¡Hey! ¿Qué tal todo? Ya empezó la vuelta a clases ¿verdad? Yo comienzo mañana, después de unas increíbles vacaciones, mañana me toca volver a la rutina. Espero que lo estéis llevando bien, yo de momento, veo el suicidio como una alternativa (Es todo broma, la vida es bella, aunque exista el instituto) Para hacerlo más ameno, os dejo aquí el capítulo de esta semana, como podéis observar, se está formando algo en la historia, os gustará saber que os haré sufrir en un futuro. Bueno, sin decir nada más, lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
Dael
No tardamos mucho más en llegar. Se me hizo relativamente
corto el viaje; hablando de todo y de nada a la vez con Aria, los minutos
parecían escaparse de entre mis dedos, y de repente sentí un profundo miedo
porque se pasase el día volando y no pudiese disfrutar con ella lo suficiente.
El papeleo lo llevamos nuevamente rápido; es una de las
ventajas que tiene apellidarse Bellanger y de que tus padres sean quiénes son.
-Tus padres son gente muy importante ¿no es así? – Preguntó
Aria cuando finalmente sacamos el coche del vagón y circulamos por la carretera
londinense.
-Sí. – Respondí concentrado en no perderme el desvío que
nos llevaría hacia la Biblioteca Británica. – Mi padre es propietario de la
mayor empresa industrial productora de material eléctrico de toda Francia.
Parece una cosa pequeña al principio, pero da muchísimo dinero. Mis padres
tienen amistades en todos lados y siempre están viajando dando conferencias para
darse publicidad.
-Entonces no te ha tocado la lotería.
La última hora nuestra conversación se había definido a
hacer preguntas tontas entre nosotros, para conocernos un poco mejor, aunque ni
nosotros sabíamos que lo estábamos haciendo.
Y al parecer, ella seguía teniendo dudas por resolver.
-Así es, soy rico pero no me ha tocado la lotería. –
Contesté dedicándole una sonrisa. – Algún día te invitaré a cenar a algún lugar
pijo, para que veas lo raro que se siente uno entre tanta clase alta.
-¿Tendría que llevar falda? – Preguntó regañada.
-Sería lo más normal, a esos sitios no puedes entrar en
vaqueros.
-Pues entonces no quiero ir. Odio las faldas. – Declaró
con una mueca.
-Seguro que estás increíble con una. – Ella me miró, como
si esperase a que me arrepintiese de haberla piropeado. En absoluto me
arrepentía de decirle la verdad.
-No me verás con una. – Sentenció; giró la cara para
mirar por la ventana. Sus ojos se iluminaron al observar la metrópolis inglesa.
-Yo estoy convencido de que sí.
-Tientas a la suerte…
Volví a sonreír; me encantaba como era. Muchos dirían que
era borde, antipática y bruta. Y sí, no se equivocaban, lo era. Pero yo veía
más allá de eso. Yo veía a una chica con un pasado difícil que ha sabido
superarlo. A una chica curiosa y valiente, sin miedo a descubrir la verdad o
probar nuevos retos. Veía a una chica que cuando se relajaba y cogía confianza,
se volvía una persona alegre y divertida.
En un momento dado mientras yo giraba por Central Park,
dando un rodeo antes de ir a la Biblioteca, Aria se tensó en el asiento. Se
puso muy recta, con los pies y los brazos totalmente estirados y movió la
nariz, olisqueando en el aire.
-¿Qué sucede? – Le pregunté, alarmado por un momento.
Ella se relajó y sacudió la cabeza, intentando
despejarse. Suspiró.
-Nada, nada. No te preocupes, yo… he notado algo raro.
-Raro ¿cómo qué?
-Como un cambio en el aire, una cosa extraña. – Volvió a
sacudir la cabeza. – No es nada.
Aparqué unas cuantas calles más allá de la Biblioteca. A
mí no me hacía falta ningún mapa para poder moverme con soltura en Londres;
había ido tantas veces con mis padres que ahora me lo conocía como si hubiera
nacido allí.
Pero era evidente que para Aria era la primera vez. Lo
cierto es que la capital francesa y la capital inglesa no eran muy diferentes:
había edificios por todos lados, personas ajetreadas poblando las aceras,
bocinas de coches por banda sonora… Pero
Aria lo contemplaba todo con un brillo especial en los ojos. De vez en cuando,
soltaba alguna exclamación o un suspiro.
De pronto, todo ese asombro pareció evaporarse en el aire
frío de Londres. Su cuerpo se volvió a tensar y creí atisbar un ligero temblor
en sus manos.
-¿Estás bien?
-Sí, es solo… Huele raro, como a vertedero.
-Es por la contaminación. – Sonó más como una pregunta
que como una afirmación.
-Supongo, yo… - Sus manos temblaban con más violencia.
Cogí una de ellas y cuando le rocé la piel hizo un amago
de apartarla. Me miró a los ojos y se ve que le inspiré confianza, pues
segundos más tarde estaba apretando mi mano con fuerza. Con demasiada fuerza.
Llegaba a doler. Pero no dije nada, no pensaba quejarme. Me estaba cogiendo de
la mano. Aria Gómez me estaba tomando de la mano a mí, Dael Bellanger. Si me
hubieran dicho que esto sucedería me habría reído en su cara.
-La Biblioteca es por aquí. – Señalé en una dirección con
la cabeza.
Ella asintió y echó a andar tranquilamente. No me había
soltado la mano, así que caminamos cogidos de ellas (Aria la apretaba con
demasiada fuerza) hasta la Biblioteca Británica, una imponente conjunción de
edificios de ladrillo rojo con unos peculiares techos en diagonal. Eran altos y
anchos, y dispuestos de una manera ordenada. En la parte principal, se
encontraba una plaza, frente a la escalinata del edificio principal. En el
centro había una figura de un hombre en pose pensativa, y sabía que era Newton
porque mi madre me lo había dicho una vez que estuvimos de pasada.
No había mucha actividad humana. Era domingo y la gente
solía despertarse a estas horas en domingo. Aunque a pesar de todo, la
biblioteca seguía disponible para el público.
-¿Qué te parece? – Le pregunté. Señalé los edificios con
nuestras manos unidas, dándole a entender que seguían juntas, que a mí me
gustaba la sensación y que podía soltarlas en cuanto quisiese.
-Quiero ver el interior. – Se limitó a decir.
No soltó nuestras manos.
No hizo ningún comentario al respecto.
No me insultó en ningún momento.
Sí que estaba borde, pero empezaba a entender que esa era
su verdadera naturaleza y que era así con todo el mundo.
Tiró de mí para que me moviese. Subimos los escalones de
dos en dos y tuve que esforzarme por seguir el ritmo de ella, no quería que
pensara que era un débil, aunque ella contaba con la ventaja de ser un demonio
y tener mejor resistencia física.
Todavía no acababa de acostumbrarme a llamarla demonio.
Si me hubiera dicho que era un ángel me lo hubiera creído, pero no un demonio.
Supongo que era por el hecho de que me habían inculcado desde pequeño que los
demonios eran algo malo. Y mirando a Aria, no veía nada malo, solo veía a una chica increíble y hermosa, nada
malvado. Y viéndola de esa forma, creía aún más en eso de que no siempre lo que
oyes es verdad y que no porque esté tachado de malo tiene que serlo realmente.
Entramos en el vestíbulo y Aria se paró de repente. Echó
la cabeza hacia atrás, y contempló el interior de la biblioteca como si fuese
una niña y contemplase sus regalos en Navidad.
Me recordé que para ella leer era parte de sí misma y que
ella misma decía que era lo quien es gracias a los libros. Para ella la
biblioteca debía ser como el paraíso, como la octava maravilla del mundo.
-Te gusta. – Afirmé, no pregunté, sabía cuál sería su
respuesta.
-Me encanta. – Me corrigió.
-¿Por dónde quieres empezar? – Pregunté; eché la cabeza
hacia atrás para ver cuán alto era el edificio: no terminaríamos nunca.
-¡Esto es enorme! No podremos mirar ni una cuarta parte
hoy aunque nos quedemos todo el día. – Exclamó desilusionada. Se veía que por
ella, podría mudarse a vivir allí.
-Podemos empezar por… -cogí un mapa de la biblioteca y
miré las secciones. - ¿Qué te parece si empezamos por la sección de Lectura de
Manuscritos y Libros Raros?
-¿Eso existe? – Enarcó una ceja.
-Es lo que pone aquí. – Le mostré el mapa.
-Pues tiene un nombre muy apropiado.
Se adueñó del mapa y nos dirigió hasta la sala en
cuestión. Al entrar, Aria soltó nuevamente una exclamación de profunda
adoración hacia los libros. En la sala había solo dos personas, pero sospechaba
que si esas dos personas no hubieran estado, habría empezado a danzar por los
pasillos cantando y riendo como una loca.
Sonreí para mis adentros al imaginarla.
Entró por uno y yo la seguí de lejos: pasó su mano
acariciando los lomos de los libros encuadernados, inspiró para llenarse los
pulmones del olor a libro y sonreír con ello.
Cuando se calmó, escogió un par de tomos y se sentó en un
cómodo silloncito a leerlos. Yo escogí otros pocos. No acabaríamos nunca. Y
estaba seguro de que no encontraríamos nada, pero había que mirarlo por el lado
bueno: estaba sentado junto a Aria y nuestras rodillas se tocaban. Algo era
algo.
Me encanta, no tengo mas q decir, esta perfecto ;)
ResponderEliminarJo juuuu, me encanto, te lo juro.
ResponderEliminarSe han dado de la mano!!!!!
Besos Artista, Andrea