Muchos pedís un beso, uno entre Aria y Dael, claramente. Pero... el mundo no es una fábrica de conceder deseos. ¿Qué los personajes no se van a besar antes del capítulo 60? Hombre, tanto como el sesenta no, pero casi casi. Pensad: ¿De verdad habrá beso? *inserte risa malvada* Como siempre, lo siento por el final que le he dado. Ya sabéis: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste
Dael
Lo cierto es que no era mi intención soltarle de sopetón
el hecho de que me gustaba. Aunque también era cierto, que en realidad no era
ningún secreto ese hecho. Pero estaba claro que no eran maneras de decírselo.
Su reacción no sé si era la que alguna vez me podría
haber imaginado; había dado por hecho que mis sentimientos eran tan evidentes
que no me había planteado que alguna vez tuviera que decirlos. Ella abrió la
boca, ligeramente, sin exagerar. Sin embargo, eran sus ojos los que delataban
esa mezcla entre sorpresa y… algo más. No sabría definir lo que era, ¡ni que se
pudiese leer a las personas con mirarle a los ojos!, pero si presentía que era
un sentimiento positivo.
-Yo… - Balbuceó, entrecerrando los ojos.
-Mejor, no digas nada.
–Le pedí. – Rebobinemos, como si no hubiera pasado nada.
Yo no me avergonzaba de decirle lo que sentía. Se lo
habría dicho otra vez si no me creyese. Pero quedaban dos horas y media de
viaje hasta Francia, y habíamos hecho muchos avances en lo que yo esperaba
fuese una amistad. No quería estropearlo, haciéndonos sentir a ambos incómodos.
Aria asintió, estando de acuerdo, llegando a la misma
conclusión que yo. Retomó su lectura y yo no la molesté más.
No obstante, al poco tiempo, menos de una hora, volvió a
levantar la cabeza resoplando.
-Aquí no hay nada. – Dijo; fui plenamente consciente de
la manera en la que evitaba mantener contracto visual conmigo.
-Esto es muy grande, algo habrá- Tercié yo.
-Sí, algo habrá. Pero llevamos aquí demasiado tiempo. Soy
una rata de biblioteca, pero me he leído más de cuarenta libros en unas seis
horas que llevamos aquí metidos. Me duele la cabeza y tengo hambre ¿necesitas
más razones para sacarme de aquí? – Esta vez sí que me miró a los ojos y pude
ver que no había atisbo alguno de las sensaciones anteriores; volvían a ser
oscuros e indescifrables como siempre.
-¿Quieres ir a tomar algo? – Asintió efusivamente. - ¿Le
apetece un té, mi lady? – Su sonrisa me deslumbró cuando se rió de mi pésimo
acento inglés.
-Claro. – Contestó.
Recogió sus cosas. Yo no tenía nada, Aria sin embargo,
nunca salía sin su mochila, aunque no creía que llevase nada importante ahí
dentro.
-¿Crees que podremos volver otro día? – Preguntó mientras
abandonábamos la sala.
Miraba atrás, acariciando las estanterías con una mano:
daba la sensación de que se estaba despidiendo de su hogar.
-Seguramente. Aunque supongo que sería mejor investigar
un poco en París, antes de volver a hacer ningún viaje. De todas maneras –dije
pasándome una mano por el pelo- la próxima escapada podría ser a algo más
exótico ¿Roma, tal vez?
Enarcó las cejas.
-¿Roma? ¿La ciudad del amor? – Sonreí. – Casi cuela,
príncipe.
-Azul. – Añadí.
-Exacto, príncipe azul. – Asintió satisfecha.
Me iba a quedar de por vida con ese apodo.
No me desagradaba del todo. No, viniendo de Aria.
Cruzamos el pasillo, bajamos las escalera, recorrimos el
vestíbulos, todo, a paso extremadamente lento. Aria miraba para todos lados con
la boca abierta, como si quisiera grabar cada detalle en su mente. Cuando
pasamos por delante de la sección de literatura moderna, juro que oí un gemido
por su parte; me jugaba el cuello a que hubiera dado una mano por poder entrar
ahí solo a oler los libros. Porque ella diría lo que quisiera, pero yo la había
visto inspirar el aroma de los libros. Y lo peor era que no me parecía raro.
-Di adiós. – Le dije cuando llegamos a la puerta
principal.
-Adiós, hermosa biblioteca. – Susurró.
Quería echarme a reír, pero a ella se la veía tan apenada
que me tragué la risa a duras penas.
-¿Dónde dejamos el coche? – Preguntó entre suspiros.
-No está muy lejos, tan solo a una calle. – Le respondí.
Me hubiera gustado cogerle la mano igual que antes, pero
no me atrevía.
-Pues venga, vamos. ¿Sabes que me estoy muriendo de
hambre? – Como si leyese mis pensamientos, cerró los dedos alrededor de mi
muñeca y tiró de mí para que me moviese más rápido.
El gesto no se trataba de nada romántico, pero su contacto
hacía que me hormiguease la piel. Una sensación rara. Y pastelosa. Creía que
esto solo sucedía en las telenovelas de poco presupuesto.
-¿Y tienes dinero? ¿Sabes que Londres es caro? ¿Y que no
tienen el euro? – Enarqué una ceja.
-Claro que lo sé, idiota. Pero tú quieres quedar como un
caballero, así que me invitarás. – Sonrió y pestañeó coquetamente. Solo Aria
podía hacer que aquel gesto por el que tíos se derretían si lo hacía otra
chica, pareciese algo absurdo, gracioso y encantador al mismo tiempo.
-¿Quién ha dicho que quiero quedar como un caballero?
-Yo. – Se encogió de hombros mientras tiraba una vez más
de mí para que caminase.
Doblamos la esquina para enfilar la calle en la que
habíamos dejado aparcado el coche.
-No hay quien te niegue na… - Se paró en seco, haciendo
que chocara contra ella.
-¿Qué pasa? – No me contestó. Se quedó tan inmóvil en el
sitio como lo haría una estatua. – Aria, -la cogí por los hombros y la sacudí
levemente- ¿qué pasa? ¿Estás bien?
-El olor… - Susurró.
Sentí como inspiraba y luego como se echaba a temblar.
-¿Qué pasa con el olor? – Aria me había explicado que
podían conocer la verdadera naturaleza, si era bueno o malo, de una persona con
tan solo olerla. Había reconocido que yo era bueno y que mis padres eran malos.
Pero no sabía hasta que punto podía prevenirse de las personas con el olor, ni
si eso tenía efectos sobre otros aspectos o era todo mucho más complicado de lo
que yo pensaba.
-Nada, creo. Pero me quedaré más tranquila si nos metemos
cuanto antes en el coche.
Esta vez fui yo quien le rodeé la muñeca y tiré de ella. Era
consciente de que ella era mucho más rápida, pero supongo que era por puro
reflejo el intentar protegerla. Aunque en caso de ataque, estaba seguro de que
nos intercambiaríamos los papeles.
Hubo un momento en el que Aria aceleró el paso, y como me
tenía de la mano, me arrastró con ella. Juro que me sentí como si volase.
-¡Uau! Eso ha sido increíble… -Estaba sin aliento, pero
no podía dejar de flipar.
-¡Mierda! – Aria había susurrado apenas, pero en aquel
inquietante silencio que nos había rodeado daba la sensación de que lo hubiese
gritado.
Estaba a punto de preguntar “¿Qué pasa?”, cuando me
acerqué a su lado y vi por qué maldecía: las ruedas del porsche habían sido
pinchadas. Rajadas más bien. Las cuatro.
-Dime que tienes ruedas de recambio y de que sabes
cambiarlas. – Dijo apretando los dientes.
-Sé cambiarlas. Y tengo rueda de recambio. En singular.
Una, no cuatro. ¿Quién ha hecho esto?
Levanté los brazos al cielo, como si me fuese a caer la respuesta
de las nubes. Los crucé detrás del cuello, intentando pensar qué hacer.
-El mismo que huele como si acabase de salir de la tumba.
– Respondió Aria, mirando en todas las direcciones como una loca.
-Voy a llamar a Thomas. – Saqué el móvil del bolsillo
trasero del pantalón. – Le diré que tenemos un pequeño problema y luego a una
grúa para que…
-Corre. – Me cortó Aria. Estaba de espaldas a mí; todos
sus músculos en tensión.
-¿Qué? – Mascullé, ahora asustado de verdad.
-¡Corre! – Gritó. No tardó más que una milésima de
segundo en cogerme de la mano y arrastrarme en cualquier dirección corriendo lo
más rápido que podía (lo más rápido que podía yo)
No habíamos dado dos zancadas cuando escuché el eco de
nuestros pasos: tres tipos altos y fornidos, y con cara de pocos amigos,
salieron en nuestra persecución.
UHHHHH!!! Ya quiero el siguiente!!! Les pillaran?? No les pillaran?? Para ero tendras que leer el proximo capítulo... Dentro de una semana :'(
ResponderEliminarPodre esperar.
No se porqué pero me he sentido identificada con lo que has dicho en la entradilla...
Besos Artista, Andrea