Capítulo 48

16/12/13

¡Buenas! Nuevo capítulo marchando. ¿Habéis visto? Desde que aprendí a programar entradas el blog está mucho más activo (aunque escasea demasiado en comentarios) Pero qué se le va a hacer. Aunque me alegra ver que cada vez hay más personas que leen la historia desde el comienzo, a pesar de que ya llevamos casi 50 capítulos. Muchas gracias, de verdad, me hacéis muy feliz. Bueno, sin daros la vara más, aquí os dejo el capítulo. ¡COMENTAD! Y espero que os guste. 





¿Alguna vez habéis tenido una sensación como de película? En la gran pantalla, cuando parece que todo va más lento o que todo a tu alrededor parece cobrar vida y sientes cada cosa como lo que es y no como lo que ves.

Fue una sensación de ese estilo, rara, la que experimenté mientras corríamos por nuestras vidas huyendo de la manada de perros.

Yo no tenía muchas ganas de pensar pero al girar la cabeza y ver la sangre emanando de la boca de los dos primeros… supuse que ya no tendríamos problemas con la respuesta del Gran Guardián.

Creo que escuché a alguien gritar “¡Corred más deprisa!” No sé por qué supuse que sería Loray, dado que a ella le gustaba gritar y dar órdenes. En todo caso no se lo discutí y aumenté el ritmo. A pesar de que yo era una gran corredora y de que Dario era mucho más torpe que yo, iba la última, quedándome notablemente rezongada.

Un perro salvaje saltó desde detrás de mí y fue a caer a peligrosos centímetros de la pierna de Dario (cabe destacar que era la misma  pierna que uno de sus amigos perrunos había decidido mordisquear a nuestra llegada a Even) Él se echó al suelo y rodó para esquivar el golpe. El perro no se paró a ver qué sucedía con el pobre Dario, ya tenía su próxima presa fijada: no sé si eran imaginaciones mías o realmente se estaba relamiendo los bigotes mientras fijaba la mirada en Loray dispuesto a saltar de nuevo.

Yo no iba a dejar que ninguna bestia se comiera a un amigo, y sí, entre esos amigos entraba la rubia insufrible, así que hice lo más razonable que se me ocurrió: corrí, cogí al perro por el pellejo del cuello y lo arrojé por los aires con toda la fuerza que tenía. Me caí al suelo durante el proceso. Para mi gran asombro el perro se volatilizó en el aire en anaranjadas llamaradas. No fue hasta que me puse de pie jadeando y miré hacia delante que vi a Elliot intentando retener a los perros con el fuego.

-¡CORRE! – Le grité a mi hermano.

Ya estábamos casi en la salida, solo unos metros más.

No paraba de oír el atronador sonido de los ladridos, los gruñidos, sus sonoros pasos… Esa noche tendría pesadillas, eso de seguro.

Cuando el último (O sea yo) cruzó la puerta mi padre y Gus pegaron un empujón a ésta, cerrándola en el acto. Mi padre atravesó una trozo de madera entre ambos pomos.
-No tenemos demasiado tiempo. – Jadeó. – Esos perros son más fuertes y astutos de lo que creemos, acabarán escapando y no pararán de buscar por toda la zona salvaje hasta encontrarnos, hemos de volver a la superficie y encontrar la forma de volver a la Tierra. Es hora de pararle los pies a esa bruja.

Se hizo un silencio general. Mi padre solo había dicho en voz alta lo que todos habíamos estado pensando desde hace mucho, lo que todos estábamos dispuestos a hacer. Pero el hecho de que lo dijera en voz alta hacía que fuese real, que tomara peso, que nos concienciáramos de que esto no era una broma, ni un sueño, ni un cuento. Esto es real. Y nos gustase o no, estábamos hasta el cuello metidos en ello.

-No tenemos las bombonas de oxígeno, se quedaron en la casita donde nos cambiamos. – Dijo Dario, rompiendo el silencio, y tomando la cabeza en el asunto, algo muy poco propio de él. - ¿Tienes algunas forma de respirar bajo el agua para llegar a la superficie?

Mi padre se atusó la corta barba.

-Sí, debe de estar cerca de la puerta de acceso…

-¿Estar el qué? – Preguntó Loray haciendo una mueca.

-Es una flor que te permite respirar bajo el agua. Una flor muy rara y delicada, a la vez que bella. Son muy difíciles de conseguir y aquí en la tierra salvaje hay una muy pequeña cantidad, puede que solo una o dos.

-¿Una o dos? Nunca se me han dado bien las matemáticas pero creo contar que somos siete. – indicó Elliot sacando cuentas.

-Se compartirán todo lo que se pueda, eso nos limitará mucho el tiempo que tendremos de llegar a la superficie, pero no hay otra manera.

Bueno, si moríamos ahogados nos libraríamos de enfrentarnos a Ella y así no morir en sus manos. Hay que saber mirarle el lado bueno a las cosas.

Nos marcamos una buena carrera de vuelta al pie de la cúpula, donde mismo nos había recibido el traidor. No se le veía por ninguna parte esta vez.

-¿Qué flor es? – Preguntó Gus.

Mi padre se arrodilló en el suelo y comenzó a mirar hierbajo por hierbajo.

-Es muy especial, sobresalta a la vista. Es una flor como una rosa pero tiene dos capullos en vez de uno y es de un color violeta, muy intenso. – Explicó mientras avanzaba arrodillado por la hierba.

-¿ésta? – Elliot arrancó tres flores del suelo, tres rosas de un violeta tan intenso que parecía irreal a la vista. Cada flor nacía de dos capullos. Una flor de dos capullos. Era extraño, pero era cierto. Como todo lo que sucedía en Even.

-Exacto. – Se levantó; no se molestó en sacudirse las rodillas. – No sois celestiales normales ¿sabéis? – Nos comentó mientras sacaba una navaja de un bolsillo oculto en su túnica. – Vuestros tíos también os acompañan: el aire a Alex y la tierra a Elliot. Es algo de lo más curioso, la familia ¿no creéis?

Sí, era curiosa: era la hija adoptada de un guardián que protegía un mundo mágico, mis padres biológicos eran dioses de otra dimensión y mis tíos también me ofrecían poderes de vez en cuando. ¡Ah! No olvidar que mi madre adoptiva estaba muerta por un extraño fuego azul y que mi padre adoptivo me había abandonado cuando no tenía más que ocho años.

Pero no iba a decir eso en voz alta, no iba a atacar con semejante arma.

Eché una ojeada a Dario, quien me miraba con sus penetrantes ojos azules. Tenía la sensación de que sabía exactamente lo que estaba pensando, y no porque me hubiera leído la mente. Luego miré a Liam y sentí lo mismo. No era porque leyesen lo que pensaba, era porque me conocían lo suficiente para imaginárselo.

-De acuerdo, chicos, ahora, hay seis capullos y somos siete. Dos de vosotros deberéis compartir capullo. Esos dos que los compartan, tendrán un cincuenta por ciento de posibilidades de no conseguirlo.

-No quiero ser grosera, - Comenzó Lora – pero por qué no es usted el que comparte.

Mi padre rió.

-Sí, debería ¿no es así? Pero querida, con mi edad, yo tengo un cincuenta por ciento de no conseguirlo, aún tomando las rosa entera ¿entiendes? Y siento decirte, que si he de morir, ahora que me he reencontrado con mis hijos, me gustaría morir visitando a la tercera.

Guardamos silencio por un momento, mirándonos entre nosotros. Dos debíamos compartir un capullo. Mi padre ya los tenía todos cortado y preparados encima de una roca: dos trozos eran más pequeños que el resto.

No me lo pensé ni si quiera una vez, agarré uno de los trozos pequeños y lo engullí. Sabía fatal, pero el aliento luego me olió a primavera.

-¡Alex! – Exclamó Dario, justo cuando me tragaba la flor. - ¿Qué has hecho?

-Ahorrar tiempo ¿no escucháis? Ya vienen.

De fondo, teníamos como banda sonora, los rugidos espumosos de los perros.

-chica, eres valiente, te admiro por ello. – Dijo Loray, pero cogió uno de los capullos grandes y se lo comió. Puso una mueca.

Mi padre se comió otro grande.

Quedaban los cuatro chicos.

-Alex, yo me comería el pequeño pero… - dijo Gus como si estuviera disculpándose. – No sería capaz de conseguirlo, yo no.

Cogió uno grande.

Miré a mis tres chicos. Levanté las cejas, expectante a que uno tomara una decisión.

-¡A la mierda! – Exclamó Dario cogiendo el pequeño y comiéndolo.

-¡Dario! – Exclamé, no sabía muy bien por qué. Era una decisión difícil, no para ellos sino para mí, porque si me hubieran dado a elegir, no podría, porque tomar el trozo pequeño era como poner un pie en la salida hacia la muerte: matar a mi hermano, a mi mejor amigo o a mi novio. Parecía una broma del universo contra mí.

-Ahora está claro, si tú mueres, yo muero. – Sentenció Dario. – Te sigo a donde tú vayas, celestial.

Tenía un nudo de palabras atragantadas en la garganta, deseosas de salir pero reprimidas a quedarse allí.

Gus y Liam tomaron cada uno su capullo. Mi padre abrió una compuerta para salir fuera de la cúpula: todo era como con un hechizo, pues aunque estaba la puerta abierta, el agua no entraba, podías salir al exterior con facilidad pero el agua no penetraría dentro.

Los perros aparecieron en nuestro punto de mira.

-¡Rápido, rápido, rápido!

Todos salimos de nuevo al mar, al océano.

Si a la llegada había un elevado porcentaje de no conseguirlo, bueno… ahora para dos de nosotros llegar a la superficie sería todo un gran milagro.






7 comentarios:

  1. Ufffffff, el lado bueno de las cosas : si muero ahogada no me mata Ella. Jajaja que punto de vista tan positivo.
    Y como es que Alex estaba corriendo la ultima??? NO me la MATES, que muero yo y te quedas sin comentarios ( chantaje emocional)
    Y que mono Dario, seguiria a la celestial :3
    Oye una pregunta, que a lo mejor yo no me entere, cuando estaban en clase con Monica no hizo aparecer su bosque? Alex de quien tenia los poderes?? Porque yo pensaba que era del agua y de la tierra, pero en este capitulo has dicho que a ella le acompaña el aire.. Uf que lio tengo!!!
    Ah y una cosa mas, lei una historia en que la prota vivia muchas aventuras y cuando termino la prota dijo -ojala esto no hubiera sido un sueño- Y te lo cuento porque me marco en la patata que tengo por corazon y aunque lloraria con un final asi, prefiero que ni este en coma y sea una historia contada por Elliot, ni sea un sueño, ni nada por el estilo
    Besos, Andea

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    1. Tranquila, ya lo descubrirás, pero me alegra que te hayas dado cuenta del detalle jajaj Y tranquila, no tengo intención de darle ese final, podría hacerlo por maldad pero no soy tan perversa jaja

      Un beso ;3

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