¡Hola artistillas! He aquí ¡Por una vez que cumplo con mi palabra! el capítulo 28. Aplausos, aplausos. Bien, leed, ¡COMENTAD! y disfrutad. Espero que os guste.
Desperté de nuevo tumbada sobre la cama en mi habitación.
¿Qué carajos había pasado?
Miré a ambos lados de la cama. A uno se encontraba Elliot
tirado en el suelo con las piernas reposando en una silla y la cabeza colocada
sobre una almohada improvisada hecha con un suéter. Al otro estaba Dario. Él
dormitaba con la boca entre abierta, sentado en una silla con la pierna
escayolada descansando sobre un taburete. Carraspeé. No se movieron. Tosí algo
más fuerte. Siguieron inmóviles. Me rendí y acabé tirándole un cojín a cada uno
en la cara.
-¿Qué? ¿Qué pasa? – Balbució Elliot frotándose la cara y
recolocándose el pelo.
-¡Estoy despierto! -
Exclamó Dario a la vez, apartándose el pelo de la cara irritado.
-¿Qué pasó? – pregunté. Recogí las piernas y me las abracé.
Me sentía una niña pequeña, perdida y necesitada. No me gustaba esa sensación.
-¡Qué carajos! ¿Me has despertado para eso? ¿No te podías
esperar a que se hiciera de día? ¿Sabes la hora que es? – Que agradable que es
Elliot por las mañanas al levantarse.
-¡Tío! – Dario le lanzó otro cojín en la cara.
-Vale – Contestó arrastrando las sílabas.
-¿Qué pasó? – Exclamé de nuevo.
-Te desmayaste después de que Mónica te llamara ser raro y
con más poder que los dioses han creado – Contestó Elliot
-¿Te acuerdas de lo que te dijo? – Preguntó Dario.
Éste se levantó de la silla y cojeó hasta tirarse en la cama
junto a mí. Me tomó de la mano.
-Dijo que mi elemento por sangre era el agua pero el que
vivía en mi interior era la tierra.
Pero no me acuerdo lo que significaba eso.
-No lo dijo. Fue decirte eso desmayarte, gritó, más bien me
gritó. Te cogí en brazos y te llevé a la enfermería. La enfermera dijo que
seguramente era una sobredosis de información, que era normal, dijo que la
mayoría de las nuevas alumnas venidas de la tierra sufren de eso, y tú con más
razón. Te volví a cargar hasta tu cuarto y me quedé dormido ¿Sabes cuánto
pesas, cielo? Tengo que ponerme en forma chaval. – Alegó mi hermano.
-Un momento ¿Cuánto llevo inconsciente?
-¿Qué hora es? – preguntó Dario
-Las nueve y media – Contestó Elliot.
-¡¿De la noche?!
-Has estado inconsciente prácticamente un día. – Confirmó
Dario
-Dios mío… Hemos perdido un día. Tenía planeado ir hablar
esta tarde con Emelina, o tal vez con Mónica. El caso es que ahora tendré que
esperar a hablar con cualquiera de las dos.
-¿De verdad ibas a ir a hablar con ellas? – Preguntó
seriamente Elliot; pocas veces hablaba de esa manera, pocas veces lo había
visto yo.
-Tenía planeado hacerlo – contesté -, pero no sé si me
hubiera armado con el suficiente valor para hacerlo.
-¿Qué te da miedo? – preguntó Dario.
Le miré. Inmediatamente él abrió los ojos, como si se acabara
de dar cuenta de lo que acababa de decir.
¿Qué me daba miedo? No le tenía miedo a las alturas, ni a la
velocidad, prácticamente a ningún animal, tampoco le tenía miedo a la
oscuridad. No le temía prácticamente a nada.
Hace tiempo leí un libro muy interesante: Divergente. En él,
los protagonistas tenían que pasar por Su
paisaje del miedo. Consistía en entrar en una habitación, en la que vivías
una simulación donde aparecían tus peores miedos. En el momento en que leí
aquello tuve la necesidad de hacerme esa pregunta: ¿Cuáles eran mis mayores
miedos? Hay estadísticas que dictan que un humano tiene miedo entre diez y
quince miedos aproximadamente. Yo hice una especie de lista mental sobre cuáles
eran mis mayores temores: La soledad, el quedarme sola en el mundo, sin amigos,
ni familia, ni ningún ser querido me aterraba; la muerte de un ser amado, desde
que mi padre murió, temo que alguien cercano a mí sufra; a las olas, no al mar
o al agua en sí, sino a las olas grandes y fuertes, tuve una mala experiencia
de pequeña y eso me marcó atemorizándome con ello; a perderme, me paso tomo el
maldito día en el bosque pero siempre me ha dado miedo perderme en él y no
encontrar el camino de regreso (sospecho que el cuento de Hansel y Gretel que
leía de pequeña tuvo algo que ver). Supongo que tengo más miedos, sé que tengo
más miedos. Uno de ellos es el que me impide avanzar en este juego. Es el que
me pone obstáculos cada vez que creo ver la luz de la salida. Mi mayor miedo
posiblemente sea: la verdad.
-Me da miedo la verdad –contesté finalmente - ¿Y si descubro
algo que realmente no quería saber? ¿Y si la verdad desvela un montón de mentiras
ocultas durante años y hacen que me cuestione a quién le debo lealtad o en
quien debo confiar?
Mi vista comenzaba a nublarse; las lágrimas estaban
agolpándose en mis ojos. Parpadeé un par de veces disuadiéndolas. Otro miedo
añadido a la lista: que descubrieran mis puntos débiles. Con ellos podían
hundirme y eso atemorizaba a cualquiera con dos neuronas en la mente.
Dario me atrajo hacia sí, abrazándome. Hundí mi cara en su
cuello. Con el no me importaba mostrarme débil; confiaba en él, él no me
traicionaría, lo sabía tanto como sabía que el sol salía cada mañana por el
este.
-No temas – susurró mientras acariciaba mi cabello.
-Alex – Me llamó Elliot. Me giré para mirarle – La verdad es
que pase lo que pase, te digan lo que te digan tienes que saber. Tienes que
tener claro que siempre, SIEMPRE, podrás seguir confiando en nosotros dos.
Jamás te dejaremos en la estacada, igual que sé que jamás nos dejarías tú a
nosotros – Tragó en seco – Jamás te volveré a dejar otra vez – Su voz se quebró.
Volví a parpadear, pero las salvajes lágrimas ya corrían por
mis mejillas. Podía soportar viento y marea pero jamás me había preparado
emocionalmente para oír a Elliot decir eso. Mi corazón se encogió de felicidad,
agrandando una sonrisa en mi rostro.
La familia no es la sangre, sino aquellas que están ahí
cuando las necesitas.
Me deshice del abrazo de Dario y me lancé sobre Elliot,
reprimiendo algunos sollozos. Él actuaba igual que yo; se había puesto a
llorar. De repente me di cuenta del vacío que siempre había tenido en mi
interior. El vacío que la distancia entre Elliot y yo había creado. Vacío, un
agujero. Oscuro y muerto, poco profundo a miradas ajenas, profundo en mi
interior. Le quería, era mi hermano, ¿cómo podía haber pasado todos estos años creyendo
que yo no significaba nada en su vida más que un simple estorbo?
-Jamás te dejaré en la estacada – le aseguré – A no ser que
Brad Pitt quiera adoptarme, ahí te daré la patada – bromeé.
Nos echamos a reír.
Como mismo nos había encontrado cuando desperté, nos volvimos
a dormir. Los ojos no tardaron en empezar a cerrarse haciendo caso a Morfeo y
dormitándome en sus brazos. No soñé con nada, excepto con un cielo azul y puro.
Lejano al mundo que me encontraba; no había visto ni una vez el cielo desde que
entré en el instituto, pero tenía la vaga sensación de que aquí no conocían lo
que era un arco iris.
Tardé en abrir los ojos; no me importaba si se hacía tarde
para asistir a clase: hoy no iría. El plan era el mismo: ir al despacho de
Emelina y exigir respuestas. Dario y Elliot harían lo mismo con Mónica.
Necesitábamos exprimirles la información a esas dos.
Rodé sobre la cama para ver que hacían los chicos. Elliot
estaba en el baño duchándose; se le oía cantar desde aquí, más que cantar lo
suyo era interpretar el papel de una estrella del rock en medio de un
concierto, y los champuses serían su público. Dario estaba sentado en la silla
del escritorio, intentando atarse los cordones del tenis que tenía puesto.
Tenía colocada la pierna enyesada en alto y estaba sin camiseta. Sentí como mi
cara aumentaba tres tonalidades más de rojo con solo verle.
Me quedé mirándole, por mucho, mucho, mucho tiempo.
-¿Pasa algo? – Acabó preguntándome.
Me coloreé aún más si eso llegaba a ser posible. Sonreí un
poco.
-En la antigüedad, en la Grecia clásica se idealizaba a los
hombres. Más tarde en el renacimiento con el cambio de mentalidad y la
aparición del humanismo se volvió a recrear las escenas con la belleza
idealizada. – Dije – Tu cuerpo podría pasar por la perfección idealizada que
ellos recreaban.
Esta vez se sonrojó él. Cojeó hasta tirarse sobre la cama, a
mi lado. Apoyaba el peso de su cuerpo sobre un codo con la cabeza elevada
mientras me miraba. El azul de sus ojos contrastaba de manera notable con la
rojez de su tez.
-¿Es ahora cuando puedo decir que para mí eres como la diosa
Venus? –Dijo. Su voz me derretía por dentro.
-Sí, puedes. Aunque mi nombre es mucho más bonito.
Me incliné un poco sobre él.
-Todo tú eres mucho más bonito.
Tomó mi rostro con su mano libre y presionó sus labios junto
a los míos. Profundizando el beso. Con un ritmo lento, saboreando el momento.
Podría besar mil veces esos labios, mirar mil veces esos ojos, pasar una
eternidad con esa misma persona, y todavía no cansarme de él. Jugueteé con algunos
cabellos de su nuca, la única zona donde se le rizaba el pelo de una manera que
me parecía adorable. Sonreí contra sus labios.
-Acabaré poniendo un horario para no tener que toparme con
estas cosas
Nos separamos, no rápida y brutamente como cuando nos pillaron
besándonos en el pasillo. Ésta vez nos separamos a regañadientes, haciendo una
mueca de fastidio y posando un último y rápido beso sobre los labios del otro.
-Elliot, me parece muy buena idea. Así no nos interrumpirás
cada dos por tres – Afirmó Dario.
-Sí, sí. Fantasmita, la ducha está libre. Nosotros nos vamos
a clase. Vístete y ve a hablar con Emelina, mientras nosotros torturaremos a
Mónica hasta que suelte prenda – Me ordenó Elliot.
Le miré con los ojos entre cerrados. Él era capaz de llegar a
torturarla si llegado era el caso.
-¡Tranquila! No haré nada que no sea necesario. También es mi
hermana, biológica o adoptiva, es parte de mi familia también.
Supongo que me quedé algo más tranquila. Cogí las cosas y me
metí en la ducha. Me duché rápido y lento a la vez, quería darme prisa por un
lado, pero por el otro estaba intentando de retrasar el momento de la verdad:
¿Mi padre sigue con vida? No había parado de pensar en eso. Si se supone que
podemos viajar a través los elementos, y la versión oficial de su muerte es que
se ahogó en un lago, y para colmo, mi familia está metida hasta el cuello en
todo este mundo, en Even. ¿Sigue el hombre que me crió con vida? Jamás
encontraron el coche o su cadáver. Jamás volvimos a preguntar sobre él. Jamás
quise recordar su nombre para no reabrir la herida. Pero ahora necesitaba
saberlo, no quería, se había vuelto sencillamente una necesidad.
Corrí a vestirme: pantalones largos y jersey de manga baja de
color granate. Con mis desgastadas botas corrí por el pasillo, pasando ante la
clase donde se encontraban Mónica, Daria y Elliot. Juro poder haber oído el
grito de sorpresa de Mónica y la risa de mi hermano. Y por fin llegué al
despacho de Emelina.
Despacho de la
directora, decía un
cartelito de color dorado en la puerta. Inhalé, exhalé. Toqué una, dos, tres
veces la puerta.
-Adelante – se escuchó una voz femenina decir.
Era la hora <<Sé valiente>>

Ohhhh, pero que mono es Elliot :3
ResponderEliminarOhhhh, pero que buena pareja son Alex y Dario :3
Ohhhh, pero que preciosa historia :3
Ohhhh, ¿ por que siempre me dejas con ganas de mas?
Jajajaja ha estado gracioso lo del horario y es verdad cada vez que se besan llega Elliot, joer parece que tiene un radar para saber cuando se acercan a menos de 5 cm
Me ha encantado el capitulo, enserio tienes mucho talento
Besos, Andrea
Ohhh, a que si
EliminarOhhh, lo sé.
Ohhh, muchísimas gracias
Ohhh, Porque soy marvaa'
Me gusta darle gracia a la historia que si no se ve muy seca jeje. Me alegro de que te encante
Besos
Llevo dos días pegada a la pantalla del ordenador para leer toda la historia O_Q Has conseguido engancharme XDDD. ¡Me encanta X3! Quién quisiera vivir una historia así de emocionante :3 aixx XD Sube pronto los demás capítulos, porfa, que me estoy quedando con las ganas >w<
ResponderEliminar¡Un abrazo!
No sabes lo que me alegran estos comentarios: ¡Gente que se engancha a la historia! Me alegro de que te guste tanto
EliminarUn beso