Capitulo 39: Dael

15/12/14

¡Dios mío! ¡Estoy subiendo capítulo a tiempo! Ya era hora ¿no créeis? Bueno, en el anterior capítulo Aria os dejó una gran confesión, además de la primera cita entre nuestros tortolitos. ¿Cómo será esa cita? ¿Qué sucederá? ¿Ariel se hará realidad? ¿Por qué no me dejáis vuestras teorías en los comentarios? Tened en cuenta que me gusta ser realmente malvada. Es más, simplemente ¡DEJAD COMENTARIOS! Se agradecen enormemente, chicos. Bueno, comunicaros que este viernes o sábado se subirá un capítulo de Diario de una Artista, con el capítulo que cierra el viaje que hice a Italia (hice el viaje en septiembre y lo vengo a acabar en diciembre, no me juzguéis) Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡¡COMENTAD!! y espero que os guste.



Dael

En cuanto escuché el ascensor moverse me levanté de la cama y me paré en la pared de en frente, percatándome por primera vez en mi vida de que el ascensor subía realmente lento.

Las puertas se abrieron, y revelaron una esbelta figura envuelta en… un vestido negro.

-Eh. –La saludé, recorriendo su cuerpo con la mirada. Pensé que sería una ilusión, pero no, esa era mi Aria. Aria Gómez, la chica que nunca se ponía falda.

-Príncipe azul. –Saludó, como de costumbre, con una reverencia de cabeza.

No podía entender como envuelta en el color de la muerte podía parecer una heroína de la vida. Toda ella eran luces y sombras. El contraste de su pálida piel y su oscuro cabello ondulado. Los labios rojos naturales con los ojos de un negro sin brillo.

-Te dije que algún día lo vería. – Dije mientras hacía un gesto con la mano, invitándola a entrar en la sala.

-¿El qué? – Enarcó una ceja.

Dejó su desgastada mochila gris sobre la cama con total confianza. Lo que me hizo sentir bien.

Alcé las cejas y sonreí de medio lado.

-¿Qué? – Repitió molesta.

-Llevas un vestido. – Le indiqué.

Ella abrió la boca para volver a cerrarla. Se mordió el labio inferior y se miró la prenda en cuestión. Parecía incómoda, pero a la misma vez segura de sí misma.

-En realidad es una falda. – Aclaró.

Me fijé de verdad en la ropa que llevaba: una camisa mangas tres cuarta de encaje negro (llevaba una camiseta de asillas debajo. Lo que hubiera dado porque no fuese así), falda corta negra, medias negras que dejaban imaginar unas esbeltas piernas y sus ya conocidas botas militares. ¿Gótica? No. Hermosa era la palabra.

-Ya te dije en su momento que seguro que estabas increíble. Las vistas no hacen más que confirmar mis palabras.

-Y yo te dije que no tentaras a la suerte. – Me recordó dirigiéndose al sofá.-  No sigas tentándola…

La seguí hasta sentarme a su lado. Ella se acomodó, apoyando un talón en el borde del sillón para luego apoyar los codos en la rodilla elevada. La falda se le resbalaba por la pierna, arremangándose en la parte superior del muslo. Menos mal que llevaba medias, o yo no respondería de lo que sucediese.

-¿Qué vamos a hacer? – Preguntó echándome una mirada curiosa.

Yo aún llevaba puesto un chándal viejo, con una gran mancha de salsa de tomate que nunca salió en la sudadera.

-Primero voy a cambiarme y luego te voy a llevar a…. ¿Te has pintado? – A pesar de que la había observado de arriba abajo unas diez veces desde que había entrado por la puerta, no me había percatado en sus ojos. Se veían diferentes, no más feos, eso era imposible. Solo diferentes, no tan naturales como de costumbre.

-Yo… - Apartó la vista.

-Lo hiciste ¿verdad?

Volvió la cara hacia mí otra vez, con una mueca molesta, el ceño fruncido y los labios en una línea recta.

-No sé qué puedes opinar tú de esto. – Empezó a decir. – Los chicos siempre decís que preferís a las que van al natural, sin maquillar. Pero luego bien que os parece más guapa la que va pintada como una puerta.

-Eres hermosa. – Dije por toda respuesta.

Ella se quedó sin respuesta, como era costumbre cada vez que le decía algo que, no tenía por qué ser bonito o cursi, simplemente era verdad. Sus facciones se relajaron, deshaciendo esa mueca gruñona de su pálido rostro.

-Eres hermosa por fuera y por dentro. Te pongas lo que te pongas, o no te pongas nada, me seguirás pareciendo bella. Pero mejor si no te pones nada. Hace que tu belleza sea más surrealista ¿cómo puedes ser así sin hacer trampa? – Añadí. - Es lo primero que pensé cuando te vi.

-¿Cómo consigues decir cosas así? – Me preguntó, algo cohibida.

Aria, cohibida. Aria, con falda. Aria, siendo amiga mía.

El mundo estaba llegando a su fin.

-Solo digo lo que pienso. – Me encogí de hombros. No sabía por qué le daba tanta importancia.

-Yo soy incapaz de hacerlo. – Confesó. Se volvió a morder el labio inferior. Aquel gesto me mataba.

Recordé la fragilidad en el interior de Aria. Como a pesar de que se hacía la dura todo el rato, diciendo que ella era inquebrantable, tenía sus puntos débiles. Puntos que no le afectaban solamente un poco, sino que la derrumbaban. Parecía que ser borde con el mundo solo era una de sus fachadas y que no ser capaz de expresar lo que verdaderamente pensaba, le dolía.

-Voy a vestirme para irnos. – Me levanté de un salto.

-¿Tú también te vas a poner guapo? – Enarcó una ceja.

-¿Yo soy guapo?

-Si me lo preguntas es que no lo eres. – Respondió.

-Entonces no lo pregunto: lo afirmo.

Me metí en el cuarto de música después de haber cogido la ropa. El sitio que tenía pensado no era excesivamente elegante, pero no podías entrar en chanclas.

Me puse la camiseta básica blanca, vaqueros oscuros y americana azul marina. Me puse delante del espejo, en un intento de peinarme. Acabé revolviéndome el pelo con las manos y colocándolo con un movimiento de cabeza. Tenía que cortarme el flequillo, pero no me gustaba ir al peluquero, a mí me gustaba llevar el pelo largo y él siempre me lo cortaba más de lo que quería; acababa pareciendo un niño bueno que va a la iglesia al que su madre le ha cortado el pelo.

-¿Lista? – Pregunté al salir del cuarto.

Aria estaba de pie frente a la estantería totalmente nueva, remplazando a la que casi me aplasta y con la que descubrí lo que verdaderamente es Aria.

Asintió una vez antes de recoger su mochila y seguirme hasta el ascensor.

-Estás… - Empezó a decir con una sonrisa de medio lado mientras entrábamos en el ascensor.

-¿Muy bueno?

-Lo cierto es que sí. Muy bueno. – Me dio una mirada de arriba abajo, justo como las “indiscretas” que le había dirigido yo. Sentí como se me subían los colores a las mejillas. Aria se rió en voz alta al notar mi sonrojo.

Salimos al garaje. Desde que Thomas me había dado las llaves del porche aquel primer día de clase, no había devuelto las llaves. Mi padre no lo usó mientras estuvo aquí, y de aquí que volviese a Francia pasaría un tiempo, así que no creo que lo echase en falta. Y aunque volviese, tenía cinco coches más para usar, podía quedarme el porche para mí.

-¿A dónde me vas a llevar? – Preguntó Aria cuando entramos ambos al coche.

-Ya lo verás. – Metí la llave en el contacto y arranqué.

-¿Sabes que esto podría considerarse rapto?

Metí primera, aceleré y salí del garaje a la gran avenida. Cogí carretera rumbo norte.

-Si te preocupa que te asesine, tranquila, seguramente me partirías el cuello antes de intentarlo. – Dije mirando hacia la carretera. – Si te preocupa que te viole… bueno, no puede llamarse violar si las dos partes están de acuerdo.

Aria se atragantó con su propia saliva mientras intentaba reprimir sus ganas de reír. Acabó consiguiéndolo.

-¿Recuerdas lo que te dije de la suerte? – Preguntó.

-¿Qué no la tentase?

-Pues lo estás haciendo. – Apretó los labios para no sonreír.

-Dijiste que estaba bueno. – Le recordé con malicia.

-¿Quieres que retire mis palabras? –Amenazó.

-Quiero que me beses, pero el mundo nos es una fábrica de conceder deseos.

-Esa frase es de Bajo la misma estrella.

-¿De qué?

-Muggle.

Se hizo un silencio pesado en el coche, solo el ruido del motor cortándolo.

Giré la cabeza para mirarla, a la vez que ella hacía lo propio para verme. Cuando nuestros ojos se encontraron no pudimos reprimirnos las ganas de reír y estallamos en carcajadas.

-¿Tienes algo de música decente en el coche? – Preguntó Aria cuando hubo recuperado el aliento, aunque quedaba el resto de una sonrisa en sus labios.

-¿Quieres conectar tu móvil? – Le pasé el cable para que lo conectase al casete.

-Déjame el tuyo. Vamos a ver si tienes algo de música decente en él.

Extendió una mano para que le diese el móvil. Quité una mano del volante y saqué mi móvil del bolsillo delantero del pantalón. Se lo tendí.

-Está la misma música que escuchas tú. Algo decente debe haber. – Coloqué de nuevo ambas manos al volante.

-Dime la contraseña. – Me pidió.

-Es mi cumpleaños.

-¡Y yo que sé cuando es tu cumpleaños!- Exclamó.

-Es el 18 de agosto. – Le dije.

Desbloqueó el móvil, parándose a contar qué número corespondía al mes de agosto.

-A ver… - Empezó a mirar las canciones que había. Con algunas negaba con la cabeza. Otras musitaba un “hum”. Otras ponía caras rara. Hasta que se le iluminaron los ojos con malicia al encontrar una.

-No me puedo creer que tengas ésta. – Conectó el móvil y le dio al play. Tan solo pasaron unos segundos antes de que se escuchara la guitarra.

Reconocí la canción al instante.

-¿No pensabas que tuviese a My Chemical Romance en el móvil?

-No esperaba que tuvieses esta canción. – Era Dead. Siempre me había preguntado como una canción tan macabra podía hacer que te entraran ganas de bailar.

Aria movía su cuerpo al ritmo de la música. Moviendo sus hombros, haciendo que sus tirabuzones saltaran. Yo la miraba de reojo, sin reprimir una sonrisa.

-Have your Heard the news that you’re dead? No one ever had much nice to say. I think they never liked you anyway…

Comenzó a cantar el estribillo, y por puro impulse, yo con ella. Era una canción tan absolutamente macabra, que habla de la muerte, y de cómo nos llega nuestro propio merecido, y allí estábamos los dos, cantándola y bailándola. La guitarra y la voz de Gerard Way  te levantaban el ánimo.

Entre canción y canción, risas y dos paradas en semáforos, llegamos al restaurante. Aparqué en la misma puerta y me bajé para abrirle la puerta a Aria.

-Todo un caballero. – susurró divertida.

-Un príncipe a su servicio. – Le tendí la mano, la cual, sorprendentemente, ella aceptó. – Espero que te guste lo dulce.

-¿Por qué?

-La carta de este restaurante es solo de postres. Enormes porciones de la tarta más extraña y deliciosa que hayas podido probar en tu vida. – Le expliqué mientras entrábamos.

Me separé de ella un momento para hablar con el metre. Normalmente hay que llamar con días de antelación para hacer una reserva en “El gato goloso”, uno de los restaurantes de postres más conocidos en Francia. Pero gracias a mi apellido solo me hizo falta una llamada antes de salir de casa y listo, ya teníamos una mesa para nosotros dos en el balcón con vistas al río.

-La tarta más exquisita que he probado es la de diez euros del Carrefour– dijo Aria cuando volví a su lado, mientras caminábamos hasta nuestra mesa, guiados por el camarero. – No creo que sea difícil sorprenderme.

Quise abrirle la silla para que se sentase pero cuando me quise dar cuenta ya lo estaba; a veces se me olvidaba lo rápida que podía llegar a ser. Tomé asiento en frente suyo.

Aria miraba al río: un manto en calma que reflejaba el brillo de la luna, desdibujándose a medida que se alejaba, fundiéndose con la oscuridad. Había un paseo a lo largo de esto, iluminado por tenues luces doradas. Los transeúntes que caminaban tranquilos en su longitud no eran más que meras sombras difuminadas.

-Es precioso. – Murmuró.

-¿Es que no habías visto el río antes?

-Sí. – Desvió la mirada hacia la mesa de nuevo. – Pero no me había dado cuenta del encanto que tiene hasta ahora. Siempre lo había considerado… oscuro. Como yo.

-¿Te consideras oscura? – A pesar de la forma en la que vestía y como hablaba sobre algunos temas, nunca había llegado a considerar a Aria como una persona oscura o tenebrosa.

-Un poco. – Sonrió algo incómoda. – Supongo que es lo que me han dicho los demás toda mi vida, y he acabado creyéndolo. Pero mirando el río… me acabo de dar cuenta de que la oscuridad resplandece incluso más que la luz. ¿Tiene sentido lo que digo?

-Sí, lo tiene.

Se refería a que la luz y la oscuridad son dos cosas opuestas, y si las ponías las dos juntas, una se diferenciaba de la otra, y si se diferenciaba era que destacaba. Ella se estaba comparando con ello. Que si la poníamos frente a cientos de chicas, ella destacaría como la oscuridad frente a la luz.

El mismo camarero que nos había acompañado regresó para entregarnos la carta y llenarnos las copas de agua.

Cuando se marchó, le pregunté a Aria:

-¿Qué vas a querer?

-Me da miedo mirar los precios. – Dijo abriendo la carta solamente un poco, alejada de su cuerpo, como si fuese a explotar de un momento a otro

-Te he dicho, que no te preocupes por el dinero. Mi padre gana al mes lo mismo que la mitad de familias de Francia juntas. Y no dona nada a nadie, todo para él. Así que me siento una especie de héroe anónimo gastando el dinero en comerciales, dándoselo a gente que trabaja.

-El Robin Hood de la actualidad. – Juntó los labios para reprimir una sonrisa.

-¿Qué vas a pedir? – Le repetí.

Abrió la carta y la observó durante unos segundos con el ceño fruncido.

-Hagamos una cosa. – Sugirió.

-¿Implica mi humillación pública?

-Esta vez no. – Respondió, dando a entender que en una próxima ya se vería. – Tú tomas mi tarta preferida y yo la tuya.

-¿Y cómo sé que la tuya me va a gustar?

-Si no es así, siempre podemos cambiarnos los platos.

-De acuerdo. – Acepté.

Llamé al camarero agitando la mano. Se acercó corriendo, casi desatendiendo al anterior cliente. Me daba rabia que hicieran eso, ni que fuésemos los reyes. Aunque mi padre… no era de la realeza pero les tenía a todos dominados.

-¿Qué van a tomar los señores esta noche? – Preguntó cortésmente el camarero sacando su libreta para apuntar el pedido.

-Ella, tarta de queso – Pedí por Aria.

-Y él de selva negra. – Dijo por mí.

El camarero nos miró un tanto raro por la inusual manera de pedir, pero mientras se iba nos dirigió una sonrisa, de esas que se les dan a los enamorados como diciendo “que tortolitos”. No lo dije en voz alta por miedo a que Aria me pegase.

-¿Selva negra? – Pregunté.

-Es chocolate, nata y cerezas. Te encantará. – Aseguró.

No tardaron demasiado en traernos lo nuestro.

Aria me observaba impaciente mientras me metía la primera cucharada de pastel en la boca.

-Está muy bueno. – Dije, tomando otro pedazo.

-Como yo. – Empezó a comer su tarta.




2 comentarios:

  1. Jajajajaja me encantaaaaaaaaaa.
    Lo de "muggle" y "como yo" me han matado.
    Besos Artista, Andrea

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  2. Madre mia me encanta todo es precioso *-* y la manera en la que escribes lo hace aún más bonito. ARIEEEEL♡

    ☆

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