ¡Elliot lo dijo! Creéis que soy la única capaz. Lo suficientemente astuta y despiadada cómo para acabar con cualquier cosa que se interponga en nuestro camino. Me da igual salir con vida. ¿No lo entiendes? Me preocupáis más vosotros que mi miserable vida. Prefiero que sigáis vosotros. Nadie me espera en casa. Tú tienes tu familia y Elliot se lo explicará a la mía.

-¡Yo! Yo no te espero en casa. Pero necesito que vuelvas conmigo ¿En serio? Ayer no lo dejé suficientemente claro por lo que veo. Estoy Enamorado de ti Alexandra. Enamorado. Estoy jodidamente enamorado de ti. Y tú eres una egoísta. Egoísta por intentar hacerte la suicida. Egoísta por no dejar que esté contigo. Últimamente me tratas como si fuera un leproso, parece que no soportas estar cerca de mí. No pensé que fueras así. –Termina como mismo empezó, a gritos, a excepción de las últimas frases <<No pensé que fueras así>> Las dice en un tono normal, pero se le quiebra la voz. Se le quiebra por el dolor.

Ya se está dando la vuelta para irse y es en ese entonces, cuando todas las palabras que antes no conseguían salir, se agolpan en mi boca, desesperadas por tomar sonido en mis labios.

-¡El egoísta eres tú! Egoísta por no entender como me siento, por no intentar ponerte en mi situación. ¿Crees que soy una suicida? ¡Pues i! ¡Soy una suicida! No me importaba perder la vida por sacaros de aquí. ¡Por sacarte de aquí! ¿Es que no lees entre líneas? Por eso no puedo estar cerca de ti. Porque me haces desear vivir. Pasar una vida cerca de ti. Solo tengo quince años y no sé nada sobre lo que significa el amor o cualquier mierda de esas. Pero sé lo que quiero y a quien quiero. ¿No lo entiendes? ¡Te quiero pedazo de imbécil! –Le grito.  Se lo grito a pleno pulmón. A estas alturas me importa un pimiento que nos escuchen. Sólo quería dejárselo bien claro.

Dario se vuelve a dar la vuelta. Solo había caminado unos pasos, no puede ir muy rápido con las muletas. Por eso vuelve a donde estoy en nada. Muy cerca de mí. Más que antes, a centímetros de mi cara ¿Me irá a gritar en ella?

-No, la imbécil aquí eres tú por haber tardado tanto en decírmelo. ¿Cómo querías que me pusiera en tu lugar si pensaba que lo nuestro para ti era un simple juego?  -Me dice en lugar de chillarme.

-Yo no… nunca pensé eso, para mi eres muy…- Empecé a decir

-¡Dios! Cállate de una puñetera vez.

No sé cómo lo consigue, el equilibrarse en las muletas y tomar mi rostro en ambas manos, pero no me importa mucho. Pierdo el don de la razón cuando empieza a besarme. Un beso con fuerza. Desesperado. Como si no nos hubiéramos visto en años. Puede que así fuese. Estaba tan aterrorizada por los misterios que se hallaban entre estas paredes. Tan concentrada en resolverlos, que no me había parado a pensar en cuanto echaba de menos sus labios, el calor de su cuerpo junto al mío, su olor. A jabón  y a chico.

Pasé mis brazos por sus hombros, acariciando. Jugando con el cabello de la nuca, donde único se le rizaba de una manera adorable. El beso desesperado de por sí, aumento el ritmo. Era como si quisiéramos devorarnos el uno al otro, y sentirlo como uno mismo. Su lengua exploraba mi boca, al igual que la mía la suya. Registrando cada centímetro de su ser, saboreándolo.

Nos separamos de golpe.

-No creo que seas un egoísta –digo jadeante.

-No creo que seas una suicida – dice él, jadeante.

Volvemos a besarnos. Con igual fiereza. Sus manos, las cuales creo que ya abandonaron hace rato las muletas, se posan en mi cintura, colando una por debajo de la camiseta, acariciando mi espalda. Nos empuja contra la pared, quedando yo apoyado sobre ésta. Mis manos dejan su nuca para acariciar sus hombros, el definido bíceps, la espalda. Sin dejarnos de besar en ningún momento.

-Eres imbécil – dice Dario contra mis labios.

-¿por qué soy imbécil? – digo recorriendo su mandíbula con la punta de mi nariz.

-Siempre tardas. Tardaste en decirme…

-Tardé en decirte que te quiero –concluí

-Demasiado

Cambiamos, él se apoya contra la pared, y yo contra su pecho.

-Cállate – le digo. Vuelvo a devorar sus rosados labios.

No es que lo sienta lejos de mí, es que lo siento muy poco cerca. En aquel paisaje desértico, en aquella montaña, cuando nos besamos. No era como ahora. En este momento sentía fuego dentro de mí. Un millón de descargas que se extendían por cada una de mis fibras nerviosas, cada una aullando de deseo por él. Y sabía, lo sabía, que él sentía lo mismo. ¡Estaba enamorado de mí! Me deseaba, puede que incluso más de lo que yo a él. Dario: un imbécil, un egoísta, un capullo con ojos de cristal azulado, con sonrisa de estrella de cine, mío. Mi novio. Mío y solo mío. Y yo: suya.


5 comentarios:

  1. Ohhhhhhhhh, que bonito, que bonito, que bonito!!!!
    Me ha encantado, tu querras a un Jace particular pues yo quiero un Dario particular!!! Jo, el capitulo es precioso, me a encantado. Me has dejado con ganas de mas!!!! Si te digo el capitulo en una sola palabra la unica que me viene a la cabeza es GENIAL.
    Como es posible que escribas tan buen?? Pues no lo se, pero espero que sigas con esta preciosa historia.
    Besos, Andrea

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    1. Muchas gracias. De verdad jaja. Me alegro de que te guste dario, por desgracia para ti es mío. ¿Cómo escribo tan bien? Exageras de verdad jajja
      Muchissisismas
      Un beso

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  2. Aaaaaaaa! literalmente llore!!
    aaaaa!! okey me tranquilizo... NO, no puedo...ya, ahora si
    capitulo mas que magnifico. Sigo llorando
    Besos

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    1. Tranquila, respira. Inspira, expira. TRanquila. Jajaja me alegro de que tee gustara tanto.
      Un beso

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