¡Buenas! ¡Ay, qué nervios! Hoy se publica el primer capítulo de la nueva historia. No sé que deciros. Explicar que la historia empezará un poco lenta, lo que no quiere decir aburrida (por lo menos en mi opinión). Pero es porque quiero que haya un poco de misterios al principio, ya veréis como poco a poco todo va cobrando forma. ¿Recordáis que os dije que los capítulos estarían narrados por los dos protagonistas? Pues este le toca a Dael, y aquí os voy a dejar una canción (una de mis favoritas) que va relacionada con el capítulo. Hay varios capítulos que están relacionados con canciones, así que las pondré al comienzo de cada capítulo. Además, tengo que hacer un nuevo dibujo para la cabecera, algo que esté relacionado con la historia, quien se quiera prestar a hacer una cabecera, se lo agradecería con todo mi corazón, ya sea un dibujo o por ordenador, podéis mandarlo al correo del blog que lo encontraréis en la pestaña de redes sociales. Nada más que decir, que ya sabéis que me enrollo como las persianas. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡Comentad! y espero que os guste mucho.
Dael
No
había conseguido dormir en toda la noche. En mi, las pesadillas, eran algo
habitual. Todas las noches aparecían, me desgarraban en sueños y llegado el
alba, desaparecían, como si nunca hubieran llegado.
Nunca
recordaba sobre qué trataban. Solo sabía que había una mujer, que gritaba y que
yo siempre acababa con las manos manchadas, no de sangre, sino de otro líquido,
más espeso, más negro.
Me
incorporé en la cama, desenredando mi cuerpo de las sábanas. Cogí el mando a
distancia de la mesilla de noche, presioné el botón, y las persianas se
abrieron, dejando ver las grandes cristaleras que cubrían una pared entera,
revelando una nueva y aburrida mañana en la ciudad de París. Los edificios
recortados por la luz anaranjada del amanecer, apuntando al cielo acusadores de
haberlos despertado un día más.
Crucé
los brazos bajo la cabeza y me volví a recostar: hoy era el día, hoy empezaba,
presentía que todo iría con buen pie.
Sonreí
para mí mismo, ésta era la primera vez que me alegraba de que mis padres
estuvieran de viaje. Ellos casi nunca estaban en casa, solo algunos días al
mes, a veces, y si había suerte y poco comercio internacional, se quedaban
durante algunas semanas. Pero eso no solía pasar a menudo. Mis padres eran los
dueños de la mayor empresa de producción industrial de material eléctrico de
toda la ciudad, me arriesgaría a decir que de toda Francia. Y por ello debían
viajar mucho, dando conferencias por allí, calmando a los de Greenpeace por
allá, asistiendo a exclusivas cenas alrededor de todo el mundo y presentándose
ante nuevos compradores de acciones… Normalmente los echaba en falta, pero hoy
no. Hoy me alegraba de que se encontraran a importantes kilómetros de aquí; no
creía que les hiciera gracia mi nueva escuela: el Instituto Público de Notre
Dame. Era el mejor instituto público de todo el país, además de que quedaba
bien cerca de mi casa. Pero a mis padres no les gustaría nada que su hijo, la
joven imagen de ellos y su empresa asistiera a la enseñanza pública.
Claramente,
ellos habían firmado la matrícula, pero como casi nunca me prestan atención, creo que no sabían si quiera lo que estaban
haciendo. Fui yo el que me matriculé, con la ayuda del mayordomo, claro.
¿Qué
cómo había acabado yo teniendo la oportunidad de matricularme allí? Fácil: mi
antigua escuela, la Academia para niños superdotados de la señorita Fitzpatrick
se había incendiado. Nadie sabe cómo ocurrió, no se sabe si fue un accidente de
cocina, si hubo un cortocircuito o si fue provocado. Pero el caso era que yo odiaba
esa escuela de pijos y estirados, donde yo no encajaba a pesar de la gran
fortuna de mis padres. Y al ser destruido hasta sus cimientos y con la orden de
que los alumnos se matriculasen el resto del curso en otra escuela hasta la
restauración de ésta, vi mi oportunidad. Una escuela normal, donde poder
hacerme una vida normal, donde conocer a gente normal.
-Señorito
Bellanger ¿desea el desayuno en la cama o bajará usted mismo al comedor? – La
voz sonó a través del portero situado encima de la mesilla de noche.
-Ya
sabes la respuesta, Thomas. – Mi madre insistía en que llamase al mayordomo, quien
también era como el padre que nunca está en casa, Mister Thomas. Pero yo prefería tutearle. A
fin de cuentas, era el único amigo que tenía.
Pude
sentir como asentía a través del portero.
Me
levanté de la cama, ya ansioso por comenzar el día. Me duché y me vestí. Hice
nota mental: pasar por el centro comercial a por ropa decente. En mi armario
solo podías encontrar las prendas pijas y remilgadas que mi madre elegía para
mí. Yo la odiaba, pero como en otras tantas cosas, yo no tenía ni voz ni voto.
-¿Ansioso
por comenzar el día? – Preguntó María Teresa, nuestra cocinera, sirviéndome un
plato hasta arriba de tostadas.
Ella
me caía bien; era una regordeta mujer de ya más de cincuenta años, era creyente
católica y siempre andaba rezando o recitando frases de la biblia. Y se
preocupa por mí, cosa que no muchos hacían.
-Desesperado
más bien. – Contesté, tomando un largo trago de zumo de naranja.
-Su
padre me mataría si se enterara de que le doy a elegir: ¿Le llevo o prefiere ir
a pie hasta su nueva escuela? – Preguntó Thomas, con las llaves del coche en la
mano. Mi padre acostumbraba a decir que teniendo gente que haga las cosas por
ti ¿para qué hacerlas uno mismo? Y esa norma la llevaba incluso al extremo de
ir andando a cualquier lado.
-¿Y
si conduzco yo? – Repliqué con una sonrisa tirante en mis labios.
-Esa
no era una de las opciones. – Dijo él, pero aún así, y para sorpresa, me tiró
las llaves del deportivo.
Las atrapé
en el aire.
-Diviértase.
Engullí
alguna tostada más y, colgándome la mochila al hombro, me dirigí al ascensor.
Por si
no lo había mencionado, vivíamos en un edificio de cuatro plantas: el bajo era
para los empleados, el segundo para el ocio y recibir visitas, el tercero de
mis padres y el cuarto y la azotea eran solo para mí.
Llegué
al garaje y me metí en el porshe rojo de mi padre.
Metí
la primera y salí de allí.
Encendí
la radio, conectando mi Ipod, saltó la canción knives and pens de Black Veil Brides.
Comencé a cantarla instintivamente.
Las
calles estaban desiertas la primera mañana de febrero, con el frío atravesando
el abrigo e instalándose en mis huesos. Algunos estarían nerviosos por ser el
nuevo con el segundo trimestre ya comenzado, pero yo no. Lo había pasado tan
mal en mi antiguo instituto que no se me ocurría nada que pudiera empeorarlo,
ni si quiera igualarlo.
Por
la avenida principal iba tan concentrado escuchando a toda mecha el solo de
guitarra de la canción que metí un frenazo que hizo chirriar las ruedas del
coche, cuando una chica vestida de negro de pies a cabeza pasó volando con su
skate por delante de mí.
-¡Mira
por dónde vas, príncipe azul! – Me gritó, subiéndose a la acera con un salto de
la tabla y enseñándome el dedo corazón.
Rodé
los ojos y seguí conduciendo hasta llegar al instituto.
Aparqué,
salí del coche, puse la alarma y con la mochila al hombro, me dispuse a entrar
en el edificio de piedra que se erguía ante mí.
Cuando
fui a pasar por la puerta, un grupo de chicos que estaban apoyados en la puerta
con un cigarrillo en la mano, con toda la madurez del mundo, me pusieron la
zancadilla.
Me
di de bruces contra el suelo.
-Mira
por dónde vas, princesa. – Se rieron todos juntos como si lo hubieran ensayado;
era un sonido estridente y desagradable, como el de buitres atacando a su
presa.
Sonó
la campana, así que me metí prisa para meter todos los libros en la mochila.
-¿Estás
bien? – unas manos pequeñas y pálidas me ayudaron a recoger el resto de mis
pertenencias. Al alzar la vista vi que esas manos pertenecían a una chica,
bajita, de mi edad, con una media melena en color miel y unos grandes ojos
azules. Iba vestida con un estilo… peculiar. Si debía ser honesto tenía que
admitir que me recordaba a la vestimenta de un hippie.
-Sí,
gracias. – Respondí, echándome la mochila nuevamente al hombro.
-Eres
nuevo. – Dijo como una afirmación y no como una pregunta.
-¿sí?
– Lo mío si sonó como una pregunta.
-Lo
digo por: a) la forma en la que vistes, nadie se atrevería a entrar aquí con
unos pantalones tommy hilfiger auténticos. Y b) hueles a chico nuevo: esa
mezcla de emoción y miedo. Sé lo que se siente, fui la nueva el año pasado a
mitades del primer trimestre.
-Es
un poco putada ¿no? – Me estaba convenciendo de que hoy no todo iba a ser
flores y prados como yo me había imaginado.
-La
verdad es que sí. – Contestó. – Pero te adaptas rápido si encuentras a la gente
adecuada. Venga, dime ¿cuál es tu primera clase?
Sonreí
y le pasé mi horario para que lo viese por ella misma.
-Soy
Dael. – Le dije, ofreciéndole la mano.
-Dael…
muy bonito. Soy Verónica. – Me estrechó con una fuerza brutal para ser tan
delgada y bajita. – Tienes biología a
primera y música a segunda. Estás de suerte porque voy contigo a esas clases
¿Por qué te apuntaste a música?
Entramos
en el edificio: las paredes brillaban de tan blancas que eran, los suelos de
mármol blanco impolutos, reflejando la luz fluorescente de las lámparas. El
único toque de color eran las taquillas: todas tenían alguna palabra escrita,
ya fuese un insulto, un dibujo o pegatinas pegadas.
-Solo
quedaban música o dibujo libres. – Contesté. – Y no se me da muy bien dibujar.
Por
primera vez me fijé en su camiseta: un trozo de tela manchada expertamente
creando un abanico de colores combinados.
-Por
lo que veo a ti sí. – Comenté.
-Sí,
se me da bien. Pero me apetecía cambiar, por eso elegí música. – Respondió.
-¡Abrid
paso! – Gritó una voz desde atrás. A la voz le acompañaron el sonido de ruedas
deslizándose y cuando quise darme cuenta, una silueta femenina envuelta en ropa
negra pasaba zumbando a mi lado. Con el skate saltó los escalones para
descender al primer piso y luego desapareció en la red de pasillos.
Un
pensamiento se me formaba en la mente: conocía a esa chica.
Miré
a Verónica en busca de algún comentario,
pero su cara era tan inescrutable como lo sería una pared de cemento.
La
seguí en silencio hasta llegar a una puerta pintada de verde militar con un
letrero que rezaba: Clase 4. Ella abrió la puerta y yo la seguí al interior,
intentado ocultarme todo lo que podía tras su menudo cuerpo.
Para
mi gran bendición el profesor no había llegado y los demás alumnos estaban
demasiado concentrados en lanzar aviones de papel y hablar entre ellos que en
hacerme caso a mí.
Me
senté en el último asiento de la última fila, el pupitre pegado a la ventana.
Verónica se situó un pupitre delante de mí al lado de un chico que curiosamente
se parecía a ella.
-Antes
de que lo preguntes – dijo el chico dándose la vuelta balanceándose en la silla
- no, no somos hermanos. Somos primos, que es algo muy diferente.
-No
pensaba decir nada. – Le respondí, levantando las manos en un gesto de
rendición.
-Pero
seguro que lo pensaste. – Dijo Verónica con una mirada reprobatoria.
-Quizás.
– Admití bajando los brazos.
-
Zennon ¿y tú?
-Dael.
Me
observó con los ojos entrecerrados, como queriendo retener una imagen de mí en
su cabeza.
-Curioso
nombre. Y curioso tú. Eres valiente amigo ¿por qué llevas esa ropa en un sitio
tan peligroso como éste?
-Porque
no tenía otra. – Respondí encogiéndome de hombros, quitándole importancia.
-¿No
tenías otra? – Preguntó incrédula la prima. - ¿Eres rico o algo así?
-Algo
así. – Murmuré. No quería que todos se enterasen que tenía dinero, que mis
padres eran quiénes eran y que vivía donde vivía.
Al
empezar el día tenía la segura sensación de que nada podría ir mal, que este
instituto no podía ser peor que la academia. Y tenía razón, el instituto
público no era tan aburrido como la academia de superdotados, y las personas de
aquí no eran esnobs a los que no soportaba. Pero había otro lado, el que yo no
conocí en la academia: matones.
No
teníamos de eso allí. No tenía por qué haberlos. Todos eran ricos, todos tenían
un yate privado, todos iban a ir por su cumpleaños a esquiar a los pirineos.
Pero aquí era diferente, aquí yo era un bicho raro.
Suspiré.
Por
lo menos me alegraba haber conocido a alguien. Podría haber sido peor, podrían
haber metido mi cabeza en el retrete los mismos tipos que esta mañana me
empujaron.
-¿Algo
así? – Preguntó Zennon con las cejas arqueadas y una mirada escéptica.
-Ya
lo averiguaréis.- Les aseguré. Si realmente podía hacer amigos, y si esos
amigos eran Verónica y Zennon, podría contárselos. Pero de momento, solo eran
dos personas siendo amables con el nuevo. Punto y final.
-¡Buenos
días, clase! ¿Qué tal el fin de semana? – El profesor entró por la puerta
sonriendo a la clase, colocando un maletín en la mesa y sin esperar respuesta,
poniéndose a escribir en la pizarra.
Todos
se sentaron bien, sacaron sus cosas y comenzaron a copiar. Les imité. Era raro
volver a coger boli y papel, en la academia de superdotados usábamos
ordenadores portátiles. No solo porque podían permitirse el mejor del mercado,
sino porque además las notas eran una competencia continua, por lo que no era
un miedo del profesorado que sus alumnos se pasaran las clases en internet
viendo videos x en vez de copiando la lección.
-¿Alguien
recuerda quién fue el científico que descubrió el primer antibiótico? –
Preguntó al profesor en general, esperando una respuesta.
Nadie
levantó la mano, nadie respondió inmediatamente. Era algo nuevo para mí.
-Alexander
Fleming – Respondí.
-¡Correcto!
Señorito…
-Bellanger,
Dael Bellanger. – Me presenté.
-Señorito
Bellanger. Nuevo ¿verdad? – Asintió él mismo, contestándose su propia pregunta.
- ¿Me diría cuál era el nombre del hongo con el que experimentó?
-Penicillium
chrysogenum – Respondí cohibido, pues toda la clase me miraba como si fuera un
auténtico alienígena.
-¡Muy
bien! – me aplaudió el profesor. – A ver si los demás cogemos recortes del
nuevo y nos aplicamos más.
Se
volvió a dar la vuelta y siguió explicando en la pizarra.
Yo
me hundí en mi asiento, intentando en vano hacerme invisible.
Mi
superstición había cambiado, ya no tenía la segura idea de que todo iría sobre
ruedas como el porshe de mi padre: sentía que me iba a costar pasar este curso
a nivel social.
Y
dicen que el dinero te lo da todo ¡Ja!
Perfecto. Tan bien narrado como siempre. No se por qué dijiste lo de que al principio iba a resultar más aburrido, creo que fue porque nos espera algo grandioso.
ResponderEliminarLo he leído dos veces, y creo que se merece unas cuantas más.
Deseoso del siguiente capítulo,
- Thinkk
Pobre Dael, bueno pobre no. ¡Bienvenido a la escuela pública! Con matones jajajaja. Me ha gustado muchisimo el capítulo y estoy deseando ver la nueva cabecera
ResponderEliminarBesos, Andrea
PD: a mi, personalmente, no me ha aparecido en nada aburrido.
Ouuu pobre Dael! !! Lo van a tratar como un bicho raro u.u oyy ojalá que Verónica y Zennon le ayuden o nose.....parece un buen chico *--* ya en cualquier momento voy a estar 'awww están shjsslk' (seee ya me cayo bien) y que miedo con esos chicos 'matones' Ahhh gracias por el cap :D a mi me ha encantado! Para nada aburrido! Ya quiero leer mas!!!!! Besos cuidate
ResponderEliminarMe ha gustado muchoo:D Pobrecito Dael jiji Ya encontrará amigos ¿no? Estoy deseando el siguiente capítulo y, a lo que has dicho antes de que era aburrido no es verdad, a mí no me lo ha parecido jiji. ¡Sigue así y llegarás lejos! Un abrazo:D
ResponderEliminarMe ha gustado mucho. Es una buena introducción para empezar una historia y no ha sido para nada aburrida. Estoy ansiosa por leer más y saber que le pasará a Dael.
ResponderEliminar¡Ánimo y sigue así!
Atentamente, ACD.
Ooohooh *-* sabes escribir muy bien y ya me enamoro la historia jaja y no esta nada aburrida :)
ResponderEliminarYo de Dael con tanta plata que no haria jajaja ;) no es broma, aunque con ese carro nose porque pero lo chocaria igual me pudiera comprar otro jajaja
Bueno la entrada me gusto mucho y espero el siguiente capitulo... y hablando de la portada del blog yo con gusto te ayudo, pero tienes que decirme o darme unas pistas para hacerme la idea del dibujo.
Saludos desde un pais lejano :P