¡Buenas tardes artistillas! ¿Qué tal? ¿Todo bien?Sí es así me alegro y si no... yo no he preguntado. Aquí os traigo el nuevo capítulo para que todas aquellas amenazas queden en un vago recuerdo jeje Espero que os guste, leed, ¡COMENTAD! me gustaría saber qué opinais sobre la conversación de nuestros dos tortolitos jeje ya veréis por qué lo pregunto.
Dario las sacaba de los baúles. Gus, Loray y yo las íbamos
colocando formando un círculo perfecto. Y, Elliot, las prendía con sus mágicos
poderes de hijo de un dios del fuego.
-¿Cómo de grande el círculo? – Pregunté.
-Como para que quepan mínimo cinco personas sentadas de una
vez – Contestó Mónica.
Fruncí el ceño.
No dije nada, no sabía, no entendía cómo iban estas… cosas de
los rituales mágicos. ¡Todavía no me creía que mi hermana mayor supiera
hacerlos!
Suspiré.
Me dolía la espalda de estar agachada, recolocando las velas
que Loray dejaba en el suelo de cualquier manera, rozando intencionadamente el
cuello de Dario con su increíble pelo dorado. Me daba asco. Pero lo que más
asco me daba era que Dario no parecía darse cuenta que esa asquerosa estaba tratando
de llamar su atención. Por un lado me gustaba, que no hiciera caso a los
encantos de la rubia, y por otro, me molestaba de una manera sobre humana que
las chicas se le apegaran de esa manera. Porque si fuese solo una, aguantaría,
pero todas las chicas del instituto que rondaban nuestra edad se acercaban a
él, como lapas. ¡Era lógico de entender! Dario era hermoso, un verdadero
guerrero griego. Hermoso, amable, inteligente. ¿Quién podía no caer en la
tentación de sus encantos naturales? Estaba celosa, sí ¿y qué? Era normal. Era
mi primera relación, con un chico que me gustaba mucho, un chico al que amaba.
No podía concebir ninguna idea de él con otra. No podía. Él me quería a mí y
solo a mí. Y a las otras asquerosas, ya podían irse al infierno por tratar de
robarme a mi hombre.
Aun así, por mucha seguridad que tuviese en el amor que Dario
sentía hacia a mí, cada vez que me acercaba a recoger más velas, le besaba.
Marcando mi territorio, por decirlo de alguna manera. Le besaba dulcemente en
los labios y él me devolvía el beso encantado. Delante de todas las chicas que
estaban haciendo cola para hablar con él.
Aunque a Elliot no era que le entusiasmara que tuviéramos
esas muestras de afectos delante de él. ¡Que se aguantara!
-¿cómo es ese ritual? – Preguntó Gus a mi espalda.
-¿Se necesita sangre de animales extraños, hierbas que solo
crecen en los lugares más tenebrosos y un poco de pelo de ogro? – Se rió
Elliot.
Mónica miraba con determinada concentración el libro de los
rituales, donde nombraban todo lo que necesitábamos.
-No. Pero necesito sangre de virgen, algo de lavanda y agua
salada.
-Ah – Dijo Elliot intimidado.
-Tengo la lavanda y el agua – anunció Mónica -, pero me falta
la sangre de una virgen. Entendedme, la daría yo misma si lo fuese… ¿Algún virgen
donante?
Nadie levantó la mano, ni dio un paso hacia delante. Yo
tampoco. Obviamente era virgen, pero me aterraban las agujas. ¡Odiaba sacarme
sangre! Algún otro se ofrecería por mí. Pero para mí enorme sorpresa ni Elliot
¡Ni Dario! Se ofrecieron. Ni si quiera Gus. Tampoco Loray, aunque de ella me lo
esperaba, seguramente su sangre no serviría…
-¡¿Nadie?! – Preguntó con un asombro incontenible mi hermana
mayor.
-¿Elliot? – Pregunté casi en un susurro.
Él me escuchó.
-¿Por qué yo? ¡Tú novio tampoco se ha ofrecido! -Se excusó apuntando a su mejor amigo con el
dedo.
-¡Eh! ¡Eh! ¿Por qué tengo que ser yo? – Respondió éste.
-¿No eres virgen? – Le preguntó Gus.
-Sí lo soy – Respondió con algo de vergüenza. Pronto recobró
las formas - ¿Y tú? – Le preguntó a Gus desafiante.
-La daría encantado – Comenzó a decir.
-Pero no es virgen – Respondió Loray cortándole, mientras se
observaba las uñas.
-Exactamente… - Respondió. Su tez se coloreó de un intenso
rojo
Entrecerré los ojos ¿Loray sabía que Gus no era virgen? No parecían
lo suficientemente amigos como para
contarse esas cosas. Me imaginé lo peor. Seguramente…
-¡Lo haré yo misma! – No sé en qué momento lo decidí, pero
avancé hacia Mónica con el brazo extendido.
En un tiempo que me apreció increíblemente rápido, ya me
habían sacado medio litro de sangre.
Me mareé. Tengo estómago, puedo soportar ver cosas realmente
desagradables, pero no soporto, por nada del mundo, ver cómo me sacan sangre.
Es algo más fuerte que yo.
Me tumbé en una cama alejada, donde había poca luz y los
sonidos casi no llegaban. Al rato, cuando ya me encontraba mejor, Dario vino y
se sentó en el borde de la cama.
-Con que no eres virgen ¿eh? – bromeé
-Sí que lo soy – Respondió alarmado.
-¿Y te sientes orgulloso de ello? – Seguí riéndome.
-¿sabes? No sé de qué te ríes. Te he estado esperando toda mi
adolescencia. Deberías sentirte culpable de que ahora yo sea un pobre
incomprendido de dieciséis años, casi diecisiete, que jamás se ha acostado con
una chica.
- ¿A qué edad ibas a acostarte con una chica? ¿A los trece?
-Que quede claro que la mayoría suelen tener su primera vez a
los catorce. Sí, es temprano, pero esas son las estadísticas del pueblo.
Abrí los ojos y reprimí una risa. Me costaba creer que venía
de un mundo mágico, ahora, no conseguía comprender como podían perder la
virginidad a los catorce años de edad. La sociedad de hoy me daba algo de asco.
Jamás, ¡JAMÁS! haría una cosa así de… chocante,
a una edad en la que todavía no acabas de comprender ciertos misterios.
-¿Entonces es culpa mía? – Dije incorporándome.
-Sí. Siéntete culpable.
Rodeé su cuello con mis brazos, quedándome de rodillas
delante de él. Así era más alta, mi barbilla llegaba a su frente. Él me rodeó
la cintura con sus brazos atrayéndome hacia él. Comenzó a darme besos, siguiendo
el escote de mi camiseta. Me tensé. Nunca antes me habían besado en esa zona,
tan cerca del pecho. Con Dario había dejado que fuera poco a poco cada vez más
allá. Primero los besos castos, luego profundizándolos, besos en el cuello,
dejar que me levantara ligeramente la camiseta para acariciar mi cintura…
Supongo que este era el siguiente paso. Pero eso no dejaba de preocuparme
¿Hasta dónde llegábamos? Me amaba, y yo a él. Sacudí la cabeza para despejar
los pensamientos. Y por ridículo que sonase, funcionó. Dejé que me besara,
subiendo por el cuello para después posar sus labios sobre los míos con
ternura. Esta vez fui yo la que profundizó el beso, necesitando una urgencia
extrema de él. Le adoraba.
-¡¡Todos al círculo!! – Gritaba Mónica – Vamos a empezar el
ritual.
Dario y yo nos levantamos de la cama con un salto. Agarrados
de la mano nos acercamos. Ya había cinco personas sentadas en el centro. Cinco
de los alumnos más mayores, de dieciocho años o algo así. Se habían ofrecido
voluntarios. Conejillos de laboratorio para probar, por si algo salía mal, que
no fueran los más pequeños los que salieran perjudicados. Habían hecho un gran
acopio de valor con este hecho. Nadie lo contaba así, pero era algo que se
sabía. Son estas cosas que sabes, que sabes con una seguridad absoluta y de las
que nunca te equivocas.
-Elliot la sangre – indicó Mónica como un cirujano ordenaría
a su enfermero en medio de una operación.
Con la sangre pintó intrincadas runas en el suelo, frente a
la vela mayor que nos había indicado colocar, presidiendo la circunferencia.
Con el agua, roció a los voluntarios que se encontraban en el interior del
círculo y con la lavanda impregnó el aire con su olor dulzón.
Todos aguardábamos alrededor, formando una barrera humana
alrededor de las velas, a unos prudentes pasos de distancia.
¿Por qué el ser humano siempre acaba pensando lo peor? En ese
momento en mi mente se aceleraban millones de imágenes, cada una diferente a la
anterior, de cómo podría acabar todo mal. Los cinco chicos podrían quedar
carbonizados hasta que sus cuerpos no fueran más que cenizas. Podrían mandarlos
a esa tercera dimensión en la que no hay nada más que almas muertas. Si los
mandaran a la Tierra, podrían acabar en cualquier lugar, desde las heladas
aguas del ártico donde no sobrevivirían más que unos pocos segundos antes de
morir congelados o en el cráter de un volcán donde morirían ahogados en lava. O
quién sabe, podrían aparecer a quince mil pies de altura para estamparse contra
el suelo cual tortilla.
Por un momento me alegré de que se ofrecieran voluntarios
para una posible muerte.
Luego me sentí horrible por pensar eso. Deseé que todo
saliera bien, que sobrevivieran.
Entonces Mónica comenzó a recitar extrañas palabras en un
idioma muerto.
Enserio?!?! A los 14, pues sera alli jajajaja por que yo y todos mis amigos tenemos esa edad y ni de lejos jajajaja, alomejor somos nosotros los raros... Que no lo creo, pensaba que la edad media en España eran los 16 me quedan dos años... Jajajaja pues yo pienso lo mismo que Alex ahi que ser maduro mentalmente y responsable, eso conlleva muchos riesgos..
ResponderEliminarBueno el capitulo genial
Besos Andrea
La edad media es los quince... por lo menos donde yo vivo y creo que es muy temprano... jajaja me alegra ver que mis lectoras tienen tanta cabeza como alex
EliminarMuchas gracias, flor
Un beso
Uuuuy, a los catorce... yo tengo esa edad... Huuumm...
ResponderEliminarNah, ni en chiste lo haría, y no creo que lo haga alex, o si? Si Dario la obliga te juro que lo mato.
Y reitero mi pregunta: Volveran?! A la mierda el ritual!
Por Selene, no puedes ser tan desconsiderada, estoy decepcionada.
Eres malvadamente fantástica.
Un beso
Dario es bueeeno, no la va a obligar a nada -o eso creo- jeje
EliminarY repito mi respuesta: Espera! que te sorprenderá.
(¿Quién es selene?) jajaja
Muchas gracias, harás que me sonroje
Un beso