¡Buenas! Chan chan chaaan ¡Nuevo capítulo! Hoy no tengo mucho que decir, nada más que esta es una entrada programada (sí, ya sé programar entradas, me siento sumamente inteligente) dado que seguramente mientras vosotros leeis esto yo me estoy ahogando entre apuntes de biología. Bueno, ¡comentad! que últimamente no comenta más que una persona y eso me pone muy triste, y espero que os guste.
No sabía que esperar. Un biblioteca, sí. Pero… bajo tierra,
oscuro, después de haber caminado diez minutos por un pasillo de difícil acceso
en la espeluznante penumbra… no esperaba encontrarme con el cielo.
Libros ¡Libros! Hacía tanto que no respiraba el aroma a libro
viejo. Ese dulce olor a palabras no leídas y a cuentos que están por narrar.
Ver las hermosas encuadernaciones, cada una hecha con amor y cuidado, porque
cada una llevan en su interior esas páginas que esconden un mundo, que esconden
una vida.
Creo que sonreía como una tonta, pero no podía contener mi
alegría. Era demasiada para dejarla dentro de mí. Estallaría si lo intentase.
Di unos pasos al frente, maravillada, contemplando las
estanterías que alcanzaban los dos metros por encima de mi cabeza. Estanterías
llenas, y llenas, y más llenas de mundos por descubrir. Pasé una mano por la
dura pero a la vez cálida superficie del lomo de los libros.
Sé cómo me estaban mirando los demás. Con que curiosa mirada
me observaban. Como diciendo “se le ha ido la pinza”. Y yo no podía sentir más
lástima por ellos ante aquel pensamiento. Porque ellos no saben lo que es
aferrarse a la realidad de una historia, a la fe de que existe algo más aparte
del mundo en el que estás. No saben lo que es poder sumergirte en un mundo
nuevo y escapar de las pesadillas del real. No saben lo que es soñar, imaginar
y tener fe de que algún día esos sueños se harán realidad.
Ellos leen con los ojos, por eso no lo ven.
Yo leo con el corazón y por eso lo siento.
Seguimos avanzando entre las estanterías. Yo,
que no cabía en mi felicidad estando rodeada de libros. Darío, que no sabía
cómo reaccionar ante mi felicidad. Elliot, aburrido pues la biblioteca no ha
sido nunca su lugar favorito ni de lejos. Loras y Gus, intrigados. Y por
último, Liam me miraba para ver mi cara. Para él no era ninguna sorpresa mi
reacción; se había pasado la vida yéndome a buscar a la biblioteca del pueblo
cuando casi siempre, por no decir todas
de veces, se me olvidaba que había quedado con él.
-Buena suerte, Celestiales.- el hombre inclino
la cabeza en una señal de respeto. Nos hizo un gesto con la mano para que
pasáramos por la enorme puerta de madera oscura con dibujos tallados en ella;
los dibujos tenían toda la pinta de representar una historia, y no una
cualquiera, una historia importante.
-¿No nos acompañas? - Pregunto Dario.
-A los de mi especie no se nos permite pasar al
templo donde reside el Gran Guardián.
Sentí como si todos nosotros hubiéramos dado un
paso hacia atrás, alejándonos del hombre. Pero, claro, no lo habíamos hecho.
-Los de tu especie ¿Quienes?- Pregunte con la
cabeza alta, intentando parecer más autoritaria de lo que me podría llegar a
sentir
-De la especie de los que fueron traidores.
Y se fue. Dio media vuelta ondeando su pequeña
melena enmarañada de rizos y desapareció por donde habíamos venido,
zigzagueando entre las estanterías, perdiéndose en la oscuridad de la lejanía.
La vocecita de mi cabeza se encendió y entonces
supe a que se refería. El era uno de ellos. O por lo menos lo fue. Un guerrero
sin corazón. Un caballero fiel a la voz de Ella.
Tuvo qué serlo, no había otra opción. Pero ¿Se
podía dejar de ser un caballero sin corazón? A ver, no sé cómo funciona eso,
pero por el nombre me aventuro a decir que... te arrancan... Eh... ¿El corazón?
Esa era una clase de magia de la que no estaba dispuesta a escuchar.
Mire a los demás a ver su reacción: confuso. Y
nerviosos tal vez. Estaba claro que a ninguno nos hacía demasiado entrar a un
lugar hasta el que nos había conducido un tipo que se auto denominaba traidor y
al que había llamado templo. Estoy de acuerdo con que los libros son sagrados,
pero no había que pasarse con lo de bendecir una biblioteca.
Elliot me puso una mano en el hombro, y, juntos,
abrimos la gran puerta de madera, dejando que la luz del interior se derramara
sobre nuestros cuerpos. Luz blanca como del cielo, una luz tan pura y brillante
que hacía que me escocieran los ojos. Hasta qué no nos hubimos acostumbrado a
la brillante luz, no pudimos seguir avanzando, presas de una ceguera temporal. Ante
nuestros ojos se abría una amplia sala hecha al completo de impecable mármol
blanco: la escalinata que la mayor parte de la sala estaba recubierta por una
alfombra del color de las moras en invierno. El único toque de color en toda la
sala. Bueno… si no contamos a las dos vistosas figuras que se erguían al final
de la escalinata.
Si bien soñé con ese momento durante años, nunca
me lo hube imaginado así en ninguna ocasión.
Eran dos figuras recortadas a la luz, con los
rostros ocultos por las sombras. Una de ellas, la de la derecha, era algo más
baja que la otra, algo bastante más voluminosa hacia los lados. Se le
distinguían los enmarañados cabellos rizados, color dorado a deducir por la
luz, que le caían hasta la altura de los hombros. La otra figura era mucho más
alta, de cuerpo más duro y rígido, y aunque no hubieran dado ni un paso,
presentía que sus pisadas serían firmes y sonoras. No le distinguía el color
del cabello, pero lo llevaba corto. Ambos llevaban largas túnicas, del color
grisáceo del cielo al amanecer.
-¿Quién se han atrevido a cruzar las aguas del
océano, enfrentarse a las criaturas que dormitan en él, y además haber tenido
la osadía de entrar en el templo sagrado de los guardianes? – Hablo la voz de
la derecha, la bajita y rechoncha. Su voz era dura, como la de un sargento
militar dando órdenes.
A mí no me dio ningún miedo. Yo tenía muy claro,
por qué estaba allí, y no me iría sin lo que quería. No era una opción.
-Los hijos de Agua y Fuego, los Celestiales
enviados a la Tierra. – Contesté, dando un paso adelante para que me vieran
mejor.
-Solicitamos una audiencia con quien dirija este
sitio. – Dijo Elliot, avanzando también, colocándose a mi lado.
Se escuchó un ruido. Cualquiera podría haber
pensado que era un perro, pero en realidad fue la figura regordeta que gruñó
cual animal.
-¿Hay algún problema? – Sugirió Elliot con una
falsa calma en la voz.
-Por supuesto que no, hijo mío. – Respondió la
voz de la izquierda, la segunda silueta. Mi respiración se aceleró. – Ninguno
en absoluto. Pero bueno ¡Qué obstinado! Me pregunto de donde habrás sacado eso.
-De su padre seguro que no. – Respondí
inmediatamente, sorbiendo los mocos, suplicando porque las lágrimas no se
derramaran con tanta rapidez.
-Alex, mi niña. Eres igual a tu madre.
La figura decidió que ya estaba bien el
anonimato. Anonimato para los demás obviamente, para Elliot y para mí no era
ningún desconocido. Nosotros habíamos crecido contemplando aquellos ojos del
color del cielo despejado, aquella barba mal afeitada pero que curiosamente no
raspaba al tacto. Aquellas manos como guantes de béisbol nos habían levantado
del suelo cientos de veces. Aquel pelo castaño oscuro corto era lo primero que
habíamos contemplado cada mañana de domingo cuando entrábamos en la cocina.
Aquel ser, ese que se encontraba ante nosotros, era por el que más habíamos
llorado toda nuestra vida. Cuya noticia de muerta nos había matado a nosotros
también.
Mi padre.
Mi padre bajó las escaleras con paso decidido,
sin vacilar ni una sola vez. Como si lo hubiese ensayado, como si hubiera
estado esperando este preciso momento toda su vida: nuestro reencuentro.
Extendió los brazos a ambos lados, dejando que
las mangas de la túnica le resbalaran hasta los codos. Corrimos a refugiarnos
en ellos.
En realidad no llore mucho. No comparado con lo
que pensaba que lloraría. Solo fueron un par de lagrimones grandes, lo demás
fueron hipidos de felicidad acompañados de pequeños sollozos mezclados con
verdaderas carcajadas.
Mi padre también lloraba.
-No sabéis lo arrepentido que estoy. – Decía. –
Lo mucho que os he echado de menos. A
todos. Ha sido lo más duro que cualquier hombre puede llegar a hacer en su
vida: abandonar a su familiar como yo lo hice. No espero que me perdonéis, yo
mismo no lo hago.
-Te perdonamos, papá. No te culpamos. – Se
apresuró a contestar Elliot.
Me miraron a mí.
-No te culpo. Te perdono – Dije. – Pero creo
merecerme un por qué.
Sollocé una vez más al ver como la sonrisa de mi
padre tomaba vida en su rostro. Me estrechó una vez más contra sí.
-Bueno, creo que es mejor que nos presentemos
todos ¿no es así? – Señaló a los demás, que habían estado en silencio
contemplando la escena. Loray tenía los ojos vidriosos.
-Yo soy Gus, señor. – Estrecharon las manos.
-Yo Loray, encantada. – Un corto abrazo.
-Me alegra volver a verle, señor Girardon. –
Liam abrazó a mi padre tan emocionado como lo hizo el mismo Elliot o incluso
yo. Le faltaba llorar.
-¿Y tú joven? – Se dirigió a Dario.
-Papá, es Dario ¿no te acuerdas? – Intervino
Elliot.
-¿Eres Dario? – Mi padre frunció el ceño,
divertido. Conocía esa expresión. Incluso Dario la conocía: mi padre estaba
esperando a que dijera algo más.
-Sí, señor. Soy…Dario. Soy el… el… novio de su
hija.

Jajajaja me ha encantado, joooo lo podrias haber hecho un poco mas largo para saber que decian Alex y su padre
ResponderEliminarLo adoro, mr ha encantado como has descrito la felicidad de Alex y tambien su amor por la lectura, sumamente perfectisimo :3
Preciosisimo, el principio
Perfectisimo, el final
Maravillosisimo, todo el capitulo!!!
Besos, Andrea
PD: no te he comentado en la entrada del libro de Percy porque me estoy leyendo la saga
Jajajaja, ahí está la gracia, en dejarlo con el punto para intrigar un poco jaja
EliminarDecribir el amor por los libros ha sido realmente fácil, la verdad, es algo que no tenía que pensar, me salía solo, y me alegra que te haya gustado.
Muchas gracias, cielo!
Besos.
PD: ¡Cuanto me alegra que te estes convertiendo en demingod! Es una saga fantastica! :3