Capitulo 40: Dael

23/12/14

Sinceramente, con esto de estar de vacaciones, no sé a que día estamos, con lo cual se me pasó el detalle de que fue lunes y no subí capítulo. Pero don't worry, aquí lo traigo. Este es... bueno, muchas me odiaréis, muchos me amaréis... Depende de cuanto TeamAriel seáis. No digo más, os dejo con el capítulo sin más dilación. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. 



Dael

Cuando salimos del restaurante me estremecí. El aire era frío, cortante en la piel. La noche había refrescado bastante. Sin embargo, Aria se veía igual que siempre en esa camisa de encaje, la cual no le cubría nada. Recordé que su piel de demonio estaba bastantes grados por debajo de lo que se consideraba normal para un ser humano. Un ser humano vivo.

-¿Dónde dejamos el coche? – Preguntó Aria acomodándose el cabello tras las orejas.

-¿Quieres ir a dar un paseo? – Sugerí. Y ahora sí que era consciente de que estaba tentando a la suerte.

-¿No tienes frío? – Preguntó en lugar de responder. Por el contrario, comenzó a caminar por el paseo junto al río.

Me rezagué un poco momentáneamente, observando la silueta de Aria recortada contra la luz de la luna que se cernía sobre el río.  

-¿Cuándo es tu cumpleaños? –Le pregunté al llegar a su altura.

Me miró con los ojos entrecerrados.

-¿Qué? Tú ya sabes cuándo es el mío. –Le dije.

Suspiró. Se rodeó el cuerpo con los brazos, un gesto que supuse era más costumbre que el hecho de que tuviese frío.

-El 24 de Diciembre. – Respondió.

-¿Cumples en Nochebuena? Recibirás el doble de regalos.

Miró hacia el río, apartando la vista completamente de mí.

-No creas. Solo un regalo. O ninguno. – Respondió. – Quiero decir, mi tía siempre me compra algo, pero a veces… A veces tengo que devolverlo, para conseguir el dinero. Vamos justas a fin de mes con lo que gana mi tía.

Vaya… Sabía que a Aria no le sobraba el dinero, pero no sabía que llegaban a esos extremos.

Me sorprendió que me lo confesase. Por el tono de voz que empleaba, sentía que era la primera vez que se lo decía a alguien. Estaba seguro de que ni si quiera Axel lo sabía.

-Bueno, - añadió- Axel también me suele hacer un regalo. Y ese no puedo devolverlo. Sé que si lo hiciese, me mataría. Aunque… no creo que este año me regale nada. Tendré suerte si me vuelve a hablar.

Las luces a lo largo del río brillaban con una tenue luz, un dorado pálido se reflejaba en las tranquilas y profundas aguas del río.

-¿Por qué a Axel le molesta tanto que pases tiempo conmigo? – Me acerqué un poco a ella, nuestros brazos rozándose. Era extraño, cómo a pesar de que estaba helada, daba la sensación de desprender calor.

-Está celoso. – Respondió. – Axel siempre ha sido muy celoso. Y cree que está enamorado de mí.

-¿Cree? ¿Estás diciendo que no puede estarlo?

Volvió a posar sus ojos del color de la noche en mí.

-Sé que no lo está. Sé que antes le gustaba, y he de admitir que puede que él a mí también me gustase un poco, pero eso fue cuando empezamos el instituto. Cuando hicimos el pacto… sí, era divertido a veces, pero no sentía nada. Ni mariposas en el estómago, ni pensaba en él a todas horas, ni nada de lo que cuentan en las novelas románticas. Él tampoco lo hacía. Simplemente se ha acostumbrado a ello y ahora que se lo he negado, se ha enfadado.

-Entonces, ¿sigues en busca de ese chico que te haga sentir cosas de novela romántica? – Pregunté, con miedo que me pegase por la pregunta.

Suspiró.

-No es como si lo estuviese buscando, simplemente espero a que llegue. O tal vez… haya llegado.

Lo último a penas lo dijo en un susurro, aúna sí lo oí, y quise hacerme ilusiones respecto a ello, aunque lo más probable es que esas ilusiones me acabaran rompiendo por dentro.

-De todas maneras, -siguió hablando en un tono más alto- no tengo planeado enamorarme ahora. No hasta que acabe la guerra, al menos.

-¿Por qué no? ¿Qué tendría que ver la guerra para que quisieses estar con alguien ahora o después?

Me lanzó una mirada entre ofendida y enfadada, como si acabara de decir que deseo la exterminación de los gatitos. Aunque pensándolo, no creo que a Aria le parezcan adorables los gatitos. No creo que adorable entrase en su vocabulario.

-Todavía no lo entiendes ¿verdad?

-Pero quiero hacerlo. – Respondí de inmediato.

Dejamos de caminar. Nos apartamos de la acera para no molestar al resto de los transeúntes, pegándonos a la barandilla que daba hacia el río. Las aguas rugían levemente bajo nuestros pies, con un tenue murmullo.

-No quiero que me suceda lo mismo que a mis padres. – Su rostro era una máscara indescifrable; había vuelto a levantar su armadura. Como si no sintiese nada, a pesar de que sabía que los sentimientos la estaban ahogando. – No quiero enamorarme de quién no debo. Los ángeles son malvados, y si no cumples con las normas te lo hacen pagar. Los ángeles nos dominan, y si yo me enamorase de un ángel o de… un humano, podrían hacérmelo pagar muy caro. No quiero que se repita mi historia, no quiero ser la madre muerta de una niña con miedo a la que su padre tiene prohibido verla.

-Yo…

No sabía que decir.

Sabía que Aria escondía una historia devastadora y triste. Sobretodo triste. No sabía cómo era, qué era lo que le había pasado, ni por qué aún seguía así de hundida. Pero no me esperaba eso: miedo a que su pasado se convierta en su futuro.

Era huérfana. Yo también lo era. Pero de una manera diferente.

Ella tenía a su padre vivo, pero no podían verse; eso era peor que haberlo perdido.
Quería decirle algo. “Lo siento” pero nunca había entendido esa expresión. ¿Por qué pedimos disculpas por algo que no hemos hecho? “Te entiendo” pero no era verdad. Podía imaginarme como se sentía, pero realmente no la entendía. Nadie podía hacerlo, puesto que cada uno somos diferentes y vemos y nos afectan los problemas de maneras diferentes.

“Me siento culpable” podría haber dicho. Puesto que aun sabiendo que le hacía daño pensar en ello, quería preguntarle cuál era esa historia de amor devastadora que quería evitar.

-Mi padre era un demonio. Mi madre un ángel. – Dijo con voz quebrada, pero manteniendo su armadura intacta. – Mi padre no sabía que pertenecía al cielo cuando la vio por primera vez. Él estaba en la Tierra, una de las pocas veces que se queda, y la vio. Le pareció una simple mortal: la más bella que había visto. Decía que le recordaba a la que fue su primer pecado, supongo que se refería a la mujer de la que se había enamorado y por la que cayó del cielo. Cuando se acercó, la olió, y supo entonces que era un ángel. Pero ya era tarde, se había enamorado. – Respiró hondo, como si estuviese al borde de las lágrimas, pero su expresión no decía nada. – No sé cómo continuó su historia de amor. Nunca le he podido preguntar puesto que nunca he hablado con él, solo sé lo que me ha contado mi tía. Cuando me tuvieron, lo hicieron en el infierno. Yo no podía quedarme allí, ya te lo he dicho, en el infierno el tiempo está congelado, siempre sería un bebé recién nacido si hubiese permanecido allí. En cuanto mis padres pusieron un pie en la Tierra, sabían que había acabado todo. Los ángeles les esperaban: el mismísimo Gabriel en persona fue el que ató a mi madre a un poste y la hizo arder, literalmente, ante mi padre y mi yo de dos días de vida. Luego, como castigo, le prohibieron a mi padre verme, pero no me mataron. Ese era el castigo de mi padre, supongo: saber que yo seguía con vida y que él nunca podría hablarme, cuidarme, ni si quiera verme.

Seguía sin saber qué decir.

Me acababa de contar su historia, la razón por la que era como era, el por qué vivía afligida y por qué no era capaz de abrirse a los demás. Me acababa de contar su miedo. Su historia.

-Cuando me dijiste lo que eras, también me dijiste que pensabas que tu padre podría verte de alguna manera, y que no te conocía porque él no quería.

Suspiró, otra vez.

Retomó la marcha, caminando tranquilamente, observando como un pequeño barco surcaba las aguas oscuras del río.

Temí haber dicho algo malo.

-Eh, lo siento si he dicho…

-No pasa nada. – Me cortó. – No pretendo que sientas lástima por mí. Simplemente… quería contarte mi historia. No sé por qué, quería que supieras que confiaba en ti.

Decidí tentar la suerte: hice amago de entrelazar mis dedos con los suyos, con miedo de que me apartara la mano de un manotazo. Al ver que no hacía nada por retirarla, la entrelacé. No me la soltó.

-Yo no sé cómo se conocieron mis padres – Comencé a decirlo; si ella me había contado su historia, me sentía en deuda, debía contarle la mía. – No me acuerdo muy bien de ellos. Murieron cuando yo tenía cuatro años. Apenas recuerdo vivir con ellos en un pequeño pueblo en el norte. Recuerdo que mi madre preparaba tortitas todos los domingos, y a mi padre arrullándome en un destartalado columpio casero en la parte de atrás. – Esta vez suspiré yo. – Cuando murieron pasé un año en un orfanato. Estaba seguro de que no me adoptarían: desde que estaba allí solo habían adoptado a los menores de dos años, nadie mayor que eso. Por eso cuando los Bellanger me adoptaron lloré de alegría. Parecían buenos y amables. Cuando… cuando me dijiste que eran ángeles y cómo de malvados eran, yo… me pregunté si ellos no sospechaban en cuanto me vieron que yo podría ser el humano de la guerra.

-Dael… - Murmuró Aria, como si se arrepintiese del momento en el que me reveló lo que eran mis padres.

-De todas maneras –continué-  sé que ellos nunca me quisieron. Yo les quiero, puesto que me dieron una segunda oportunidad, y a pesar de que sé que son mala gente, no puedo odiar a alguien que posiblemente me salvó la vida de pudrirme en un orfanato.

Por un momento callé. Seguía sin gustarme pensar en mis padres como ángeles. No quería que nada confirmase lo que yo sospeché desde niño: que eran malvados. No malos, sino malvados.

-A veces me gustaría arrancarme los sentimientos. – Confesé. – Si no sintiese nada, no me sentiría como si les debiese algo.

-Los sentimientos nos hacen débiles. – Declaró Aria.

Me paré en seco, haciéndola frenar, pues en ningún momento le solté la mano.

-Los sentimientos nos hacen humanos. – Tercié, en total desacuerdo con sus palabras.
-Yo no soy humana.

-Puede que seas un demonio, pero ¿no son los sentimientos lo que os diferencia de los ángeles? Que vosotros sentís, amáis. Y por eso estáis tan desesperados por ganar la guerra, para poder amar en libertad, sentir lo que queráis por quien queráis sin miedo alguno.

Por un momento se hizo el silencio.

A Aria no le gustaba que le llevasen la contraria, pero yo debía dar mi opinión. Debía intentar hacerla cambiar de opinión, hacerla ver que nada era tan malo como ella solía decir.

-He de admitir que me equivoqué. – Dijo de repente cortando el frío silencio.

-¿Con qué? – No creía que se refiriese a los sentimientos. Aria era demasiado tozuda como para cambiar de opinión en un solo intento.

-Contigo. – Esto no me lo esperaba.

-¿En serio? ¿En qué sentido? – No pude evitar fruncir el ceño.

-Me negaba a pensar que eras bueno, a pesar de que tu olor me decía lo contrario.
Me hizo sonreír.

-¿Y ahora ya te has dado cuenta de que soy el amor de tu vida?

Dejó de caminar, para mirarme con esos profundos ojos negros que me habían enamorado. Había un brillo nuevo; puede que tan solo fuese el reflejo de las estrellas en ellos. No estaba seguro.

Antes de que me diese cuenta, Aria estaba de puntillas, con las manos colocadas sobre mis hombros, un suave y delicado contacto.

No sé en qué momento ocurrió, ni si yo era totalmente consciente de que en cualquier momento Aria podría pegarme un puñetazo por ello, pero mi rostro cada vez estaba más cerca del suyo. Fue Aria quien juntó nuestros labios.

En ese momento, creí que me desmayaría de felicidad.  

1 comentario: