¡Buenas! ¡Traigo nuevo capítulo! A ver que os parece. Yo... se me está echando el tiempo encima, porque solo quedan cinco capítulos para acabar la historia ¡Y todavía no están escritos! Normalmente tengo dos o tres capítulos escritos para ir colgándolos, pero no he conseguido sacar tiempo y no están escritos. Espero de verdad ponerme las pilas esta semana, escribir todo lo que pueda y no tener que dejaros ninguna semana sin capítulo. Juro intentarlo. Quitando ese detalle ¡Cinco capítulos (más el epílogo) para acabar la historia! ¿Qué pena no? Bueno, ya os dejo el capítulo, leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
-¿Te gusta?
El ayuntamiento se erguía ante nosotros, con su blanca piedra
de mármol impoluta. Las estatuas de aspecto renacentista nos miraban desde lo
alto del tejado, como gárgolas agarradas a éste para no caerse. Las enredaderas
de un verde intenso trepaban por un lateral, dándole un aspecto encantado y
misterioso.
-¿Cómo? – Pregunté.
-No sé cómo. El otro día salí a hacer una guardia con Liam y
me encontré con que el ayuntamiento no había sido afectado por las llamas. El
interior tampoco. – Respondió Dario dándome una sonrisa.
-Es imposible. – Susurré. Pero me daba igual: me alegraba que
algo se mantuviese firme aún, era como una metáfora de lo que nosotros
pretendíamos, mantenernos firmes ante la amenaza.
Empujé las pesadas puertas dobles y entré: todo estaba tan
impoluto, tan perfecto, tan elegante y… normal.
-Al principio pensé que podíamos trasladar la base del
campamento aquí. – Contaba Dario mientras caminábamos por el extenso pasillo,
hasta llegar a las escaleras enmoquetadas en rojo granate que daban al piso
superior. – Pensé que sería un sitio seguro del que protegernos por si nos
atacaban y no estábamos listos. – las lámparas de araña del techo seguían
brillando con la tenue luz reflejada del sol, proyectando arco iris pequeños
flotando en el aire. – Pero luego me di cuenta de que no hubiéramos entrado
todos. Solo habríamos podido trasladarnos los más… importantes, los más
guerreros. Las cabecillas de la operación por así decirlo. – Entré en la
primera sala del piso superior. Esperaba encontrarme con algún despacho, alguna
sala de conferencias… pero no esto: una cama doble con dosel ocupaba la mayor
parte de la habitación, sábanas de color azul oscuro como la noche y una colcha
en beige, las ventanas de cuerpo entero
abiertas, dejando el viento entrar y hacer danzar a las cortinas. El
suelo estaba enmoquetado en un aspecto
de lo más antiguo y elegante. – Así que decidí que tenía que aprovechar este
lugar para algo mucho mejor. Algo especial. Para ti y para mí.
-Dario es… - me giré para mirarle a los ojos- perfecta.
-Más valía que lo fuese. Me ha costado hacer la cama ¿Cómo
podía hacer esto todo los días mi madre? Si lo colocaba de un lado se iba de
otro. Y ya no te contaré conseguir las sábanas…
-¡Calla! – Le di un puñetazo amistoso en el pecho entre
risas. – Me encanta, es perfecto. Tú eres perfecto. Te quiero tanto.
Me rodeó con sus brazos en un abrazo de lo más tierno.
-Y yo te amo. Siempre lo he hecho y siempre lo haré. Te amaba
cuando eras aquella chica desconocida que observaba desde las esquinas, lo hago
ahora que te miro a los ojos. Te amaba
cuando eras tímida y no intercambiábamos palabras, lo hago ahora que
podemos decirnos todo lo que pensamos. Te amaba cuando tú eras la chica dulce a
la que proteger y cuando eras el caballero que me rescataba de la muerte. Te
amaba cuando éramos niños y te amo ahora que somos mayores. Te amaba cuando
eras Alex la chica, cuando eras Alex la celestial y ahora que eres Alex la
diosa. No dejaré de amarte nunca. Jamás.
-Dario yo… - Parpadeé, haciendo que las lágrimas formadas en
mis ojos cayesen lentamente por mis mejillas. Con su pulgar, dándome una tierna
caricia, paró la trayectoria de una de ellas. – Yo… no sé qué decir. Nunca sé
qué decir. Cuando hablas así parece tan fácil… yo no consigo hacer que salga
las palabras. Me parece tan injusto que tú siempre me digas que me amas y
yo no ser capaz de decirte lo mucho que
siento por ti.
-Inténtalo. – Susurró en mi oído.
Le miré directamente a los ojos.
-Te quiero. – Comencé- Te quiero por tantos motivos que no
sabría por cual comenzar, ni si alguna vez terminaría de nombrarlos todos. – mi
voz, que había sonado temblorosa, cobraba más confianza a medida que las
palabras salían solas. – No sé cuando comenzó. Si empezó poco a poco o si de
repente vino Cupido y me enamoró de ti a base de flechas. Solo sé que fuese el
destino, Cupido, Even o la suerte, le doy gracias. Nadie me ha hecho sentir
como tú lo hiciste desde un principio, cuando éramos dos simples conocidos,
cuando fuimos amigos, cuando fuimos novios y lo que somos ahora, porque mis
sentimientos van más allá de lo que podría haber pensado. Y… algunas chicas se
asustarían de verse toda la vida con el mismo chico, toda una vida empezando
desde los 16 años con la misma pareja… yo no veo el momento de que esa vida
empiece. Te quiero conmigo por la eternidad.
Sus ojos estaban bañados en lágrimas. No estaba a
acostumbrada a verle llorar, pero me sentó bien saber que la causante de esas
lágrimas era yo. Porque eran lágrimas de felicidad. Se leían en su preciosa sonrisa.
-Y dices que no sabes decir lo que sientes. – comentó con una
sonrisa sarcástica.
-Ni si quiera he sido capaz de expresar un 20% de lo que
siento por ti. Te amo demasiado para decirlo con palabras.
Parpadeó varias veces para deshacerse de las lágrimas. Cómo
él hizo conmigo, alcé una mano y se las sequé.
-Me gustaría poder decirte que lo intentaras. Que intentaras
decirme todo lo que sientes, que no tenemos prisa, que tenemos todo el tiempo
del mundo. Pero…
-No lo tenemos. – terminé la frase que él no había logrado
finalizar.
-No, no lo tenemos.
Me miré los pies, volviendo a llorar de verdad.
-Lo siento. – susurré, atragantándome con las palabras.
-¿Lo sientes?
-Yo soy la que se va a luchar, soy la que tiene que librar
esta guerra. Por mi culpa no tenemos todo ese tiempo. – Sollocé.
-¿De verdad crees eso? Alex, no es tu culpa tener el destino
que tienes. Yo decidí atar mi destino al tuyo. No es tu culpa. Ni mía. No es
nuestra. Simplemente nos tocó. Además, quién sabe. Quizás mañana podamos volver
a repetir esto y en vez de lamentarnos por tener un futuro inseguro, estaremos
planeando cual será el primer sitio al que viajemos. Porque vamos a viajar,
mucho, a todas partes del mundo.
-¿A todas?
-Siempre y cuando sea contigo… a todas.
Entramos en la habitación, cogidos de la mano. Me senté en la
cama, acariciando las sábanas oscuras y mirando el atardecer por la ventana.
-¿temes al mañana? – Le pregunté a Dario, que estaba apoyado
de pie junto a la cama.
-Temo a cualquier cosa con la que pueda perderte.
No pude resistirlo más y le cogí por la cintura, obligándolo
a caer encima de mí, besándome. Colocó los brazos a ambos lados de mi cabeza y
se recostó más cómodo sobre mí, sin dejarme caer todo su peso.
Con un movimiento de pies ambos nos deshicimos de los zapatos
a la vez.
Nos besamos un poco más, pasando las manos por el cuerpo del
otro sobre la ropa, hasta que llegó el momento en que queríamos explorar lo que
había debajo.
Dario comenzó a subir la mano por mi cuerpo, con el puño
cerrado sobre la camiseta, arrastrándola hacia arriba. En el momento en que
pasó por mi cabeza, una chispa hizo “click” en mí, y sin ninguna delicadeza le
arranqué la camiseta.
Aquello le gustó, porque me dio una mirada divertida y pícara
antes de volver a besarme, esta vez con muchas más fiereza. Cuando comenzó a
atacar mi cuello, empecé a ver estrellas.
-¿La bestia tenía hambre? – Susurré, besando su hombro.
-Muerta de hambre.
Con un movimiento rápido me coloqué encima suya, para poder
ser yo la que atacara su cuello esta vez. Me gustaba tanto, sabía tan bien…
Perdí toda la lógica cuando me despojó de los pantalones y yo
lo imité quitándole los suyos.
Perdí la lógica cuando me abrazó con todo su ser.
Perdí la lógica cuando fuimos uno solo.
Perdí la cabeza, todo lo que había en ella, menos una sola
cosa: lo mucho que lo amaba.
Los rayos de sol fueron el causante de mi despertar. Eso y
las caricias de Dario por todo mi cuerpo.
Me di la vuelta, para mirarle a los ojos. Me dio un beso en
los labios.
-Buenos días, mi celestial.
-Se supone que ya no soy una celestial. – dije, embobada por
cómo se veía su oscuro cabello brillando con la luz del amanecer.
-Seguirás siendo mi celestial.
-Podría despertar así cada mañana.- así, en brazos del chico
al que amo, con nuestros cuerpos descubiertos, en la intimidad de un abrazo.
Podría acostumbrarme de por vida.
-Cruza los dedos porque se haga realidad- dijo él.- Es el día
¿Estás preparada?
-¿Se puede preparar para esto?

Exacto, se puede estar preparada para esto??
ResponderEliminarYo muero, me ha encantado, te lo juro
Te loveo muchoooo, me ha encantado de principio a fin
Espero que eñ lunes siguiente me des una alegria al poder leer que no han muerto, porque como mueran muero con ellos
Besos, Andea