¡Buenas jóvenes! Artista, ayer no hubo capítulo ¿Vas a seguir usando la excusa de los exámenes? En realidad no, ayer no hubo capítulo porque se me olvidó programarlo, me acordé a las ocho de la noche y a esa hora me encontraba bastante vaga para encender el ordenador. Pero no nos preocupemos más, ya está aquí el capítulo, el cual por cierto, es un poco más corto de lo normal, pero creo que monólogo interior que presenta Aria aquí os va a ser revelador cuanto menos. Deciros además, que he acabado todos los exámenes ¡Vuelvo a ser un elfo libre! ¡Dobby es un elfo libreee! Y que a partir de ahora espero que el blog vuelva a estar tan activo como me gusta. Estas vacaciones espero programar muchísimas entradas para que el ritmo no decaiga tanto como ha sucedido estos primeros meses de clases. Bueno, lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
Aria
Llegué a mi casa, y como de costumbre, estaba vacía.
Normalmente echaba en falta que mi tía estuviese allí, pero el extraño buen
humor con el que había salido de clase no me lo iba a quitar nadie.
Incluso después de haber cumplido una hora y media de
castigo, seguía con una sonrisa en la cara. ¿Qué clase de brujería era ésta? Yo
no sonreía a las personas por la calle, yo les lanzaba una mirada asqueada y
pasaba por su lado como si fuese mejor que todos ellos. ¿Alguien me iba a
explicar este cambio tan repentino y por qué no me parecía algo espantoso?
Me hice lomo y papas fritas para comer; mis escasos
conocimientos culinarios no daban para mucho más. Antes de sentarme a almorzar
puse el Ipod en alto; la desgarradora voz de Andy Biersack llenando mis oídos.
Miré la hora: Las cuatro y media. No había quedado a
ninguna hora concreta, y tampoco tenía necesariamente prisa. Terminé de
tragarme la comida, recogí un poco la cocina, lo que consistía en fregar los
platos y ya está.
Me metí en la ducha.
“Ponte guapa” había dicho. Yo ya era consciente de que
era guapa, y de que yo le parecía hermosa ¿no me lo había dicho más de una vez?
Abrí la llave y dejé que el agua me empapase. Solo tenía
una llave, la del agua fría, ni si quiera poseíamos termo ¿Para qué? Si intentase
ducharme con agua que estuviese a más de quince grados podría arder en llamas.
O eso decían las leyendas, la verdad es que no tenía ganas de comprobarlo. Dael
aún flipaba cuando le contaba sobre cosas que para mí eran normales y que para
los seres humanos como él eran una tortura, como comer frío.
Dael… ¿Por qué su nombre estaba dando vueltas en mi
cabeza todo el rato? ¿Por qué yo misma me torturaba de esa manera?
Siempre me había reído de aquellas chicas las cuales le
daban más importancia a si el chico que les gustaba se fijaban en ellas que a
otras cosas. Siempre me había parecido una gran pérdida de tiempo, el amor.
¿Cómo puede ser fantástico si te distrae todo el tiempo? ¿Cuántas veces estaría
yo muerta si cuando he peleado me hubiese distraído por mis sentimientos? Pero
¿no era eso lo que me había pasado en la estación de tren en Francia? Me habían
machacado, y vale que eran ángeles el doble de grandes que yo, pero siempre me
había considerado una luchadora bastante buena, y si sabía que la batalla
estaba perdida, no era tan estúpida como meterme en ella: salía corriendo.
Pero no había huido, me había quedado, había peleado, incluso sabiendo las
probabilidades de perder. Yo misma me decía que era porque existía la
posibilidad de que Dael fuese el humano del que hablaba esa profecía tan
extraña por la cual estaban todos trastocados. No paraba de repetírmelo, porque
la otra opción no me gustaba. No quería que fuese por otro motivo: porque
estaba… enamorada de él.
Solo de pensar en aquellas palabras se me retorcía algo
en mi interior.
¿O tal vez esa era la sensación que daba nombre a
“mariposas en el estómago”?
Salí de la ducha, me envolví una toalla alrededor del
cuerpo y con la otra me empecé a secar el pelo de las puntas a la raíz, sin
revolverlo mucho. Una de las cosas que Axel siempre me decía era que qué hacía
para estar así de guapa y que pareciese natural. Yo siempre le respondía:
creérmelo.
No hacía nada, apenas me peinaba antes de salir de casa,
no usaba cremas extrañas, no iba a spas a que me hiciesen tratamientos… Nada.
No usaba maquillaje porque simplemente me daba pereza ponérmelo cada mañana. Me
gustaba mi pelo como se secaba al natural, sin tener que usar secador, plancha,
rizos, gomina y cosas de esas. Me daban realmente pena las chicas que lo usaban
desesperadamente para verse “más guapas” en el intento. Eres guapa si crees
eso, no si los demás te lo dicen.
Otro nombre rondando mi cabeza: Axel. ¿En qué estaba
pensando cuando le dije que pensaba en Dael cuando le besaba a él? ¿Qué demonios
me había pasado para pensar en Dael cuando besaba a Axel? Soy un demonio, pero
jamás he creído en la brujería. Ahora mi única esperanza era que se tratase de
magia y no de… bueno, sentimientos.
Abrí el armario para coger la ropa. No iba a ponerme los
vaqueros de esta mañana. Empecé a mirar toda la ropa que tenía, pero nada me
convencía. ¿Es que no tenía nada decente que ponerme? ¡Espera! ¿Estaba pensando
en ropa? ¿Estaba intentando arreglarme? Oh,
Dael ¿Qué me has hecho? Escondida al final del armario, en las
profundidades, oscura y lisa, encontré una falda. Agarré unas medias negras,
una camisa negra igualmente y mis botas de
¿a qué no averiguáis el color? Sí, negras.
Me miré al espejo: estaba tan rara… Parecía… bueno, una
chica. No quiero decir que otras veces no lo pareciese, a ver, yo era una
chica, y si no lo era me estaba poniendo la ropa interior equivocada. Pero
normalmente, si no fuese por el pelo largo, parecía un tío. Era consciente que
incluso mi forma de caminar a veces recordaba a la de un chico.
Recogí el baño, y cuando estaba recogiendo la toalla
tirada sobre el lavabo, vi el estuche de maquillaje de mi tía allí colocado.
Antes de pensármelo mucho cogí el tubo de rímel y me lo apliqué. ¿Qué más daba?
Yo me creía guapa sin hacerme nada, si me lo echaba era porque simplemente me
apetecía.
Terminé de ordenar, cogí las llaves, mi mochila y…. con
falda no podía ir en skate, era incómodo. Daba igual, iría a pie. Total, solo
vivía a dos calles.
A cada paso que daba, sentía como la garganta se me
contraía. Me habían entrado escalofríos, pero los demonios no sentíamos frío:
podría haber ido en asillas a diez grados y haberme sentido igual que si
hubiera ido con un abrigo de piel. Seguía sin querer reconocérmelo, aunque
sabía perfectamente por lo que era.
Si el amor es libertad ¿por qué no podemos elegir de
quién nos enamoramos? No quería enamorarme de Dael. No porque él no fuera un
chico estupendo, porque lo era. Era divertido, amable, se preocupa por mí, no
le importaban mis defectos (y yo tenía a montones), no se había rendido conmigo
a pesar de mi comportamiento, la gran mayoría habría desistido al segundo
intento. Él creía en mí, creía en nosotros, en que en algún momento yo
despertase una mañana y le confesase mi amor. ¿Y ese amor? ¿Existía ya? Muy en
el fondo de mi cabeza una voz gritaba que debía intentar reprimirlo. Pero ya lo
había intentado y no había funcionado. Había intentado pensar cosas horribles
de él, había intentado alejarme de él, odiarle… pero no había funcionado. No lo
había conseguido. Los sentimientos me superaban y lo que más me asustaba era
que me gustaba esa sensación cálida en el pecho cuando estaba cerca de él.
Aunque detestaba como me saltaba el corazón en el pecho cada vez que le miraba
a los ojos.
Supongo que no había vuelta atrás: me había enamorado de
Dael.
Enamorada…
Llegué al edificio de Dael. Toqué en el único portero
disponible. Las puertas se abrieron sin que nadie respondiese, como la última
vez que estuve aquí. Ésta vez no hubo ningún señor simpático y misterioso que
me indicase dónde estaba el cuarto (piso) de Dael. Un poco cautelosa fui hasta
el ascensor.
Mientras ascendía los pisos no paraba de repetirme que
por mucho que le quisiese, por mucho que me importase, de momento, no podíamos
estar juntos. Un amor es una distracción en la guerra. Pero tampoco iba a dejar
que por mi distanciamiento amoroso nuestra amistad se fuese a pique. Debía
centrarme. Si no lo hacía, no estaría poniendo mi vida en peligro, eso me daba
igual. Estaría poniendo la suya, y si eso ocurriese, no me lo perdonaría.
Las puertas del ascensor se abrieron. Dael estaba
esperándome apoyado en la pared de enfrente.
-Eh. – Me saludó con una sonrisa iluminando su rostro.
Sus ojos se iluminaban a medida que me miraba de arriba abajo.
-Príncipe azul. – Incliné la cabeza, aunque esta vez, sin
apartar mis ojos de los suyos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario