Capítulo 46

2/12/13

¡Buenas! Chan chan chaaan ¡Nuevo capítulo! Hoy no tengo mucho que decir, nada más que esta es una entrada programada (sí, ya sé programar entradas, me siento sumamente inteligente) dado que seguramente mientras vosotros leeis esto yo me estoy ahogando entre apuntes de biología. Bueno, ¡comentad! que últimamente no comenta más que una persona y eso me pone muy triste, y espero que os guste. 






No sabía que esperar. Un biblioteca, sí. Pero… bajo tierra, oscuro, después de haber caminado diez minutos por un pasillo de difícil acceso en la espeluznante penumbra… no esperaba encontrarme con el cielo.

Libros ¡Libros! Hacía tanto que no respiraba el aroma a libro viejo. Ese dulce olor a palabras no leídas y a cuentos que están por narrar. Ver las hermosas encuadernaciones, cada una hecha con amor y cuidado, porque cada una llevan en su interior esas páginas que esconden un mundo, que esconden una vida.

Creo que sonreía como una tonta, pero no podía contener mi alegría. Era demasiada para dejarla dentro de mí. Estallaría si lo intentase.

Di unos pasos al frente, maravillada, contemplando las estanterías que alcanzaban los dos metros por encima de mi cabeza. Estanterías llenas, y llenas, y más llenas de mundos por descubrir. Pasé una mano por la dura pero a la vez cálida superficie del lomo de los libros.

Sé cómo me estaban mirando los demás. Con que curiosa mirada me observaban. Como diciendo “se le ha ido la pinza”. Y yo no podía sentir más lástima por ellos ante aquel pensamiento. Porque ellos no saben lo que es aferrarse a la realidad de una historia, a la fe de que existe algo más aparte del mundo en el que estás. No saben lo que es poder sumergirte en un mundo nuevo y escapar de las pesadillas del real. No saben lo que es soñar, imaginar y tener fe de que algún día esos sueños se harán realidad.

Ellos leen con los ojos, por eso no lo ven.

Yo leo con el corazón y por eso lo siento.

Seguimos avanzando entre las estanterías. Yo, que no cabía en mi felicidad estando rodeada de libros. Darío, que no sabía cómo reaccionar ante mi felicidad. Elliot, aburrido pues la biblioteca no ha sido nunca su lugar favorito ni de lejos. Loras y Gus, intrigados. Y por último, Liam me miraba para ver mi cara. Para él no era ninguna sorpresa mi reacción; se había pasado la vida yéndome a buscar a la biblioteca del pueblo cuando casi siempre, por no decir  todas de veces, se me olvidaba que había quedado con él.

-Buena suerte, Celestiales.- el hombre inclino la cabeza en una señal de respeto. Nos hizo un gesto con la mano para que pasáramos por la enorme puerta de madera oscura con dibujos tallados en ella; los dibujos tenían toda la pinta de representar una historia, y no una cualquiera, una historia importante.

-¿No nos acompañas? - Pregunto Dario.

-A los de mi especie no se nos permite pasar al templo donde reside el Gran Guardián.
Sentí como si todos nosotros hubiéramos dado un paso hacia atrás, alejándonos del hombre. Pero, claro, no lo habíamos hecho.

-Los de tu especie ¿Quienes?- Pregunte con la cabeza alta, intentando parecer más autoritaria de lo que me podría llegar a sentir

-De la especie de los que fueron traidores.

Y se fue. Dio media vuelta ondeando su pequeña melena enmarañada de rizos y desapareció por donde habíamos venido, zigzagueando entre las estanterías, perdiéndose en la oscuridad de la lejanía.

La vocecita de mi cabeza se encendió y entonces supe a que se refería. El era uno de ellos. O por lo menos lo fue. Un guerrero sin corazón. Un caballero fiel a la voz de Ella.
Tuvo qué serlo, no había otra opción. Pero ¿Se podía dejar de ser un caballero sin corazón? A ver, no sé cómo funciona eso, pero por el nombre me aventuro a decir que... te arrancan... Eh... ¿El corazón? Esa era una clase de magia de la que no estaba dispuesta a escuchar.

Mire a los demás a ver su reacción: confuso. Y nerviosos tal vez. Estaba claro que a ninguno nos hacía demasiado entrar a un lugar hasta el que nos había conducido un tipo que se auto denominaba traidor y al que había llamado templo. Estoy de acuerdo con que los libros son sagrados, pero no había que pasarse con lo de bendecir una biblioteca.

Elliot me puso una mano en el hombro, y, juntos, abrimos la gran puerta de madera, dejando que la luz del interior se derramara sobre nuestros cuerpos. Luz blanca como del cielo, una luz tan pura y brillante que hacía que me escocieran los ojos. Hasta qué no nos hubimos acostumbrado a la brillante luz, no pudimos seguir avanzando, presas de una ceguera temporal. Ante nuestros ojos se abría una amplia sala hecha al completo de impecable mármol blanco: la escalinata que la mayor parte de la sala estaba recubierta por una alfombra del color de las moras en invierno. El único toque de color en toda la sala. Bueno… si no contamos a las dos vistosas figuras que se erguían al final de la escalinata.

Si bien soñé con ese momento durante años, nunca me lo hube imaginado así en ninguna ocasión.

Eran dos figuras recortadas a la luz, con los rostros ocultos por las sombras. Una de ellas, la de la derecha, era algo más baja que la otra, algo bastante más voluminosa hacia los lados. Se le distinguían los enmarañados cabellos rizados, color dorado a deducir por la luz, que le caían hasta la altura de los hombros. La otra figura era mucho más alta, de cuerpo más duro y rígido, y aunque no hubieran dado ni un paso, presentía que sus pisadas serían firmes y sonoras. No le distinguía el color del cabello, pero lo llevaba corto. Ambos llevaban largas túnicas, del color grisáceo del cielo al amanecer.

-¿Quién se han atrevido a cruzar las aguas del océano, enfrentarse a las criaturas que dormitan en él, y además haber tenido la osadía de entrar en el templo sagrado de los guardianes? – Hablo la voz de la derecha, la bajita y rechoncha. Su voz era dura, como la de un sargento militar dando órdenes.

A mí no me dio ningún miedo. Yo tenía muy claro, por qué estaba allí, y no me iría sin lo que quería. No era una opción.

-Los hijos de Agua y Fuego, los Celestiales enviados a la Tierra. – Contesté, dando un paso adelante para que me vieran mejor.

-Solicitamos una audiencia con quien dirija este sitio. – Dijo Elliot, avanzando también, colocándose a mi lado.

Se escuchó un ruido. Cualquiera podría haber pensado que era un perro, pero en realidad fue la figura regordeta que gruñó cual animal.

-¿Hay algún problema? – Sugirió Elliot con una falsa calma en la voz.

-Por supuesto que no, hijo mío. – Respondió la voz de la izquierda, la segunda silueta. Mi respiración se aceleró. – Ninguno en absoluto. Pero bueno ¡Qué obstinado! Me pregunto de donde habrás sacado eso.

-De su padre seguro que no. – Respondí inmediatamente, sorbiendo los mocos, suplicando porque las lágrimas no se derramaran con tanta rapidez.

-Alex, mi niña. Eres igual a tu madre.

La figura decidió que ya estaba bien el anonimato. Anonimato para los demás obviamente, para Elliot y para mí no era ningún desconocido. Nosotros habíamos crecido contemplando aquellos ojos del color del cielo despejado, aquella barba mal afeitada pero que curiosamente no raspaba al tacto. Aquellas manos como guantes de béisbol nos habían levantado del suelo cientos de veces. Aquel pelo castaño oscuro corto era lo primero que habíamos contemplado cada mañana de domingo cuando entrábamos en la cocina. Aquel ser, ese que se encontraba ante nosotros, era por el que más habíamos llorado toda nuestra vida. Cuya noticia de muerta nos había matado a nosotros también.

Mi padre.

Mi padre bajó las escaleras con paso decidido, sin vacilar ni una sola vez. Como si lo hubiese ensayado, como si hubiera estado esperando este preciso momento toda su vida: nuestro reencuentro.

Extendió los brazos a ambos lados, dejando que las mangas de la túnica le resbalaran hasta los codos. Corrimos a refugiarnos en ellos.

En realidad no llore mucho. No comparado con lo que pensaba que lloraría. Solo fueron un par de lagrimones grandes, lo demás fueron hipidos de felicidad acompañados de pequeños sollozos mezclados con verdaderas carcajadas.
Mi padre también lloraba.

-No sabéis lo arrepentido que estoy. – Decía. – Lo mucho que os he echado de menos.  A todos. Ha sido lo más duro que cualquier hombre puede llegar a hacer en su vida: abandonar a su familiar como yo lo hice. No espero que me perdonéis, yo mismo no lo hago.

-Te perdonamos, papá. No te culpamos. – Se apresuró a contestar Elliot.

Me miraron a mí.

-No te culpo. Te perdono – Dije. – Pero creo merecerme un por qué.

Sollocé una vez más al ver como la sonrisa de mi padre tomaba vida en su rostro. Me estrechó una vez más contra sí.

-Bueno, creo que es mejor que nos presentemos todos ¿no es así? – Señaló a los demás, que habían estado en silencio contemplando la escena. Loray tenía los ojos vidriosos.

-Yo soy Gus, señor. – Estrecharon las manos.

-Yo Loray, encantada. – Un corto abrazo.

-Me alegra volver a verle, señor Girardon. – Liam abrazó a mi padre tan emocionado como lo hizo el mismo Elliot o incluso yo. Le faltaba llorar.

-¿Y tú joven? – Se dirigió a Dario.

-Papá, es Dario ¿no te acuerdas? – Intervino Elliot.

-¿Eres Dario? – Mi padre frunció el ceño, divertido. Conocía esa expresión. Incluso Dario la conocía: mi padre estaba esperando a que dijera algo más.

-Sí, señor. Soy…Dario. Soy el… el… novio de su hija.






2 comentarios:

  1. Jajajaja me ha encantado, joooo lo podrias haber hecho un poco mas largo para saber que decian Alex y su padre
    Lo adoro, mr ha encantado como has descrito la felicidad de Alex y tambien su amor por la lectura, sumamente perfectisimo :3
    Preciosisimo, el principio
    Perfectisimo, el final
    Maravillosisimo, todo el capitulo!!!
    Besos, Andrea
    PD: no te he comentado en la entrada del libro de Percy porque me estoy leyendo la saga

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    1. Jajajaja, ahí está la gracia, en dejarlo con el punto para intrigar un poco jaja
      Decribir el amor por los libros ha sido realmente fácil, la verdad, es algo que no tenía que pensar, me salía solo, y me alegra que te haya gustado.
      Muchas gracias, cielo!
      Besos.
      PD: ¡Cuanto me alegra que te estes convertiendo en demingod! Es una saga fantastica! :3

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