Hola! Por problemillas técnicos que he tenido he decidido dividir el capitulo cuatro. Seguro que los que leyeron la primera parte vieron que la mitad salía en blanco, bueno pues está arreglado, así que aquí os dejo el final del capitulo. Espero que lo disfrutéis y me comentéis y lo difundáis y eso. Beshines ;-)
Andamos entre los árboles, tropezando de vez en
cuando con sus frutos caídos o roídos por las aves. Todo es perfecto, todo
parece perfecto hasta que siento algo caliente y espeso recorrer mi espalda.
Dario me ha puesto una mano en el hombro. Me giro lentamente y veo que tiene un
corte en el brazo por el que está emanando sangre, mucha sangre. Diviso otro
gran corte del que no podrá salvarse en el lado izquierdo en el pecho. Antes de
que pueda hacer nada cae al suelo. Su piel blanca y sus morados labios me
indican que ya no tiene salvación. Siento un gran impulso de salir corriendo
para sobrevivir de lo que sea que le ha atacado pero la tristeza que siento
ahora mismo es tan grande que me arrodillo a su lado para llorar su muerte. La
muerte del chico misterioso, la muerte del chico que me había atrapado en sus
ojos, la muerte del chico por el que quizás sentía algo. Siento una sombra
pasar entre los árboles, me levanto sobresaltada sacando una flecha del carcaj
para vengar la muerte de Dario. Algo me derriba al suelo. Algo realmente
rápido. Ese algo ahora está encima de mí inmovilizándome. Me tiene agarrada las
manos y sus rodillas clavadas en mis muslos. Lleva una capucha y con esta poca
luz no puedo verle la cara. Pero eso no es problema durante mucho tiempo porque
se está retirando la capucha lentamente. Primero veo el color de los ojos que
me resulta muy familiar. Luego veo su cara al completo. Pero no es la de
siempre, tiene como si fuesen tatuajes alrededor de los ojos y sus pupilas
están dilatadas. Ahora que me fijo tiene las uñas negras y muy afiladas. No es
él, parece un monstruo sacado de un libro de ciencia ficción, algún malvado
monstruo ha robado su alma, ha robado el alma de mi hermano, Elliot. Me está
mirando a los ojos y me susurra una palabra que no logro entender. Empiezo a
gritarle un montón de tacos. Prácticamente le escupo las palabras, mis gritos,
mis preguntas “¿Por qué?”. Siento odio. Hace un instante mi único objetivo era
encontrarlo y salvarlo, ahora le odio. Le odio por haber matado a su mejor
amigo, por haberle arrebatado la vida a un inocente, por haberme condenado a
una vida sin él. Por eso me vengaré, aunque tenga que matarle a él. Seguramente
sea lo más difícil que he hecho en la vida, pero cojo una de mis flechas y se la
clavo en el cuello. Él grita de dolor y parece caerse para morir, no sin antes
abrir la boca, sacar sus afilados dientes e intentar desgarrarme el pecho.
Entonces grito, grito con toda la fuerza que tengo y
me despierto. No era real solo un sueño. Un terrible, horripilante sueño. Una
de las peores pesadillas que he tenido. Sigo en la arena a la orilla, tumbada
junto a Dario, apoyada sobre su brazo, con el que me ha rodeado toda la noche.
Dario. Dario sigue vivo. No sé si lo he pensado antes pero me lanzo sobre él y
lo abrazo con toda mi fuerza (la que me queda después de haber gritado). Lo he
despertado, pero creo que sonríe. No lo suelto, porque tengo miedo de que se
desvanezca con el aire. Como cenizas llevadas por el viento.
-Vale, vale yo también me alegro de verte – dice
abrazándome él también
-Es que tuve un sueño y vi como morías y Elliot y
entonces – le digo muy acelerada y empezando a llorar al recordar como moría en
mi sueño. Me tranquiliza un poco acariciándome el pelo y le explico mi sueño,
mejor dicho mi horrible pesadilla. Se lo explico con detalles, lo mejor que
recuerdo. Intentando calmar mi voz.
-¿Cómo que era un demonio?
-Elliot, tenía unos tatuajes como los que salen en
las películas que se dicen que son hechos por el demonio, sus uñas eran negras,
eran como unos cuchillos muy afilados, creo que te mató con los colmillos que
eran como los de los lobos, lo pasé mal pensé que ya no estabas aquí no podía
es que… - vuelvo a llorar y Dario me vuelve a abrazar.
-Tranquila estoy aquí, no te pienso dejar – me dice
mientras me acaricia el pelo. Me susurra al oído que todo estará bien que solo
fue un mal sueño que él no permitirá que me pase nada malo. Y gracias a esas
palabras me vuelo a dormir. Un profundo sueño, con pesadillas pero no tan
intensas.
Cuando vuelvo a despertarme es de día, por la
posición del sol serán las once no más; aunque cualquiera sabe hacia dónde va
el sol en este sitio. Veo que Dario se ha despertado antes y no ha estado
vagueando. Ha recogido fruta, la ha amontonado a pocos metros de donde dormía
él; ha llenado cuatro cocos partidos a la mitad de agua. Él está flotando en el
agua, chapoteando como un niño pequeño, nadando a lo que llaman estilo perrito.
Sale del agua dando tumbos, chorreando.
-Te has despertado, ¿Cómo estás? – pregunta,
escurriéndose el borde inferior de la camiseta
-bien, no he tenido más horribles pesadillas con
hermanos medio demonios y tu horrible muerte. Soñé con casa. –miento. No quiero
que se preocupe más por mí.
-en eso he estado pensando yo todo el rato desde que
llegamos, ¿Por qué no comemos algo? – me pregunta lanzándome un mango. Ayer nos
comimos el pescado. Me alegro de no tener que comer más pescado, no es que me
haga mucha gracia (¡Ugh!)
-está muy rico – le digo dando pequeños mordisquitos
a la jugosa fruta; su zumo me resbala por la comisura del labio hasta meterse
por mi camiseta. – creo que deberíamos ponernos en marcha, en busca de Elliot y
una salida. – me pongo en pie y me limpio la boca con el antebrazo.
-El norte – señala la dirección
-¿qué?
-Que deberíamos ir hacia al norte porque…
-vale al norte, me da igual. Está claro que
cualquiera diría que es al revés pero tú tienes más conocimiento sobre cómo
sobrevivir en la naturaleza. Yo soy mucho más fuerte y atlética, rápida y ágil
que tú, pero tengo que admitir que tú tienes más conocimientos.
-¿Tú más fuerte? – dice levantándose él
-sí, creo que si
-Ni loca, eres una… - se interrumpe mordiéndose el
puño
-porque soy una chica ¿quieres comprobarlo? – me
pongo en posición de combate cabreada. No soporto que los chicos se crean
superiores. Cuando tenía ocho años en el colegio todos y cada uno de los niños
de mi edad, mayores y más pequeños se burlaban, diciendo que las chicas éramos
débiles que no éramos capaces de nada sino de maquillarnos. A las demás niñas
no les importaba, pero a mí sí. Un día me hicieron enfadar tanto que le solté
un puñetazo a un niño; le rompí la nariz y le puse un ojo a la funerala. El
niño resultó ser el sobrino del director y me expulsaron del colegio. Mi madre
quiso mandarme a un psicólogo porque decía que tenía problemas de agresividad,
mi padre me defendió diciendo que la única agresividad que tenía era la de
defenderme, la de no dejarme pisotear por nadie. Al tiempo expulsaron a Elliot
por pelearse en el colegio, una pelea por una chica. Gracias a un trato que
hizo mi madre nos volvieron a admitir pero siempre hemos estado en el ojo
crítico del director y todos los profesores.
Dario se pone en posición de defensa, con los puños
levantados sobre la cara. Camina lentamente hacia a mí, sin bajar los puños. Su
primer movimiento es intentar cogerme las manos. Yo lo esquivo fácil. Me agacho
y con una pierna estirada le desequilibro haciendo una barrida con las piernas.
Cae al suelo, apoyo ligeramente mi cuerpo sobre su estómago. Le miro a la cara
divertida y empiezo a reírme. Él me mira, sé que intenta mirarme con odio,
aunque no puede y acaba riéndose a carcajadas él también. Me acuerdo de que son
muchas las veces que me he peleado con Elliot así, los dos intentando tirar al
otro al suelo, aunque Elliot ofrecía más resistencia.
-Vale tú ganas, ¿te podrías retirar por favor?
-vaya que caballero, por supuesto – digo
levantándome aún sin dejar de reírme. Veo que Dario intenta vengarse y se
abalanza para cogerme las piernas y lo intento esquivar. Parece ser más rápido
de lo que pensé porque consigue tirarme al suelo. Aunque yo ya le he cogido las
manos y le tengo agarrado el cuello entre mis piernas
-no lo vuelvas a intentar, te lo advierto – le
suelto y nos ayudamos mutuamente a ponernos en pie
-prométeme que nunca le dirás a nadie que me ha
ganado una chica
-me lo pensaré- le digo caminando por delante de él,
pasando lentamente y rozando a propósito mi larga trenza en su cara.
jajajjaj wow que bien escribes! sigo leyendo :D
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