Capitulo 45

26/11/13

¡Hola mis queridos lectores a los que tengo abandonados! Lo sé, lo siento. Es que he estado con los examenes (y desgraciadamente seguiré estando por lo menos una semana más) y no he tenido tiempo para nada. ¿Y yo no había dicho que iba a escribir los fines de semana algunas entradas? Cierto, cierto, no me lo echéis en cara. Pero es que este fin de semana no he tenido tiempo porque como obviamente sabréis, para empezar el viernes fui a ver En Llamas ¿Soy la única que sigue en coma? Fue perfecta PERFECTA Pero bueno, eso es un tema que haré en una entrada comparando con el libro (aunque realmente es una adaptación increíble) y me explayaré un poco bastante más. Y el Domingo tuve el bautizo de mi prima pequeñita, que además cumplía un año. Y bueno el sábado, algún día necesitaba para hacer la tarea. Ayer, el capítulo, lo sé. Este capítulo debería estar subido desde ayer pero no pudo ser porque... cosas, cosas, no pude, no es que me despistara es que no pude. Espero sinceramente esta semana subir la reseña de la película de En Llamas, así como una reseña de Percy Jackson y la batalla del laberinto. Y no os molesto más (Si en realidad yo sé que vosotros no os leéis esta parrafada, que os conozco) Lo de siempre, leed, COMENTAD y espero que os guste.




No recuerdo como entramos, me sentía realmente mareada en aquel momento. Pero sí recuerdo como un hombre alto, de espalda ancha y brazos como piernas, nos condujo a una casita blanca, pequeña y sin apenas muebles que se encontraba justo al lado de la entrada, nos ayudó a quitarnos todo el equipo de buzo, nos dio ropa limpia. A las chicas nos dio unos vestidos largos, ajustados hasta la cintura y luego sueltos hasta el suelo, en color vino ambos, abierto por un lado hasta la parte superior del muslo y con un cordón atado en la cintura; tenían aspecto de antiguos trajes de guerreras. A los chicos les ofrecieron unos pantalones ajustados como mayas y una camisa en blanco marfil que les quedaba bastante holgadas; ellos parecían guerreros piratas. A ambos nos ofrecieron gruesas botas negras.

Me masajeé el oído para sacar el agua.

-¿Por qué bailas? – Preguntó mi hermano peinándose el pelo con las manos.

-No bailo. – Dije dando un saltito. – Intento sacarme el agua del oído.

-Pues parece que bailes. – Insistió. –Y muy mal por cierto.

Puse los ojos en blanco.

-¡Eh! El príncipe ya despierta – Exclamó Loray.

Liam, en efecto, se había desmayado. Lo cual nos impresionó a todos, pero más que eso, sentimos miedo por él. A ver, estábamos a… muchos metros bajo el nivel del mar ¡Podría haberse ahogado fácilmente! ¿Quién nos aseguraba que seguiría respirando por la bombona? Pero ahí se encontraba Dario: le había aguantado para que respirase por donde debía y además le había arrastrado con la ayuda de Gus hasta el interior de la cúpula. Además, de haberle cambiado de ropa. Yo me habría ofrecido a ayudarle pero en primer lugar, Dario no me habría dejado y en segundo lugar a mí misma me habría dado demasiado corte.

-¡Liam! – Exclamé y corrí, derrapando, hasta quedarme arrodillada a su lado.

Le dio una tos muy seca.

-¿Qué carajos era eso? – Su voz sonaba ronca y amortiguada, como si nos estuviera hablando desde el otro extremo de un largo túnel.

-Un bicho feo. – Sentenció mi hermano, acompañando su declaración con una mueca de asco.

-De eso ya me di cuenta. – Tosió una vez más.

Le ayudé a incorporarse. En ese momento salía Dario del cuartito donde nos habíamos turnado todos para ir cambiándonos. Suspiré. La verdad es que le sentaba realmente bien el aspecto de pirata rebelde, con el pelo húmedo cayéndole de manera despeinada por el rostro y los ojos brillando. Y esos pantalones ajustados… Me lo comería.

-¿Qué tal te encuentras, tío? – Se arrodilló al otro lado de Liam para sostenerle y ayudar a ponerse en pie.

-Mejor… - Balbució; miró hacia sus pies y enarcó una ceja. - ¿Y esta ropa?

Todos ahogamos una risa, incluso Dario.

-Pues yo. – Declaró y le soltó el brazo.

Liam se mantuvo perfectamente en pie, aún así yo me quedé cerca de él por si tenía una recaída.

-¿Quée…? – Juro que la cara de mi amigo era un verdadero poema.

Esta vez no nos pudimos aguantar la risa.

-Sí, lo sé. A mí tampoco me hizo demasiada ilusión. – Dijo Dario. – ¿Sabes? Tengo una hermana pequeña. Y he cambiado pañales, la he bañado después de que se embarrase de pies a cabeza ¡Incluso tuve que aprender a hacer trenzas! Pero esto – dijo señalando a Liam- es lo peor que me ha tocado.

Todos nos echamos a reír a carcajada limpia, incluso Liam, que a pesar de que su cara seguía teniendo una clara expresión de horror, se veía que le hacía gracia.

Dejé que los demás se adelantaran a salir de la casita para quedarme un momento con Dario.

-¿Sabes hacer trenzas? – Le pregunté, poniéndome delante de él para impedirle salir.

Me lanzó una mirada escrutadora.

-Depende ¿Te vas a reír de mí?

-Te iba a pedir que me hicieras una. – Contesté con cara de inocente.

Él me devolvió la sonrisa, pero la suya pícara. Con delicadeza me ordenó que me diera la vuelta. Le hice caso. Empezó a trenzar el pelo con expertos movimientos. Cerré los ojos. Me mata que me toquen el pelo.

-¿Quieres una trenza normal, francesa o de espiga?

-No me creo que sepas hacer todas esas. –Le dije.

-Créetelo. Mi hermana puede tener nombre de angelito pero es muy exigente cuando quiere.

Noté como colocaba la coleta asegurando la trenza. Me toqué el cabello; la había hecho perfecta. Dejé que el trenzado cabello me cayese por la espalda hasta donde terminaba ésta. Siempre había tenido el cabello largo pero no tanto. Me gustaba.

-Creo que deberíamos ir ya… - Comencé a decir, pero los labios de Dario ya estaban posado sobre mi cuello, describiendo con delicados besos la curva de la clavícula, ascendiendo hasta mi oreja.

Le noté sonreír cuando susurró:

-Nunca llevas vestidos, me gusta que los lleves.

Giré la cara, la cual sabía que estaría realmente colorada, pero poco me importó eso cuando dejé que Dario posara sus labios sobre los míos y comenzara a besarme con tanta delicadeza que era incluso hasta doloroso. Su mano me acarició el muslo por donde el vestido se abría.

Juro que me mareé cuando nos separamos por falta de aire.

-Sí. – Repuse. – Creo que me voy a poner más vestidos.

Volvió a posar sus labios sobre los míos y yo como acto reflejo los entreabrí. Me sentía como si pudiera rozar el cielo con las manos.

Caminamos a tientas hasta la puerta, aún besándonos, con mis brazos enredados en su cuello y los de él recorriéndome el cuerpo sobre el vestido. Un segundo antes de salir por la puerta nos separamos y nos echamos a caminar riéndonos como dos dementes mientras intentábamos tomar aire.

No dejé que me soltara la mano.

-¿Estáis todos? – Preguntó el hombre con brazos como piernas.

-Sí. – Asentimos todos.

-Bien. Os llevaré a un hostal. – Su voz era profunda y parecía no admitir réplicas. Se dio la vuelta para comenzar a andar cuando yo hablé.

-Nos llevarás a la Gran Biblioteca de Even. – Sentencié.

Todas las cabezas se giraron para mirarme.

-¿Os llevaré? -. Inquirió el hombre con algo parecido a una sonrisa asomando entre sus labios.

-Sí. Nos llevarás allí, para que yo pueda ver a mi padre. – Tragué saliva cuando empezó a caminar alarmantemente tranquilo hacia mí.

-¿Y por qué debería hacer lo que una niñita me ordene? – Me bufó prácticamente en la cara.

Volví a tragar saliva, pero ahora estaba más confiada. No me gustaba usar mi título como una ventaja, pero en ese momento, estaba desesperada por encontrar cuanto antes a mi padre y poder volver a la tierra con mi hermana.

-Porque soy la niñita es una de las Celestiales más poderosas. – Levanté la cabeza con soberbia.

Los ojos del hombre me miraron directamente a los míos. Los de él eran de un marrón tan oscuro que parecía negro. Por primera vez advertí que llevaba una espada colgando del cinturón. No me dio miedo.

-Seguidme. – Dijo al fin. Y esta vez, echó a caminar en la dirección contraria.

Todo era oscuro, como si fuese de noche. Una noche nublada sin luna. Claro, estábamos a metros y metros por debajo del nivel del mar, el sol no llegaba hasta aquí. Apenas un punto de luz en la alta e inalcanzable superficie. Los puntos blancos que yo había dado por casas, eran en efecto, viviendas. Pequeñas casitas de campo, de un cuarto o dos, no más. No había muchas. La mayoría de ellas estaban adornadas por un pequeño jardincito cubierto de flores artificiales, otras adornaban las entradas con grandes esculturas abstractas y otras dejaban sus viviendas desnudas, para que los demás apreciáramos la belleza de lo original. Algunas de las casitas parecían abandonadas; el blanco de la vivienda había pasado a ser gris o amarillo, debido a la humedad y el paso del tiempo. No creían hierbajos a los alrededores, pero sí se veían trozos de cristales rotos, papeles y restos de basura por entre los callejones. La ciudad tenía mucho encanto, pero también poseía un pasado oscuro con una historia por ser contada.  

El hombre se paró de golpe; Gus se tropezó con él.

-¿Qué pasa? – Preguntó frotándose el hombro.

-Hemos llegado. – Declaró.

No habíamos llegado. No podíamos haber llegado. Estábamos… en ninguna parte.

A nuestro alrededor se extendían y se extendían porciones de terreno pantanoso, tierra húmeda y maloliente. Una especie de cabaña era lo único que había. Y no era una cabaña en sí, sino trozos de madera colocados al azar que el destino quiso que tuvieran forma de “casa”. Debíamos haber bajado más, porque todo era bastante más oscuro. El agua encima de nosotros de un azul más violáceo. Como la noche.

-Aquí no hay nada. – Observó Elliot.

-Muy bien, Sherlock, no me había dado cuenta. – Bufó Loray cruzando los brazos sobre el pecho.

Barrí la zona con la mirada, intentando ver algo fuera de lugar, algo diferente, algo que me indicase que ahí había una gran biblioteca con mi padre dentro de ella.

-Elemental, mi querido Watson. – Dijo el hombre esbozando algo parecido a una sonrisa y echando a andar a la supuesta casetita.

Le seguimos sin decir nada, aún así se olían las dudas en el ambiente. Aunque también podía ser el olor a moho.

-¿Dónde está la biblioteca? ¿Dónde está mi padre?- Exigió Elliot.

-¿Ahora es cuando nos dice que están muertos y usted es el mal en persona que nos va  a asesinar de la manera más cruel?

-¡LIAM! – Le di un buen coscorrón.

-¿Qué? – Protestó masajeándose el cuello, allí donde le había dado. – Todavía no me entero como va todo esto y he visto mucha tele desde que te fuiste.

-No están muertos. –Fue lo único que contesté. Lo único en lo que podía pensar y a la única idea a la que me podía aferrar. No está muerto, no lo está, no lo esté, no otra vez…

El hombre sonrió, una sonrisa burlona, pero que no llegaba a ser simpática ni amable. Daba escalofríos. Levantó la mano y abrió la casita de madera. Hizo un gesto para que pasáramos delante de él.

Por un momento se me ocurrió pensar que quizás esto acabase como una película barata de acción de las que le gustaban a Liam y el hombre nos asesinara a todos. Pero entonces me arriesgué a dar un paso al frente y la boca se me cayó al suelo cuando lo vi.

Me sentí decepcionada conmigo misma, debería habérmelo esperado. Esto era Even, uno nunca podía esperarse nada, ni dar algo por sentado.

Había una escalera. Que descendía. Que se adentraba en la tierra bajo el mar. Se adentraba demasiado en la tierra bajo el mar, no conseguía ver el fondo y podía oír el eco de nuestras respiraciones retumbar en las paredes. La Gran Biblioteca de Even se encontraba poco más que en el infierno.


1 comentario:

  1. Ohhhhhhhhh me ha encantado
    Besos, Andrea
    PD: siento ser tan escueta hoy

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