Capitulo 2: Aria

21/4/14

¡Buenas! Y he aquí el capítulo dos de la nueva historia que... tanto gusta al parecer. La verdad es que yo pensaba que no se iba a acoger tan bien, por el hecho de que es un cambio de historia totalmente, nada que ver con la otra. Pero aún así en los comentarios me habéis dejado opiniones muy positivas (seguid así, que cuando os digo algo bonito os relajáis y dejáis de comentar, que os conozco) jajaja. Y bueno, en el capítulo 1 os presenté a Dael, uno de los protagonista. Aquí os traigo a Aria, la otra protagonista. Espero que la acojáis tan bien como a Dael. Por cierto, en el capítulo anterior yo había comentado que los primeros capítulos iban a hacer un pelín más aburridos, y vosotros me comentasteis que para nada lo era. Me refiero a que son aburridos, comparándolos con los siguientes. Ya veréis, tengo sorpresillas preparadas. Bueno, nada más (de verdad, no sé como me soportáis, no paro de alegar) Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. 



Aria

Me desperté de repente empapada en sudor frío. Todavía sentía las brasas lamiendo mi piel. Eran solo pesadillas. Solo sueños. Pero eran sueños que se sentían reales.

Nunca me acordaba de que trataban realmente, solo recordaba vagamente el grito de un chico, un dolor punzante en el costado y luego las llamas abrazándome.

Me levanté de la cama, dándole patadas a las sábanas para desenredarlas de mis piernas y con cuidado para no darme con el techo, bajé las escaleras de la litera de un salto.

Miré por la ventana: el sol había salido ya, pintando un nuevo día en la glamurosa ciudad de París. Me imaginaba las calles despertando con el calor de los transeúntes, las avenidas cobrando vida con los coches al pasar, el aire oliendo a croissants recién hechos y cigarrillos matutinos. Digo que me imaginaba, porque todo lo que podía ver a través de mi ventana era la angosta pared de ladrillo rojo del edificio de al lado.

Recogí algo de ropa que había por el suelo. La mitad la metí en el armario hecha una bola y la otra mitad la volví a tirar al piso. Fui hasta la solana y cogí del tendedero ropa limpia para ponerme hoy.

Podría haberme relajado y haberle pedido a mi tía que me llevase en coche, pero un post-it amarillo pegado en la puerta de la nevera me dijo que no iba a poder ser, ya que había tenido que salir antes a causa de una importante reunión de trabajo.

Vivir con mi tía era divertido, era como tener una compañera de piso. Solo tenía seis años más que yo y trabajaba de psicóloga en la clínica de salud mental con más prestigio de la ciudad. Lástima que el dinero apenas le daba para el alquiler del piso, la compra y los gastos adicionales que tenía que depositar en mí. Era fantástico cuando encargábamos pizza para cenar y nos pasábamos horas hablando como las dos mejores amigas que éramos. Aunque esas veces estaban contadas, pues salía desde bien temprano en la mañana y no regresaba nuevamente hasta bien entrada la noche.

Supongo que no me importaba pasar sola la gran parte del tiempo que estaba despierta. Me sentía completamente independiente.

Miré el reloj: no llegaba a tiempo.

Abrí un bric de leche, le pegué un trago directamente del cartón y lo dejé en la encimera, sin molestarme en guardarlo en la nevera otra vez.

Se me hacía tarde. Otra vez…

Eran contadas las veces que había llegado en punto al instituto. Y en todas ellas implicaba una clara amenaza de expulsión previamente dicha.

Me enfundé unos vaqueros oscuros y me puse la primera camiseta decente que encontré; casualidad fue que conjuntaba con los pantalones.

Apenas metí mis cosas en la mochila, cogí el skate y salí corriendo por las escaleras de incendios precariamente colocadas pegadas al edificio.

Un tramo estaba roto, por lo que debía saltar unos cinco escalones; si caía mal, me precipitaba cuatro pisos contra el suelo.

Caí con los pies firmes en la plataforma de metal.

Mientras bajaba los últimos escalones saqué un gorro de lana gris del bolsillo trasero del pantalón y me lo calé en la cabeza. El frío cortante de la primera mañana de febrero era letal y a mí se me había olvidado coger abrigo.

Di las primeras patadas al suelo, deslizándome sobre el skate, rodando por las calles como si me pertenecieran, como si formara ya parte de ellas.

Me pasaba la gran parte del día en la calle, yendo de aquí para allá. A veces haciendo nada y a veces jugándolo todo. A veces en peleas y a veces intentando pararlas. Se podía decir que mi vida era un juego de azar: depende de cómo cayese la moneda, sucedía una cosa u otra.

Cuando llegué a la avenida principal me vi forzada a disminuir el ritmo si quería evitar atropellar a alguien. Las personas pasaban a mi lado, apartándose, bien porque conocían mi cara y huían o lo más probable, porque no querían que les arrollase.

Volví a mirar el reloj: esta vez sí que no llegaba.

Olvidándome de las personas perezosas caminando a mi alrededor, olvidando que un alto porcentaje de ellas llevaba café ardiendo entre sus manos y que podían quemarme viva, aceleré el ritmo dándole caña a las desgastadas ruedas.

Tan enfrascada estaba en mi carrera contrarreloj que no me molesté en mirar si el semáforo estaba en verde. Para mi surte… no lo estaba.

Un deportivo rojo dio un frenazo inesperado. Si no lo hubiera hecho, lo más probable es que yo hubiera salido volando.

El conductor, un chico de mi edad podría ser, me lanzó una mirada airada y superficial.

-¡Mira por dónde vas, príncipe azul! – Grité y no pude resistirme a enseñarle mi hermoso dedo corazón.

No soportaba a la gente de su clase. Aquellos que dicen ser mejores que los demás solo por poder permitirse ropa bonita y tener más dinero en calderilla que lo que yo podría ganar en mi vida.

A los de su clase yo los llamaría suertudos, no ricos. Y a los de la mía, trabajadores, no pobres.  

Y por esa razón y esa forma de pensar… había sido avasallada por los niños guapitos y ricos toda mi vida ¿Y qué si no tenía un céntimo en mi cartera? Tenía valores que ellos desconocían.

Juro que me sentí bien por dentro al ver la cara de todos aquellos millonarios cuando la Academia para niños superdotados de la señorita Fitzpatrick se quemó hasta los cimientos.

Y no me sentía culpable en absoluto.

 Me tomé mi tiempo cuando pasaba ante la tienda de instrumentos de segunda mano. No podía resistirme a pararme unos pocos segundos a contemplar aquella preciosidad rojo cereza del 97. Sí, una guitarra eléctrica. La quería, la deseaba. La llevaba anhelando desde que tenía doce años. Pero siempre me daba la misma excusa: no teníamos dinero suficiente.

Suspiré resignada ante aquella verdad y seguí patinando hasta el instituto.

Como siempre, llegaba tarde.

Aceleré todo lo que pude para colarme entre los barrotes de hierro que el portero ya cerraba con pereza.

-¡Buenos días! – Saludé levantando una mano mientras corría al interior del edificio.

Tenía exactamente 15 segundos antes de que el profesor entrara en la clase.

Coloqué el skate en el suelo y comencé a patear para coger velocidad.

-¡Abrid paso! – Grité a dos siluetas oscuras que se recortaban al final del pasillo. Cuando pasé junto a ellas, tan rápido que no pude distinguir quiénes eran, ni si quiera si eran alumnos o profesores, un aroma dulce y deseoso me inundó.

Tanto me impactó que casi perdí el equilibrio al caer nuevamente en el skate después de haber saltado una fila entera de escalones.

Conseguí entrar en la clase a falta de exactamente dos segundos de que sonara la campana. Y me senté en mi asiento, el de última fila pegada a la ventana, exactamente uno antes de que entrara el profesor.

-Eres la ostia. – Dijo Dan, quien se sentaba delante de mí, chocándome los puños.

-Algún día te pillarán. Y lo más normal será que te expulsen. – Amaba a Axel, era mi mejor amigo, lo quería como a un hermano. Pero era más pesimista que yo, y eso era para deprimirse completamente.

-Hasta que ese día llegue, podéis considerarme vuestra diosa. – Les contesté a ambos antes de que el profesor me mandara a callar.

Le hice caso, durante aproximadamente dos minutos. Luego éste se dio la vuelta para explicar en la pizarra y se me olvidó su advertencia.

-¿Qué hicisteis el fin de semana?- Le pregunté a Dan y a Axel.

-Nada especial. – Contestó el primer. – Ha molado más la mañana que mi sábado.

-¿De verdad? – Pregunté yo, intrigada de repente en enterarme de lo que me había perdido por el precio de dormir.

-Dos palabras. – Me dijo Axel echándome una sonrisa.

-Tus dos palabras favoritas. – Recalcó Dan.

Fruncí el ceño. Ya no sabía a dónde querían llegar a parar.

-Chicos. Nuevo. – Fue contando con el dedo las palabras y ensanchando su sonrisa a medida que lo hacía.

Yo torcí una sonrisa.

-¿Y por qué decís que son mis dos palabras favoritas? – Pregunté inocente, estirándome en la silla.

-Porque te encanta atormentar a los plebeyos. – Respondió Axel recostándose sobre la mesa, mirándome.

Por lo menos creo que me miraba a los ojos, sino al escote. El caso era que tenía toda su atención.

-Solo a los de primero que se portan mal. – Me excusé yo con una voz muy dulce.

-Pero este no es de primero. – Contradijo él. Ahora sí, me miraba el escote, había dejado el disimulo y lo hacía con todo descaro. – Es de último curso, como tú y como yo.

-Y está forrado. – Remató Dan- Vino montadito en un porshe, nada más y nada menos. Y vestía como un niño de mamá.

Gruñí. Fue algo involuntario, pero no podía creerme que uno de esos ricos sin escuela fuera a parar aquí. Recordé al subnormal que esta mañana casi me atropella y me volvió a hervir la sangre.

No soportaba a ninguno de ellos. Y menos aguantaría tener a uno bajo el mismo techo durante cinco días a la semana.

-Sabemos lo bien que te caen los de su clase. – Axel subió la mirada a mis ojos. - ¿Qué piensas?

-Solo espero que no me toque ninguna clase con él.

4 comentarios:

  1. Bueno bueno, ya se puede intuir lo que pasará. Me encanta. Muy bien narrado como siempre.

    ResponderEliminar
  2. Jo, me gustaría escribir así. Vale, yo ya tengo a mi personaje favorito: Aria. Me encanta, soy muchisimo mas parecida a ella que a Dael.
    Besos, Andrea
    PD: saber montar en skate?? Yo si, y como lo has puesto me ha entrado curiosidad.

    ResponderEliminar
  3. ahhh ya veo que Aria le hara la vida imposible a Dael!! me parece mal que ella piense que todos los ricos son tarados sin cerebro ...pero ya se conocen!!! el casi la atropella!!! gracias por el cap!!!! quiero seguir leyendo u.u pon mas plisss quiero leer las sorpresas!!! sigueeeeee besos cuidate

    ResponderEliminar
  4. Lool jajaja me siento identificadísimo con Aria porque odio a los ricos y PORQUE SIEMPRE LLEGO TARDE X'D
    Jajajaja como llegue una vez más tarde me expulsan ;-;
    Ahh respecto al capi, me ha encantado x3
    Jajaja espero con ganas el siguiente :')

    ResponderEliminar