Sinceramente, con esto de estar de vacaciones, no sé a que día estamos, con lo cual se me pasó el detalle de que fue lunes y no subí capítulo. Pero don't worry, aquí lo traigo. Este es... bueno, muchas me odiaréis, muchos me amaréis... Depende de cuanto TeamAriel seáis. No digo más, os dejo con el capítulo sin más dilación. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
Dael
Cuando salimos del restaurante me estremecí. El aire era
frío, cortante en la piel. La noche había refrescado bastante. Sin embargo,
Aria se veía igual que siempre en esa camisa de encaje, la cual no le cubría
nada. Recordé que su piel de demonio estaba bastantes grados por debajo de lo
que se consideraba normal para un ser humano. Un ser humano vivo.
-¿Dónde dejamos el coche? – Preguntó Aria acomodándose el
cabello tras las orejas.
-¿Quieres ir a dar un paseo? – Sugerí. Y ahora sí que era
consciente de que estaba tentando a la suerte.
-¿No tienes frío? – Preguntó en lugar de responder. Por
el contrario, comenzó a caminar por el paseo junto al río.
Me rezagué un poco momentáneamente, observando la silueta
de Aria recortada contra la luz de la luna que se cernía sobre el río.
-¿Cuándo es tu cumpleaños? –Le pregunté al llegar a su
altura.
Me miró con los ojos entrecerrados.
-¿Qué? Tú ya sabes cuándo es el mío. –Le dije.
Suspiró. Se rodeó el cuerpo con los brazos, un gesto que
supuse era más costumbre que el hecho de que tuviese frío.
-El 24 de Diciembre. – Respondió.
-¿Cumples en Nochebuena? Recibirás el doble de regalos.
Miró hacia el río, apartando la vista completamente de
mí.
-No creas. Solo un regalo. O ninguno. – Respondió. –
Quiero decir, mi tía siempre me compra algo, pero a veces… A veces tengo que
devolverlo, para conseguir el dinero. Vamos justas a fin de mes con lo que gana
mi tía.
Vaya… Sabía que a Aria no le sobraba el dinero, pero no
sabía que llegaban a esos extremos.
Me sorprendió que me lo confesase. Por el tono de voz que
empleaba, sentía que era la primera vez que se lo decía a alguien. Estaba
seguro de que ni si quiera Axel lo sabía.
-Bueno, - añadió- Axel también me suele hacer un regalo.
Y ese no puedo devolverlo. Sé que si lo hiciese, me mataría. Aunque… no creo
que este año me regale nada. Tendré suerte si me vuelve a hablar.
Las luces a lo largo del río brillaban con una tenue luz,
un dorado pálido se reflejaba en las tranquilas y profundas aguas del río.
-¿Por qué a Axel le molesta tanto que pases tiempo
conmigo? – Me acerqué un poco a ella, nuestros brazos rozándose. Era extraño,
cómo a pesar de que estaba helada, daba la sensación de desprender calor.
-Está celoso. – Respondió. – Axel siempre ha sido muy
celoso. Y cree que está enamorado de mí.
-¿Cree? ¿Estás diciendo que no puede estarlo?
Volvió a posar sus ojos del color de la noche en mí.
-Sé que no lo está. Sé que antes le gustaba, y he de
admitir que puede que él a mí también me gustase un poco, pero eso fue cuando
empezamos el instituto. Cuando hicimos el pacto… sí, era divertido a veces,
pero no sentía nada. Ni mariposas en el estómago, ni pensaba en él a todas
horas, ni nada de lo que cuentan en las novelas románticas. Él tampoco lo
hacía. Simplemente se ha acostumbrado a ello y ahora que se lo he negado, se ha
enfadado.
-Entonces, ¿sigues en busca de ese chico que te haga
sentir cosas de novela romántica? – Pregunté, con miedo que me pegase por la pregunta.
Suspiró.
-No es como si lo estuviese buscando, simplemente espero
a que llegue. O tal vez… haya llegado.
Lo último a penas lo dijo en un susurro, aúna sí lo oí, y
quise hacerme ilusiones respecto a ello, aunque lo más probable es que esas ilusiones
me acabaran rompiendo por dentro.
-De todas maneras, -siguió hablando en un tono más alto-
no tengo planeado enamorarme ahora. No hasta que acabe la guerra, al menos.
-¿Por qué no? ¿Qué tendría que ver la guerra para que
quisieses estar con alguien ahora o después?
Me lanzó una mirada entre ofendida y enfadada, como si
acabara de decir que deseo la exterminación de los gatitos. Aunque pensándolo,
no creo que a Aria le parezcan adorables los gatitos. No creo que adorable
entrase en su vocabulario.
-Todavía no lo entiendes ¿verdad?
-Pero quiero hacerlo. – Respondí de inmediato.
Dejamos de caminar. Nos apartamos de la acera para no
molestar al resto de los transeúntes, pegándonos a la barandilla que daba hacia
el río. Las aguas rugían levemente bajo nuestros pies, con un tenue murmullo.
-No quiero que me suceda lo mismo que a mis padres. – Su
rostro era una máscara indescifrable; había vuelto a levantar su armadura. Como
si no sintiese nada, a pesar de que sabía que los sentimientos la estaban
ahogando. – No quiero enamorarme de quién no debo. Los ángeles son malvados, y
si no cumples con las normas te lo hacen pagar. Los ángeles nos dominan, y si
yo me enamorase de un ángel o de… un humano, podrían hacérmelo pagar muy caro.
No quiero que se repita mi historia, no quiero ser la madre muerta de una niña
con miedo a la que su padre tiene prohibido verla.
-Yo…
No sabía que decir.
Sabía que Aria escondía una historia devastadora y
triste. Sobretodo triste. No sabía cómo era, qué era lo que le había pasado, ni
por qué aún seguía así de hundida. Pero no me esperaba eso: miedo a que su
pasado se convierta en su futuro.
Era huérfana. Yo también lo era. Pero de una manera
diferente.
Ella tenía a su padre vivo, pero no podían verse; eso era
peor que haberlo perdido.
Quería decirle algo. “Lo siento” pero nunca había
entendido esa expresión. ¿Por qué pedimos disculpas por algo que no hemos
hecho? “Te entiendo” pero no era verdad. Podía imaginarme como se sentía, pero
realmente no la entendía. Nadie podía hacerlo, puesto que cada uno somos
diferentes y vemos y nos afectan los problemas de maneras diferentes.
“Me siento culpable” podría haber dicho. Puesto que aun sabiendo que le hacía
daño pensar en ello, quería preguntarle cuál era esa historia de amor
devastadora que quería evitar.
-Mi padre era un demonio. Mi madre un ángel. – Dijo con
voz quebrada, pero manteniendo su armadura intacta. – Mi padre no sabía que
pertenecía al cielo cuando la vio por primera vez. Él estaba en la Tierra, una
de las pocas veces que se queda, y la vio. Le pareció una simple mortal: la más
bella que había visto. Decía que le recordaba a la que fue su primer pecado,
supongo que se refería a la mujer de la que se había enamorado y por la que
cayó del cielo. Cuando se acercó, la olió, y supo entonces que era un ángel.
Pero ya era tarde, se había enamorado. – Respiró hondo, como si estuviese al
borde de las lágrimas, pero su expresión no decía nada. – No sé cómo continuó
su historia de amor. Nunca le he podido preguntar puesto que nunca he hablado
con él, solo sé lo que me ha contado mi tía. Cuando me tuvieron, lo hicieron en
el infierno. Yo no podía quedarme allí, ya te lo he dicho, en el infierno el
tiempo está congelado, siempre sería un bebé recién nacido si hubiese
permanecido allí. En cuanto mis padres pusieron un pie en la Tierra, sabían que
había acabado todo. Los ángeles les esperaban: el mismísimo Gabriel en persona
fue el que ató a mi madre a un poste y la hizo arder, literalmente, ante mi
padre y mi yo de dos días de vida. Luego, como castigo, le prohibieron a mi
padre verme, pero no me mataron. Ese era el castigo de mi padre, supongo: saber
que yo seguía con vida y que él nunca podría hablarme, cuidarme, ni si quiera
verme.
Seguía sin saber qué decir.
Me acababa de contar su historia, la razón por la que era
como era, el por qué vivía afligida y por qué no era capaz de abrirse a los
demás. Me acababa de contar su miedo. Su historia.
-Cuando me dijiste lo que eras, también me dijiste que
pensabas que tu padre podría verte de alguna manera, y que no te conocía porque
él no quería.
Suspiró, otra vez.
Retomó la marcha, caminando tranquilamente, observando
como un pequeño barco surcaba las aguas oscuras del río.
Temí haber dicho algo malo.
-Eh, lo siento si he dicho…
-No pasa nada. – Me cortó. – No pretendo que sientas
lástima por mí. Simplemente… quería contarte mi historia. No sé por qué, quería
que supieras que confiaba en ti.
Decidí tentar la suerte: hice amago de entrelazar mis
dedos con los suyos, con miedo de que me apartara la mano de un manotazo. Al ver
que no hacía nada por retirarla, la entrelacé. No me la soltó.
-Yo no sé cómo se conocieron mis padres – Comencé a
decirlo; si ella me había contado su historia, me sentía en deuda, debía
contarle la mía. – No me acuerdo muy bien de ellos. Murieron cuando yo tenía
cuatro años. Apenas recuerdo vivir con ellos en un pequeño pueblo en el norte.
Recuerdo que mi madre preparaba tortitas todos los domingos, y a mi padre
arrullándome en un destartalado columpio casero en la parte de atrás. – Esta
vez suspiré yo. – Cuando murieron pasé un año en un orfanato. Estaba seguro de
que no me adoptarían: desde que estaba allí solo habían adoptado a los menores
de dos años, nadie mayor que eso. Por eso cuando los Bellanger me adoptaron
lloré de alegría. Parecían buenos y amables. Cuando… cuando me dijiste que eran
ángeles y cómo de malvados eran, yo… me pregunté si ellos no sospechaban en
cuanto me vieron que yo podría ser el humano de la guerra.
-Dael… - Murmuró Aria, como si se arrepintiese del momento
en el que me reveló lo que eran mis padres.
-De todas maneras –continué- sé que ellos nunca me quisieron. Yo les
quiero, puesto que me dieron una segunda oportunidad, y a pesar de que sé que
son mala gente, no puedo odiar a alguien que posiblemente me salvó la vida de
pudrirme en un orfanato.
Por un momento callé. Seguía sin gustarme pensar en mis
padres como ángeles. No quería que nada confirmase lo que yo sospeché desde
niño: que eran malvados. No malos, sino malvados.
-A veces me gustaría arrancarme los sentimientos. –
Confesé. – Si no sintiese nada, no me sentiría como si les debiese algo.
-Los sentimientos nos hacen débiles. – Declaró Aria.
Me paré en seco, haciéndola frenar, pues en ningún
momento le solté la mano.
-Los sentimientos nos hacen humanos. – Tercié, en total
desacuerdo con sus palabras.
-Yo no soy humana.
-Puede que seas un demonio, pero ¿no son los sentimientos
lo que os diferencia de los ángeles? Que vosotros sentís, amáis. Y por eso
estáis tan desesperados por ganar la guerra, para poder amar en libertad,
sentir lo que queráis por quien queráis sin miedo alguno.
Por un momento se hizo el silencio.
A Aria no le gustaba que le llevasen la contraria, pero
yo debía dar mi opinión. Debía intentar hacerla cambiar de opinión, hacerla ver
que nada era tan malo como ella solía decir.
-He de admitir que me equivoqué. – Dijo de repente
cortando el frío silencio.
-¿Con qué? – No creía que se refiriese a los
sentimientos. Aria era demasiado tozuda como para cambiar de opinión en un solo
intento.
-Contigo. – Esto no me lo esperaba.
-¿En serio? ¿En qué sentido? – No pude evitar fruncir el
ceño.
-Me negaba a pensar que eras bueno, a pesar de que tu
olor me decía lo contrario.
Me hizo sonreír.
-¿Y ahora ya te has dado cuenta de que soy el amor de tu
vida?
Dejó de caminar, para mirarme con esos profundos ojos
negros que me habían enamorado. Había un brillo nuevo; puede que tan solo fuese
el reflejo de las estrellas en ellos. No estaba seguro.
Antes de que me diese cuenta, Aria estaba de puntillas, con
las manos colocadas sobre mis hombros, un suave y delicado contacto.
No sé en qué momento ocurrió, ni si yo era totalmente
consciente de que en cualquier momento Aria podría pegarme un puñetazo por
ello, pero mi rostro cada vez estaba más cerca del suyo. Fue Aria quien juntó
nuestros labios.
En ese momento, creí que me desmayaría de felicidad.
AAAAWWWWWW #TEAMARIEL *-*
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