Capitulo 4 Parte 2

28/10/12

Hola! Por problemillas técnicos que he tenido he decidido dividir el capitulo cuatro. Seguro que los que leyeron la primera parte vieron que la mitad salía en blanco, bueno pues está arreglado, así que aquí os dejo el final del capitulo. Espero que lo disfrutéis y me comentéis y lo difundáis y eso. Beshines ;-) 


Andamos entre los árboles, tropezando de vez en cuando con sus frutos caídos o roídos por las aves. Todo es perfecto, todo parece perfecto hasta que siento algo caliente y espeso recorrer mi espalda. Dario me ha puesto una mano en el hombro. Me giro lentamente y veo que tiene un corte en el brazo por el que está emanando sangre, mucha sangre. Diviso otro gran corte del que no podrá salvarse en el lado izquierdo en el pecho. Antes de que pueda hacer nada cae al suelo. Su piel blanca y sus morados labios me indican que ya no tiene salvación. Siento un gran impulso de salir corriendo para sobrevivir de lo que sea que le ha atacado pero la tristeza que siento ahora mismo es tan grande que me arrodillo a su lado para llorar su muerte. La muerte del chico misterioso, la muerte del chico que me había atrapado en sus ojos, la muerte del chico por el que quizás sentía algo. Siento una sombra pasar entre los árboles, me levanto sobresaltada sacando una flecha del carcaj para vengar la muerte de Dario. Algo me derriba al suelo. Algo realmente rápido. Ese algo ahora está encima de mí inmovilizándome. Me tiene agarrada las manos y sus rodillas clavadas en mis muslos. Lleva una capucha y con esta poca luz no puedo verle la cara. Pero eso no es problema durante mucho tiempo porque se está retirando la capucha lentamente. Primero veo el color de los ojos que me resulta muy familiar. Luego veo su cara al completo. Pero no es la de siempre, tiene como si fuesen tatuajes alrededor de los ojos y sus pupilas están dilatadas. Ahora que me fijo tiene las uñas negras y muy afiladas. No es él, parece un monstruo sacado de un libro de ciencia ficción, algún malvado monstruo ha robado su alma, ha robado el alma de mi hermano, Elliot. Me está mirando a los ojos y me susurra una palabra que no logro entender. Empiezo a gritarle un montón de tacos. Prácticamente le escupo las palabras, mis gritos, mis preguntas “¿Por qué?”. Siento odio. Hace un instante mi único objetivo era encontrarlo y salvarlo, ahora le odio. Le odio por haber matado a su mejor amigo, por haberle arrebatado la vida a un inocente, por haberme condenado a una vida sin él. Por eso me vengaré, aunque tenga que matarle a él. Seguramente sea lo más difícil que he hecho en la vida, pero cojo una de mis flechas y se la clavo en el cuello. Él grita de dolor y parece caerse para morir, no sin antes abrir la boca, sacar sus afilados dientes e intentar desgarrarme el pecho.
Entonces grito, grito con toda la fuerza que tengo y me despierto. No era real solo un sueño. Un terrible, horripilante sueño. Una de las peores pesadillas que he tenido. Sigo en la arena a la orilla, tumbada junto a Dario, apoyada sobre su brazo, con el que me ha rodeado toda la noche. Dario. Dario sigue vivo. No sé si lo he pensado antes pero me lanzo sobre él y lo abrazo con toda mi fuerza (la que me queda después de haber gritado). Lo he despertado, pero creo que sonríe. No lo suelto, porque tengo miedo de que se desvanezca con el aire. Como cenizas llevadas por el viento.
-Vale, vale yo también me alegro de verte – dice abrazándome él también
-Es que tuve un sueño y vi como morías y Elliot y entonces – le digo muy acelerada y empezando a llorar al recordar como moría en mi sueño. Me tranquiliza un poco acariciándome el pelo y le explico mi sueño, mejor dicho mi horrible pesadilla. Se lo explico con detalles, lo mejor que recuerdo. Intentando calmar mi voz.
-¿Cómo que era un demonio?
-Elliot, tenía unos tatuajes como los que salen en las películas que se dicen que son hechos por el demonio, sus uñas eran negras, eran como unos cuchillos muy afilados, creo que te mató con los colmillos que eran como los de los lobos, lo pasé mal pensé que ya no estabas aquí no podía es que… - vuelvo a llorar y Dario me vuelve a abrazar.
-Tranquila estoy aquí, no te pienso dejar – me dice mientras me acaricia el pelo. Me susurra al oído que todo estará bien que solo fue un mal sueño que él no permitirá que me pase nada malo. Y gracias a esas palabras me vuelo a dormir. Un profundo sueño, con pesadillas pero no tan intensas.
Cuando vuelvo a despertarme es de día, por la posición del sol serán las once no más; aunque cualquiera sabe hacia dónde va el sol en este sitio. Veo que Dario se ha despertado antes y no ha estado vagueando. Ha recogido fruta, la ha amontonado a pocos metros de donde dormía él; ha llenado cuatro cocos partidos a la mitad de agua. Él está flotando en el agua, chapoteando como un niño pequeño, nadando a lo que llaman estilo perrito. Sale del agua dando tumbos, chorreando.
-Te has despertado, ¿Cómo estás? – pregunta, escurriéndose el borde inferior de la camiseta
-bien, no he tenido más horribles pesadillas con hermanos medio demonios y tu horrible muerte. Soñé con casa. –miento. No quiero que se preocupe más por mí.
-en eso he estado pensando yo todo el rato desde que llegamos, ¿Por qué no comemos algo? – me pregunta lanzándome un mango. Ayer nos comimos el pescado. Me alegro de no tener que comer más pescado, no es que me haga mucha gracia (¡Ugh!)
-está muy rico – le digo dando pequeños mordisquitos a la jugosa fruta; su zumo me resbala por la comisura del labio hasta meterse por mi camiseta. – creo que deberíamos ponernos en marcha, en busca de Elliot y una salida. – me pongo en pie y me limpio la boca con el antebrazo.
-El norte – señala la dirección
-¿qué?
-Que deberíamos ir hacia al norte porque…
-vale al norte, me da igual. Está claro que cualquiera diría que es al revés pero tú tienes más conocimiento sobre cómo sobrevivir en la naturaleza. Yo soy mucho más fuerte y atlética, rápida y ágil que tú, pero tengo que admitir que tú tienes más conocimientos.
-¿Tú más fuerte? – dice levantándose él
-sí, creo que si
-Ni loca, eres una… - se interrumpe mordiéndose el puño
-porque soy una chica ¿quieres comprobarlo? – me pongo en posición de combate cabreada. No soporto que los chicos se crean superiores. Cuando tenía ocho años en el colegio todos y cada uno de los niños de mi edad, mayores y más pequeños se burlaban, diciendo que las chicas éramos débiles que no éramos capaces de nada sino de maquillarnos. A las demás niñas no les importaba, pero a mí sí. Un día me hicieron enfadar tanto que le solté un puñetazo a un niño; le rompí la nariz y le puse un ojo a la funerala. El niño resultó ser el sobrino del director y me expulsaron del colegio. Mi madre quiso mandarme a un psicólogo porque decía que tenía problemas de agresividad, mi padre me defendió diciendo que la única agresividad que tenía era la de defenderme, la de no dejarme pisotear por nadie. Al tiempo expulsaron a Elliot por pelearse en el colegio, una pelea por una chica. Gracias a un trato que hizo mi madre nos volvieron a admitir pero siempre hemos estado en el ojo crítico del director y todos los profesores.
Dario se pone en posición de defensa, con los puños levantados sobre la cara. Camina lentamente hacia a mí, sin bajar los puños. Su primer movimiento es intentar cogerme las manos. Yo lo esquivo fácil. Me agacho y con una pierna estirada le desequilibro haciendo una barrida con las piernas. Cae al suelo, apoyo ligeramente mi cuerpo sobre su estómago. Le miro a la cara divertida y empiezo a reírme. Él me mira, sé que intenta mirarme con odio, aunque no puede y acaba riéndose a carcajadas él también. Me acuerdo de que son muchas las veces que me he peleado con Elliot así, los dos intentando tirar al otro al suelo, aunque Elliot ofrecía más resistencia.
-Vale tú ganas, ¿te podrías retirar por favor?
-vaya que caballero, por supuesto – digo levantándome aún sin dejar de reírme. Veo que Dario intenta vengarse y se abalanza para cogerme las piernas y lo intento esquivar. Parece ser más rápido de lo que pensé porque consigue tirarme al suelo. Aunque yo ya le he cogido las manos y le tengo agarrado el cuello entre mis piernas
-no lo vuelvas a intentar, te lo advierto – le suelto y nos ayudamos mutuamente a ponernos en pie
-prométeme que nunca le dirás a nadie que me ha ganado una chica
-me lo pensaré- le digo caminando por delante de él, pasando lentamente y rozando a propósito mi larga trenza en su cara.
 

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