Capitulo 28: Dael

15/9/14

¡Hey! ¿Qué tal todo? Ya empezó la vuelta a clases ¿verdad? Yo comienzo mañana, después de unas increíbles vacaciones, mañana me toca volver a la rutina. Espero que lo estéis llevando bien, yo de momento, veo el suicidio como una alternativa (Es todo broma, la vida es bella, aunque exista el instituto) Para hacerlo más ameno, os dejo aquí el capítulo de esta semana, como podéis observar, se está formando algo en la historia, os gustará saber que os haré sufrir en un futuro. Bueno, sin decir nada más, lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. 




Dael

No tardamos mucho más en llegar. Se me hizo relativamente corto el viaje; hablando de todo y de nada a la vez con Aria, los minutos parecían escaparse de entre mis dedos, y de repente sentí un profundo miedo porque se pasase el día volando y no pudiese disfrutar con ella lo suficiente.

El papeleo lo llevamos nuevamente rápido; es una de las ventajas que tiene apellidarse Bellanger y de que tus padres sean quiénes son.

-Tus padres son gente muy importante ¿no es así? – Preguntó Aria cuando finalmente sacamos el coche del vagón y circulamos por la carretera londinense.

-Sí. – Respondí concentrado en no perderme el desvío que nos llevaría hacia la Biblioteca Británica. – Mi padre es propietario de la mayor empresa industrial productora de material eléctrico de toda Francia. Parece una cosa pequeña al principio, pero da muchísimo dinero. Mis padres tienen amistades en todos lados y siempre están viajando dando conferencias para darse publicidad.

-Entonces no te ha tocado la lotería.

La última hora nuestra conversación se había definido a hacer preguntas tontas entre nosotros, para conocernos un poco mejor, aunque ni nosotros sabíamos que lo estábamos haciendo.

Y al parecer, ella seguía teniendo dudas por resolver.

-Así es, soy rico pero no me ha tocado la lotería. – Contesté dedicándole una sonrisa. – Algún día te invitaré a cenar a algún lugar pijo, para que veas lo raro que se siente uno entre tanta clase alta.

-¿Tendría que llevar falda? – Preguntó regañada.

-Sería lo más normal, a esos sitios no puedes entrar en vaqueros.

-Pues entonces no quiero ir. Odio las faldas. – Declaró con una mueca.

-Seguro que estás increíble con una. – Ella me miró, como si esperase a que me arrepintiese de haberla piropeado. En absoluto me arrepentía de decirle la verdad.

-No me verás con una. – Sentenció; giró la cara para mirar por la ventana. Sus ojos se iluminaron al observar la metrópolis inglesa.

-Yo estoy convencido de que sí.

-Tientas a la suerte…

Volví a sonreír; me encantaba como era. Muchos dirían que era borde, antipática y bruta. Y sí, no se equivocaban, lo era. Pero yo veía más allá de eso. Yo veía a una chica con un pasado difícil que ha sabido superarlo. A una chica curiosa y valiente, sin miedo a descubrir la verdad o probar nuevos retos. Veía a una chica que cuando se relajaba y cogía confianza, se volvía una persona alegre y divertida.

En un momento dado mientras yo giraba por Central Park, dando un rodeo antes de ir a la Biblioteca, Aria se tensó en el asiento. Se puso muy recta, con los pies y los brazos totalmente estirados y movió la nariz, olisqueando en el aire.

-¿Qué sucede? – Le pregunté, alarmado por un momento.

Ella se relajó y sacudió la cabeza, intentando despejarse. Suspiró.

-Nada, nada. No te preocupes, yo… he notado algo raro.

-Raro ¿cómo qué?

-Como un cambio en el aire, una cosa extraña. – Volvió a sacudir la cabeza. – No es nada.

Aparqué unas cuantas calles más allá de la Biblioteca. A mí no me hacía falta ningún mapa para poder moverme con soltura en Londres; había ido tantas veces con mis padres que ahora me lo conocía como si hubiera nacido allí.

Pero era evidente que para Aria era la primera vez. Lo cierto es que la capital francesa y la capital inglesa no eran muy diferentes: había edificios por todos lados, personas ajetreadas poblando las aceras, bocinas de  coches por banda sonora… Pero Aria lo contemplaba todo con un brillo especial en los ojos. De vez en cuando, soltaba alguna exclamación o un suspiro.

De pronto, todo ese asombro pareció evaporarse en el aire frío de Londres. Su cuerpo se volvió a tensar y creí atisbar un ligero temblor en sus manos.

-¿Estás bien?

-Sí, es solo… Huele raro, como a vertedero.

-Es por la contaminación. – Sonó más como una pregunta que como una afirmación.

-Supongo, yo… - Sus manos temblaban con más violencia.

Cogí una de ellas y cuando le rocé la piel hizo un amago de apartarla. Me miró a los ojos y se ve que le inspiré confianza, pues segundos más tarde estaba apretando mi mano con fuerza. Con demasiada fuerza. Llegaba a doler. Pero no dije nada, no pensaba quejarme. Me estaba cogiendo de la mano. Aria Gómez me estaba tomando de la mano a mí, Dael Bellanger. Si me hubieran dicho que esto sucedería me habría reído en su cara.

-La Biblioteca es por aquí. – Señalé en una dirección con la cabeza.

Ella asintió y echó a andar tranquilamente. No me había soltado la mano, así que caminamos cogidos de ellas (Aria la apretaba con demasiada fuerza) hasta la Biblioteca Británica, una imponente conjunción de edificios de ladrillo rojo con unos peculiares techos en diagonal. Eran altos y anchos, y dispuestos de una manera ordenada. En la parte principal, se encontraba una plaza, frente a la escalinata del edificio principal. En el centro había una figura de un hombre en pose pensativa, y sabía que era Newton porque mi madre me lo había dicho una vez que estuvimos de pasada.

No había mucha actividad humana. Era domingo y la gente solía despertarse a estas horas en domingo. Aunque a pesar de todo, la biblioteca seguía disponible para el público.

-¿Qué te parece? – Le pregunté. Señalé los edificios con nuestras manos unidas, dándole a entender que seguían juntas, que a mí me gustaba la sensación y que podía soltarlas en cuanto quisiese.

-Quiero ver el interior. – Se limitó a decir.

No soltó nuestras manos.

No hizo ningún comentario al respecto.

No me insultó en ningún momento.

Sí que estaba borde, pero empezaba a entender que esa era su verdadera naturaleza y que era así con todo el mundo.

Tiró de mí para que me moviese. Subimos los escalones de dos en dos y tuve que esforzarme por seguir el ritmo de ella, no quería que pensara que era un débil, aunque ella contaba con la ventaja de ser un demonio y tener mejor resistencia física.

Todavía no acababa de acostumbrarme a llamarla demonio. Si me hubiera dicho que era un ángel me lo hubiera creído, pero no un demonio. Supongo que era por el hecho de que me habían inculcado desde pequeño que los demonios eran algo malo. Y mirando a Aria, no veía nada malo, solo veía  a una chica increíble y hermosa, nada malvado. Y viéndola de esa forma, creía aún más en eso de que no siempre lo que oyes es verdad y que no porque esté tachado de malo tiene que serlo realmente.

Entramos en el vestíbulo y Aria se paró de repente. Echó la cabeza hacia atrás, y contempló el interior de la biblioteca como si fuese una niña y contemplase sus regalos en Navidad.

Me recordé que para ella leer era parte de sí misma y que ella misma decía que era lo quien es gracias a los libros. Para ella la biblioteca debía ser como el paraíso, como la octava maravilla del mundo.

-Te gusta. – Afirmé, no pregunté, sabía cuál sería su respuesta.

-Me encanta. – Me corrigió.

-¿Por dónde quieres empezar? – Pregunté; eché la cabeza hacia atrás para ver cuán alto era el edificio: no terminaríamos nunca.

-¡Esto es enorme! No podremos mirar ni una cuarta parte hoy aunque nos quedemos todo el día. – Exclamó desilusionada. Se veía que por ella, podría mudarse a vivir allí.

-Podemos empezar por… -cogí un mapa de la biblioteca y miré las secciones. - ¿Qué te parece si empezamos por la sección de Lectura de Manuscritos y Libros Raros?

-¿Eso existe? – Enarcó una ceja.

-Es lo que pone aquí. – Le mostré el mapa.

-Pues tiene un nombre muy apropiado.

Se adueñó del mapa y nos dirigió hasta la sala en cuestión. Al entrar, Aria soltó nuevamente una exclamación de profunda adoración hacia los libros. En la sala había solo dos personas, pero sospechaba que si esas dos personas no hubieran estado, habría empezado a danzar por los pasillos cantando y riendo como una loca.

Sonreí para mis adentros al imaginarla.

Entró por uno y yo la seguí de lejos: pasó su mano acariciando los lomos de los libros encuadernados, inspiró para llenarse los pulmones del olor a libro y sonreír con ello.

Cuando se calmó, escogió un par de tomos y se sentó en un cómodo silloncito a leerlos. Yo escogí otros pocos. No acabaríamos nunca. Y estaba seguro de que no encontraríamos nada, pero había que mirarlo por el lado bueno: estaba sentado junto a Aria y nuestras rodillas se tocaban. Algo era algo.


2 comentarios:

  1. Me encanta, no tengo mas q decir, esta perfecto ;)

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  2. Jo juuuu, me encanto, te lo juro.
    Se han dado de la mano!!!!!
    Besos Artista, Andrea

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