Capitulo 1: Dael

14/4/14

¡Buenas! ¡Ay, qué nervios! Hoy se publica el primer capítulo de la nueva historia. No sé que deciros. Explicar que la historia empezará un poco lenta, lo que no quiere decir aburrida (por lo menos en mi opinión). Pero es porque quiero que haya un poco de misterios al principio, ya veréis como poco a poco todo va cobrando forma. ¿Recordáis que os dije que los capítulos estarían narrados por los dos protagonistas? Pues este le toca a Dael, y aquí os voy a dejar una canción (una de mis favoritas) que va relacionada con el capítulo. Hay varios capítulos que están relacionados con canciones, así que las pondré al comienzo de cada capítulo. Además, tengo que hacer un nuevo dibujo para la cabecera, algo que esté relacionado con la historia, quien se quiera prestar a hacer una cabecera, se lo agradecería con todo mi corazón, ya sea un dibujo o por ordenador, podéis mandarlo al correo del blog que lo encontraréis en la pestaña de redes sociales. Nada más que decir, que ya sabéis que me enrollo como las persianas. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡Comentad! y espero que os guste mucho. 







Dael

No había conseguido dormir en toda la noche. En mi, las pesadillas, eran algo habitual. Todas las noches aparecían, me desgarraban en sueños y llegado el alba, desaparecían, como si nunca hubieran llegado.

Nunca recordaba sobre qué trataban. Solo sabía que había una mujer, que gritaba y que yo siempre acababa con las manos manchadas, no de sangre, sino de otro líquido, más espeso, más negro.

Me incorporé en la cama, desenredando mi cuerpo de las sábanas. Cogí el mando a distancia de la mesilla de noche, presioné el botón, y las persianas se abrieron, dejando ver las grandes cristaleras que cubrían una pared entera, revelando una nueva y aburrida mañana en la ciudad de París. Los edificios recortados por la luz anaranjada del amanecer, apuntando al cielo acusadores de haberlos despertado un día más.

Crucé los brazos bajo la cabeza y me volví a recostar: hoy era el día, hoy empezaba, presentía que todo iría con buen pie.

Sonreí para mí mismo, ésta era la primera vez que me alegraba de que mis padres estuvieran de viaje. Ellos casi nunca estaban en casa, solo algunos días al mes, a veces, y si había suerte y poco comercio internacional, se quedaban durante algunas semanas. Pero eso no solía pasar a menudo. Mis padres eran los dueños de la mayor empresa de producción industrial de material eléctrico de toda la ciudad, me arriesgaría a decir que de toda Francia. Y por ello debían viajar mucho, dando conferencias por allí, calmando a los de Greenpeace por allá, asistiendo a exclusivas cenas alrededor de todo el mundo y presentándose ante nuevos compradores de acciones… Normalmente los echaba en falta, pero hoy no. Hoy me alegraba de que se encontraran a importantes kilómetros de aquí; no creía que les hiciera gracia mi nueva escuela: el Instituto Público de Notre Dame. Era el mejor instituto público de todo el país, además de que quedaba bien cerca de mi casa. Pero a mis padres no les gustaría nada que su hijo, la joven imagen de ellos y su empresa asistiera a la enseñanza pública.

Claramente, ellos habían firmado la matrícula, pero como casi nunca me prestan atención,  creo que no sabían si quiera lo que estaban haciendo. Fui yo el que me matriculé, con la ayuda del mayordomo, claro.

¿Qué cómo había acabado yo teniendo la oportunidad de matricularme allí? Fácil: mi antigua escuela, la Academia para niños superdotados de la señorita Fitzpatrick se había incendiado. Nadie sabe cómo ocurrió, no se sabe si fue un accidente de cocina, si hubo un cortocircuito o si fue provocado. Pero el caso era que yo odiaba esa escuela de pijos y estirados, donde yo no encajaba a pesar de la gran fortuna de mis padres. Y al ser destruido hasta sus cimientos y con la orden de que los alumnos se matriculasen el resto del curso en otra escuela hasta la restauración de ésta, vi mi oportunidad. Una escuela normal, donde poder hacerme una vida normal, donde conocer a gente normal.

-Señorito Bellanger ¿desea el desayuno en la cama o bajará usted mismo al comedor? – La voz sonó a través del portero situado encima de la mesilla de noche.

-Ya sabes la respuesta, Thomas. – Mi madre insistía en que llamase al mayordomo, quien también era como el padre que nunca está en casa,  Mister Thomas. Pero yo prefería tutearle. A fin de cuentas, era el único amigo que tenía.

Pude sentir como asentía a través del portero.

Me levanté de la cama, ya ansioso por comenzar el día. Me duché y me vestí. Hice nota mental: pasar por el centro comercial a por ropa decente. En mi armario solo podías encontrar las prendas pijas y remilgadas que mi madre elegía para mí. Yo la odiaba, pero como en otras tantas cosas, yo no tenía ni voz ni voto.

-¿Ansioso por comenzar el día? – Preguntó María Teresa, nuestra cocinera, sirviéndome un plato hasta arriba de tostadas.

Ella me caía bien; era una regordeta mujer de ya más de cincuenta años, era creyente católica y siempre andaba rezando o recitando frases de la biblia. Y se preocupa por mí, cosa que no muchos hacían.

-Desesperado más bien. – Contesté, tomando un largo trago de zumo de naranja.

-Su padre me mataría si se enterara de que le doy a elegir: ¿Le llevo o prefiere ir a pie hasta su nueva escuela? – Preguntó Thomas, con las llaves del coche en la mano. Mi padre acostumbraba a decir que teniendo gente que haga las cosas por ti ¿para qué hacerlas uno mismo? Y esa norma la llevaba incluso al extremo de ir andando a cualquier lado.

-¿Y si conduzco yo? – Repliqué con una sonrisa tirante en mis labios.

-Esa no era una de las opciones. – Dijo él, pero aún así, y para sorpresa, me tiró las llaves del deportivo.

Las atrapé en el aire.

-Diviértase.

Engullí alguna tostada más y, colgándome la mochila al hombro, me dirigí al ascensor.

Por si no lo había mencionado, vivíamos en un edificio de cuatro plantas: el bajo era para los empleados, el segundo para el ocio y recibir visitas, el tercero de mis padres y el cuarto y la azotea eran solo para mí.

Llegué al garaje y me metí en el porshe rojo de mi padre.

Metí la primera y salí de allí.

Encendí la radio, conectando mi Ipod, saltó la canción knives and pens de Black Veil Brides. Comencé a cantarla instintivamente.

Las calles estaban desiertas la primera mañana de febrero, con el frío atravesando el abrigo e instalándose en mis huesos. Algunos estarían nerviosos por ser el nuevo con el segundo trimestre ya comenzado, pero yo no. Lo había pasado tan mal en mi antiguo instituto que no se me ocurría nada que pudiera empeorarlo, ni si quiera igualarlo.

Por la avenida principal iba tan concentrado escuchando a toda mecha el solo de guitarra de la canción que metí un frenazo que hizo chirriar las ruedas del coche, cuando una chica vestida de negro de pies a cabeza pasó volando con su skate por delante de mí.

-¡Mira por dónde vas, príncipe azul! – Me gritó, subiéndose a la acera con un salto de la tabla y enseñándome el dedo corazón.

Rodé los ojos y seguí conduciendo hasta llegar al instituto.

Aparqué, salí del coche, puse la alarma y con la mochila al hombro, me dispuse a entrar en el edificio de piedra que se erguía ante mí.

Cuando fui a pasar por la puerta, un grupo de chicos que estaban apoyados en la puerta con un cigarrillo en la mano, con toda la madurez del mundo, me pusieron la zancadilla.
Me di de bruces contra el suelo.

-Mira por dónde vas, princesa. – Se rieron todos juntos como si lo hubieran ensayado; era un sonido estridente y desagradable, como el de buitres atacando a su presa.

Sonó la campana, así que me metí prisa para meter todos los libros en la mochila.

-¿Estás bien? – unas manos pequeñas y pálidas me ayudaron a recoger el resto de mis pertenencias. Al alzar la vista vi que esas manos pertenecían a una chica, bajita, de mi edad, con una media melena en color miel y unos grandes ojos azules. Iba vestida con un estilo… peculiar. Si debía ser honesto tenía que admitir que me recordaba a la vestimenta de un hippie.

-Sí, gracias. – Respondí, echándome la mochila nuevamente al hombro.

-Eres nuevo. – Dijo como una afirmación y no como una pregunta.

-¿sí? – Lo mío si sonó como una pregunta.

-Lo digo por: a) la forma en la que vistes, nadie se atrevería a entrar aquí con unos pantalones tommy hilfiger auténticos. Y b) hueles a chico nuevo: esa mezcla de emoción y miedo. Sé lo que se siente, fui la nueva el año pasado a mitades del primer trimestre.

-Es un poco putada ¿no? – Me estaba convenciendo de que hoy no todo iba a ser flores y prados como yo me había imaginado.

-La verdad es que sí. – Contestó. – Pero te adaptas rápido si encuentras a la gente adecuada. Venga, dime ¿cuál es tu primera clase?

Sonreí y le pasé mi horario para que lo viese por ella misma.

-Soy Dael. – Le dije, ofreciéndole la mano.

-Dael… muy bonito. Soy Verónica. – Me estrechó con una fuerza brutal para ser tan delgada  y bajita. – Tienes biología a primera y música a segunda. Estás de suerte porque voy contigo a esas clases ¿Por qué te apuntaste a música?

Entramos en el edificio: las paredes brillaban de tan blancas que eran, los suelos de mármol blanco impolutos, reflejando la luz fluorescente de las lámparas. El único toque de color eran las taquillas: todas tenían alguna palabra escrita, ya fuese un insulto, un dibujo o pegatinas pegadas.

-Solo quedaban música o dibujo libres. – Contesté. – Y no se me da muy bien dibujar.
Por primera vez me fijé en su camiseta: un trozo de tela manchada expertamente creando un abanico de colores combinados.

-Por lo que veo a ti sí. – Comenté.

-Sí, se me da bien. Pero me apetecía cambiar, por eso elegí música. – Respondió.

-¡Abrid paso! – Gritó una voz desde atrás. A la voz le acompañaron el sonido de ruedas deslizándose y cuando quise darme cuenta, una silueta femenina envuelta en ropa negra pasaba zumbando a mi lado. Con el skate saltó los escalones para descender al primer piso y luego desapareció en la red de pasillos.

Un pensamiento se me formaba en la mente: conocía a esa chica.

Miré a Verónica en busca de  algún comentario, pero su cara era tan inescrutable como lo sería una pared de cemento.

La seguí en silencio hasta llegar a una puerta pintada de verde militar con un letrero que rezaba: Clase 4. Ella abrió la puerta y yo la seguí al interior, intentado ocultarme todo lo que podía tras su menudo cuerpo.

Para mi gran bendición el profesor no había llegado y los demás alumnos estaban demasiado concentrados en lanzar aviones de papel y hablar entre ellos que en hacerme caso a mí.

Me senté en el último asiento de la última fila, el pupitre pegado a la ventana. Verónica se situó un pupitre delante de mí al lado de un chico que curiosamente se parecía a ella.

-Antes de que lo preguntes – dijo el chico dándose la vuelta balanceándose en la silla - no, no somos hermanos. Somos primos, que es algo muy diferente.

-No pensaba decir nada. – Le respondí, levantando las manos en un gesto de rendición.

-Pero seguro que lo pensaste. – Dijo Verónica con una mirada reprobatoria.

-Quizás. – Admití bajando los brazos.

- Zennon ¿y tú?

-Dael.

Me observó con los ojos entrecerrados, como queriendo retener una imagen de mí en su cabeza.

-Curioso nombre. Y curioso tú. Eres valiente amigo ¿por qué llevas esa ropa en un sitio tan peligroso como éste?

-Porque no tenía otra. – Respondí encogiéndome de hombros, quitándole importancia.

-¿No tenías otra? – Preguntó incrédula la prima. - ¿Eres rico o algo así?

-Algo así. – Murmuré. No quería que todos se enterasen que tenía dinero, que mis padres eran quiénes eran y que vivía donde vivía.

Al empezar el día tenía la segura sensación de que nada podría ir mal, que este instituto no podía ser peor que la academia. Y tenía razón, el instituto público no era tan aburrido como la academia de superdotados, y las personas de aquí no eran esnobs a los que no soportaba. Pero había otro lado, el que yo no conocí en la academia: matones.

No teníamos de eso allí. No tenía por qué haberlos. Todos eran ricos, todos tenían un yate privado, todos iban a ir por su cumpleaños a esquiar a los pirineos. Pero aquí era diferente, aquí yo era un bicho raro.

Suspiré.

Por lo menos me alegraba haber conocido a alguien. Podría haber sido peor, podrían haber metido mi cabeza en el retrete los mismos tipos que esta mañana me empujaron.

-¿Algo así? – Preguntó Zennon con las cejas arqueadas y una mirada escéptica.

-Ya lo averiguaréis.- Les aseguré. Si realmente podía hacer amigos, y si esos amigos eran Verónica y Zennon, podría contárselos. Pero de momento, solo eran dos personas siendo amables con el nuevo. Punto y final.

-¡Buenos días, clase! ¿Qué tal el fin de semana? – El profesor entró por la puerta sonriendo a la clase, colocando un maletín en la mesa y sin esperar respuesta, poniéndose a escribir en la pizarra.

Todos se sentaron bien, sacaron sus cosas y comenzaron a copiar. Les imité. Era raro volver a coger boli y papel, en la academia de superdotados usábamos ordenadores portátiles. No solo porque podían permitirse el mejor del mercado, sino porque además las notas eran una competencia continua, por lo que no era un miedo del profesorado que sus alumnos se pasaran las clases en internet viendo videos x en vez de copiando la lección.

-¿Alguien recuerda quién fue el científico que descubrió el primer antibiótico? – Preguntó al profesor en general, esperando una respuesta.

Nadie levantó la mano, nadie respondió inmediatamente. Era algo nuevo para mí.
-Alexander Fleming – Respondí.

-¡Correcto! Señorito…

-Bellanger, Dael Bellanger. – Me presenté.

-Señorito Bellanger. Nuevo ¿verdad? – Asintió él mismo, contestándose su propia pregunta. - ¿Me diría cuál era el nombre del hongo con el que experimentó?

-Penicillium chrysogenum – Respondí cohibido, pues toda la clase me miraba como si fuera un auténtico alienígena.

-¡Muy bien! – me aplaudió el profesor. – A ver si los demás cogemos recortes del nuevo y nos aplicamos más.

Se volvió a dar la vuelta y siguió explicando en la pizarra.

Yo me hundí en mi asiento, intentando en vano hacerme invisible.

Mi superstición había cambiado, ya no tenía la segura idea de que todo iría sobre ruedas como el porshe de mi padre: sentía que me iba a costar pasar este curso a nivel social.

Y dicen que el dinero te lo da todo ¡Ja!




6 comentarios:

  1. Perfecto. Tan bien narrado como siempre. No se por qué dijiste lo de que al principio iba a resultar más aburrido, creo que fue porque nos espera algo grandioso.
    Lo he leído dos veces, y creo que se merece unas cuantas más.
    Deseoso del siguiente capítulo,
    - Thinkk

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  2. Pobre Dael, bueno pobre no. ¡Bienvenido a la escuela pública! Con matones jajajaja. Me ha gustado muchisimo el capítulo y estoy deseando ver la nueva cabecera
    Besos, Andrea
    PD: a mi, personalmente, no me ha aparecido en nada aburrido.

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  3. Ouuu pobre Dael! !! Lo van a tratar como un bicho raro u.u oyy ojalá que Verónica y Zennon le ayuden o nose.....parece un buen chico *--* ya en cualquier momento voy a estar 'awww están shjsslk' (seee ya me cayo bien) y que miedo con esos chicos 'matones' Ahhh gracias por el cap :D a mi me ha encantado! Para nada aburrido! Ya quiero leer mas!!!!! Besos cuidate

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  4. Me ha gustado muchoo:D Pobrecito Dael jiji Ya encontrará amigos ¿no? Estoy deseando el siguiente capítulo y, a lo que has dicho antes de que era aburrido no es verdad, a mí no me lo ha parecido jiji. ¡Sigue así y llegarás lejos! Un abrazo:D

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  5. Me ha gustado mucho. Es una buena introducción para empezar una historia y no ha sido para nada aburrida. Estoy ansiosa por leer más y saber que le pasará a Dael.

    ¡Ánimo y sigue así!

    Atentamente, ACD.

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  6. Ooohooh *-* sabes escribir muy bien y ya me enamoro la historia jaja y no esta nada aburrida :)
    Yo de Dael con tanta plata que no haria jajaja ;) no es broma, aunque con ese carro nose porque pero lo chocaria igual me pudiera comprar otro jajaja
    Bueno la entrada me gusto mucho y espero el siguiente capitulo... y hablando de la portada del blog yo con gusto te ayudo, pero tienes que decirme o darme unas pistas para hacerme la idea del dibujo.
    Saludos desde un pais lejano :P

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