¡Hola artistillas! Capitulo treinta para ustedes. Treinta ya... eso significa que solo quedan diez capítulos más para que se acabe la segunda parte del mundo de Even *chan chan chaaan* ¡Aviso! Si en el otro os dejé con ganas de más con este me desearéis enterrar (Me ha rimado y todo jaja) Leed, difundid ¡comentad y espero que os guste.
-¡¡Corre!! – Gritó Emelina poniéndose en pie.
Me levanté a trompicones.
-¿qué pasa? -Exclamé
con horror.
-¡Corre junto a tus amigos y Mónica! ¡Dile que ponga al
instituto a salvo! – No me movía - ¡¡He dicho que corras!!
Me empujó, echándome de su despacho, dándose la vuelta para
enfrentar cara a cara a…eso.
Corrí por el pasillo. En otra circunstancia me hubiera
perdido, pues a mí todos los retratos me parecían el mismo, pero mis piernas
reaccionaban sin que mi mente les ordenara: ellas mismas sabían a donde ir. No
me tropecé con nadie, los pasillos estaban tan desiertos como me los había
encontrado la mañana anterior. Ni un alma.
Derrapé delante de la puerta de la clase.
-¡Mónica! – Grité al entrar.
Mi hermana se encontraba al frente de la clase intentando
calmar a sus alumnos, repitiéndoles que no había sucedido nada.
-¡Tranquilos! – Decía en ese momento – No ha sucedido nada.
Na pasa nada. Estarán haciendo reformas, nada más.
-¡De eso nada! – Vociferé yo para hacerme escuchar por encima
de los chillidos de la clase - ¡Mónica, Emelina me ha dicho que pongas el
instituto a salvo!
-¿Qué ha sucedido? – Su tez se volvió el triple de pálida de
lo que habituaba a estar.
-Ha entrado algo… - Dije; la voz me tembló ligeramente.
De repente todos guardaban silencio.
-¿Algo? – Dijo uno.
-¿Qué es ese algo? – Chilló la voz aguda de Loray.
-¡Vamos a morir! – Exclamó alguien.
-No quiero que me pase nada.
-¡dijeron que aquí no correríamos peligro!
-¡Mintieron!
-¡¡CALMAOS!! – Gritó Mónica nuevamente.
Todos volvieron a guardar silencio pero los susurros de temor
se seguían escuchando levemente.
-¿Ha entrado Ella? –Escuché una voz masculina que preguntaba.
Al fondo de la clase, donde se había sentado el primer día que llegué, estaba
el chico de físico similar al de Liam. Detrás de él estaban Dario y Elliot
cuchicheando entre ellos.
El chico se levantó y fue con paso lento hasta dónde
estábamos mi hermana y yo, al lado del escritorio del profesor.
-¿Ha sido Ella, verdad? ¿Ha entrado aquí?
-No – Respondí – No es Ella. Pero estoy segura que la clase
de criatura que ha entrado es obra de Ella.
-¿Hombres sin corazón? – Preguntó Mónica.
-No sé si tenían corazón o no. Pero ten por seguro que
hombres no eran.
-Seguro que es una de sus creaciones. Esas bestias de las que
se cuentan leyendas – Dijo el chico - ¡Tenemos que salir de aquí!
-Entendido - Asintió
Mónica – Vosotros dos corred hasta el sótano y despejad el camino. ¡Elliot,
Dario! – Les llamó acercándose a ellos - ¡Ayudadme a evacuar el instituto!
¡¡ESTO VA EN SERIO!
-¿dónde está el sótano? – Pregunté al aire.
-¡Sígueme!
Salí corriendo de la clase tras aquel chico, no sin antes
apretarle la mano a Dario al pasar por su lado, para indicarle que todo saldría
bien. Recorrimos el camino en silencio, con paso rápido. Corría tanto como mis
piernas me lo permitían.
El pasillo seguía desierto, los mismos cuadros adornaban las
paredes, la misma oscuridad rota únicamente por las viejas lámparas colgadas
cada tantos metros. Sin embargo, al doblar la esquina, una de esas cosas nos
esperaba. El chico no pareció percatarse de ello. Él iba mirando fijamente al
frente sin ver cómo esa bestia colgaba del techo sobre su cabeza.
Corrí aún más para alcanzarle y apartarle empujándolo con mi
cuerpo.
Los dos caímos, yo sobre él, o él sobre mí. No lo sé. Ni si
quiera me dio tiempo a darme cuenta. No habíamos tocado el suelo y ambos ya
estábamos poniéndonos en pie para pelear.
No sé de dónde saqué la idea. Alguna película antigua, mis
amados libros, alguna sugerencia sacada de los sádicos videojuegos de Elliot.
El caso es que sin saber por qué, pero teniendo la certeza de que iba a
funcionar, extendí las manos ante mí cerrando los ojos fuertemente.
Concentrándome en el agua, en su fluidez, en su pureza. Pronto bolas de agua,
bolas de energía liberada por el agua brotaban de mis manos. Las iba lanzando
una a una acertando en todo lanzamiento sobre la abominación que nos atacaba.
Al tercer tiro la bestia estaba carbonizada. Curioso; carbonizada tras haberla
empapado.
Dimos media vuelta y seguimos corriendo.
-¡Increíble! – Me gritó el chico entre jadeos.
Seguíamos corriendo.
-¡Gracias! – Contesté – Esto es nuevo para mí también.
Soltó una risa.
-¡Soy Gus, por cierto! – Se presentó.
-¿Te parece buen momento para presentaciones?
-Podríamos no tener otro momento.
En ese instante una tanda completa de bestias se había
colocado detrás de nosotros en persecución. Nos pisaban los talones.
Redoblamos nuestros esfuerzos. Estábamos ambos en forma. Por
lo menos yo me sorprendí de mi capacidad para aguantar aquel ritmo. ¿Quién lo
diría? La caza me había servido de muy bien, no solo para asegurarme un
sobresaliente en la clase de educación física.
-¡Yo soy Alex!
-¿Son momentos de presentaciones? – Se burló un poco de mí.
Sonrío un poco antes de abrir la boca para respirar. Incluso
la sonrisa… era la de Liam
-¿Cómo llegaste aquí? – Gritó mientras doblábamos una
esquina. Derrapamos una esquina, más que doblamos.
-¡Larga historia!
Nos pillaron.
Las bestias se abalanzaron sobre nosotros. Sin embargo ese
maravilloso sexto sentido mío me previno, me agaché. Gus me imitó, aunque
aventuro que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Esas monstruosidades
saltaron sobre nuestras cabezas cayendo ante nosotros, cortándonos el paso.
Repetí mi jugada, lanzando bolas de agua, carbonizando a nuestros atacantes,
mientras, Gus, peleaba cuerpo a cuerpo con ellos. Él me los lanzaba y yo los
carbonizaba. Trabajo en equipo.
Gus golpeó a uno en la mandíbula, lo arrojó hacia mi campo
antes de darse la vuelta para enfrentar a uno nuevo. Yo arrojaba mis bolas de
agua, de energía acuática, y los reducía a simples cenizas.
Acabar con los cinco que nos perseguían no nos llevó más de
veinte minutos. Pero había más, muchos más. Teníamos que seguir corriendo hasta
llegar al sótano.
-¡Por aquí! – Gus me cogió del brazo y me arrastró detrás de
él para que siguiera.
En seguida me soltó para sujetarse contra una pared y
equilibrarse mientras derrapábamos.
-¡Nos atacaron en la tierra! – Dije.
-¿Qué?
-Unos bicharracos pequeños y feos nos atacaron donde yo
vivía, en la Tierra. Dos años después de que nos atacaron quisimos investigar
qué eran y acampamos en el bosque, donde los vimos por última vez antes de que
desaparecieran. No sé cómo, pero se levantaron olas de agua en medio del bosque
y aparecimos aquí, en Even – Le expliqué.
Sonará raro, pero contarle a un desconocido con rostro
familiar la historia de cómo hemos acabado en esta situación me relajaba en
cierto modo. Aún así, no me relajaba lo suficiente como para mantener las
guardias bajas. Estaba a alerta con todos y cada uno de mis sentidos. Incluido
mi sexto sentido de la intuición.
-Yo me metí en el hueco de un árbol en un bosque cerca de
donde vivía. No sé cómo tampoco, pero de repente las ramas me encerraron en el
árbol y aparecí aquí, a unos metros del instituto – Me contó él.
Llegamos a unas escaleras y comenzamos a descender, bajando
los escalones de tres en tres.
-Yo me he recorrido medio Even para llegar aquí – Dije –
Aparecimos en un bosque negro, cuando amaneció en ese mismo sitio nos
encontramos en una jungla, pasamos por el templo de los dioses, salimos con
vida de allí y nos adentramos en el laberinto sin retorno, conseguimos salir y
cuando creí que iba a morir desperté en la enfermería del instituto. Un viaje
movidito.
-¿Conseguisteis salir del templo de los dioses? ¡Eso es
imposible! – Se asombró.
Puse los ojos en blanco.
Salté los últimos cinco escalones de la escalera y corrí por
el pasillo central de la planta baja.
Todo estaba en absoluta penumbra, iluminado solamente por las
lámparas de aceite, algunas de ellas apagadas.
-¡Espabila! ¡Dos de los dioses son mis padres! ¡Era lógico
que me dejaran vivir! – Exclamé un tanto irritada.
-Cierto, se me olvidaba que estaba hablando con una
Celestial. Una celestial de lo más rara.
-Cierto, se te olvidaba – Afirmé en bajito.
No dijimos nada más, no tuvimos ocasión, más de esas bestias
se acercaban por el frente. Me estremecí. Eran horribles, daba… lástima
mirarlas. No eran humanas como le había dicho a Gus y Mónica, pero podrían
haberlo sido en un pasado. No eran zombis, como se ven en las películas, pero
podrían haberlo sido en otras circunstancias. Tenían forma humana, puede que
más delgadas y altas de lo normal, pero humanas al fin y al cabo. Sin embargo,
iban desnudos de pies a cabeza, y carecían de ojos, nariz y ombligo. No tenían
dedos, solo muñones. Lo único humano en su rostro era la boca: una fina línea
rojo oscuro entreabierta. No sé si eso era piel, pero desde luego estaba en
estado de putrefacción. Se les caía a cachos y soltaba cierto hedor a podrido.
De los pies les salían garras y de la espalda dos colas, una a la altura del
lumbar y otra a la altura del omóplato.
Tragué en seco e intenté respirar. Me estaban entrando
arcadas.

Ohhhhhhhhh, se me ha hecho muy corto que emocion, esta noche no duermo!!!!!!!! Jajajajaja
ResponderEliminarMe comere las uñas hasta los codos por la espera del proximo capitulo, joer como nos dejas asi, MORIRE XO !!!!
Me encanto el capitulo
Besos, Andrea
Jajajajja Me gujsta haceros sufrir Buajajaja No tendras que esperar mucho más
EliminarUn beso
Guauuuuu!!!!!
ResponderEliminarMe paso como a Gus, pense que era Ella, pero no estaba equivocada....
A ver como salen de esta.......pon pronto el proximo capitulo.......
Besos
Me gusta que os equivoqueis, da más emoción a la historia. Pronto estará.
EliminarUn beso