¿Sabéis? Me he dado cuenta de que en todo este tiempo que Alex lleva en Even y viajando de aquí y luchando para allá... no le ha venido la regla. No sé por qué en los libros nunca mencionan eso si es que es una cosa de lo más natural y que no podemos evitar. (A lo mejor está embarazada y no me lo ha dicho) ¡NO! No asustarse, no ha pasado nada que no hayáis leido. Bueno jajaja, después de esta profunda reflexión mía, os dejo ya el capítulo 43, lo de siempre, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
-¡Liam! – Exclamé, tanto de sorpresa como de alegría como de
nerviosismo.
-No esperaba que fueses tú, la verdad. – Dijo Dario dejando
entrever por su voz que no estaba nada contento con la sorpresa.
-Tampoco esperaba mucho de ti. – Le espetó Liam.
Ambos se estaban enfadando y yo no iba a permitir que las dos
personas más importantes en mi vida se empezaran a pelear. Me puse en medio de
los dos y les di un coscorrón a cada uno.
-Ahora que las cosas están calmadas. – Dije mientras ambos se
frotaban donde les había dado. – Gus ¿Qué hay que hacer ahora?
-¡dormir! – Exclamó el chico. – Estaría bien que soñásemos
con ese sitio. No hace falta que sea exacto, podéis soñar con él como os lo
imaginéis, dado que ninguno de nosotros hemos estado.
-¿Es cierto que es una especie de Atlántida? – Preguntó Liam
-¿Para qué si no iba a ser el equipo de buzo? – Le preguntó a
modo de respuesta Dario.
-Vale, vale fiera. Es solo que no me termino de acostumbrar a
todo esto.
-Bueno, pues ¡ala! A dormir. – Exclamó Elliot acomodándose en
el suelo, en un saco de dormir junto a Loray.
Los demás también sacaron sus sacos de dormir; Dario me
tendió el mío y señaló con la cabeza el fondo de la cueva donde todavía no se
había acostado nadie. Miré de reojo a Liam: cuando acampábamos juntos nos
acostábamos el uno al lado del otro, era una vieja costumbre y me preguntaba si
a él también le haría ilusión retomar aquellas viejas costumbres a pesar de que
parece que hace milenios de ello.
-Ve con él. – Me dijo Dario algo indeciso.- Ve con él, es tu amigo y yo no puedo ponerme
celoso pero… - Me tomó del brazo para acercarme a él. – Por lo menos déjame
marcar territorio. – Dijo con una sonrisita pícara antes de juntar sus labios
con los míos y darme un beso largo y pausado, jugando con nuestras lenguas.
Solté el saco de dormir y pasé mis manos por su cuello, enredando mis dedos en
su cabello negro y largo.
-¡¡Que le dejes de meter mano a mi hermana!! - . Exclamó
Elliot.
Nos separamos, de muy mala gana.
-¡Es mi novia! – Exclamó Dario a su vez. – Duerme bien.
Me dio un último beso de buenas noches y me dejó irme con
Liam ¿alguien tenía alguna duda de por qué le quería? Es el mejor. Aunque le
moleste, si sabe que me hace feliz, cederá. Y eso no lo hacen muchas personas.
-Hola, fantasmita. –Dijo Liam en un susurro, de forma tímida.
Como si fuésemos desconocidos pero sin llegar a serlo del todo.
-No me llames así, idiota. – Estiré el saco a su lado.
-Te he echado de menos todo este tiempo y me he aburrido un
montón. Desde que te fuiste los perros salvajes se largaron, como si nunca
hubieran estado allí.
Llevaba tiempo sospechando que los perros salvajes que
atacaban el pueblo no eran perros de verdad. Creo que eran bestias de Even,
como la que atacó a Dario la primera vez que estuvimos en esta cueva.
Involuntariamente miré hacia Dario para ver si le estaba atacando algo. En
cierto modo, no quería que me hubiese dejado acostarme con Liam. No es que no
me fíe de Dario, pero Liam sabe defenderse mucho mejor que él. Sacudí la
cabeza, a lo mejor de esa manera se me quitaba esa estúpida idea.
-Buenas noches, Liam.
-Alex ¿Qué se supone que debo soñar? –Me preguntó él; no me
molesté en abrir los ojos.
-Piensa en mi padre, con eso seguro que basta. – Susurré.
-Casi no me acuerdo de cómo era. – Susurró él en un tono como
si se estuviese disculpando.
-Yo no recuerdo casi nada de él. Pero supongo que servirá con
los fragmentos de recuerdos y mis versiones imaginarias de él.
-Buenas noches, Alex.
Cerré los ojos e hice aquello que tan bien se me daba: soñé.
Rescaté aquellos recuerdos perdidos en mi mente de mi padre.
Me vino a la cabeza uno en especial, el día que marcó mi existencia. El día que
mi padre puso en mis manos de niña de seis años un ejemplar del libro Viaje al
centro de la tierra, de Julio Verne y dijo:
-Alex, no creo que ahora lo entiendas, pero pronto lo harás.
Quiero que sepas que este regalo no es en sí el libro, sino lo que viene con
él. Te estoy haciendo el mejor regalo que podría hacerte, te estoy regalando la
imaginación y los sueños. Porque es lo mejor que tenemos en la vida, dicen
incluso que los sueños son el regalo de los ángeles para nosotros. Quiero que
leas, que imagines, que corras aventuras sin moverte del sillón. Quiero que
pase lo que pase uses tu imaginación y creas. Porque la magia existe. Los
libros son la puerta para llegar a ella.
Recuerdo como le miré con cara rara, porque yo era una niña y
apenas entendía lo que quería decirme. Pero como estaba tan emocionado, yo
también me emocioné. Corrí al sillón y abrí el libro: me pasé toda la noche
leyendo. Me gustó leer. Me enamoró. Porque lo que me había dicho mi padre era
verdad, había conseguido ir a Islandia, adentrarme en un volcán, llegar al
centro de la tierra, haber visto cosas maravillosas. Y no me había movido del
sillón. Había conseguido soñar despierta.
Al día siguiente había declarado a la biblioteca mi iglesia
particular. Mi pequeño paraíso. Fue el día en el que mi vida cambió por
completo, en el que descubrí que había un lugar al que realmente pertenecía, y
ese lugar realmente no existía.
Seguí soñando durante toda la noche. Imaginando como sería
esa ciudad subacuática, como sería mi padre. Me preguntaba si seguiría siendo
tan apuesto como lo recordaba o incluso más, como solía describirlo mamá cuando
se conocieron. Seguramente habría cambiado, estaría más viejo. Pero sobre todo
me preguntaba si seguiría siendo el mismo hombre que creí conocer, o si en eso
también me había mentido. Soñé que me estrechaba entre sus brazos y me
susurraba al oído que todo saldría bien.
Me despertaron unos gritos.
-Ahora – Decía uno.
-Será mejor por la noche, así si hay alguien no llamaremos la
atención. – Dijo otro.
-¡Ahora! ¡No hay tiempo que perder! – Dijo uno más.
-Yo creo que sería mejor ir a comprobar primero. – Dijo otro
diferente.
-La habéis despertado, idiotas. – Dijo el último.
Me restregué los ojos, somnolienta y bostecé.
Lo primero con lo que me topé fue con la cara de los cinco
mirándome, pero lo que realmente llamó mi atención fue el exterior de la cueva:
se extendían kilómetros de arena blanca, de un color puro y fresco. El agua
lamía la orilla con un murmullo relajante, de azules y violetas que yo jamás
había visto. Una línea blanca como la nieve coronaba las olas; no conseguía
distinguir donde empezaba el cielo y donde terminaba el mar. Y se olía a sal y
algas en el ambiente, era un olor agradable por raro que parezca.
Me levanté de un salto.
-Buenos días, bella durmiente. – Me saludó Liam dándome un
beso fraternal en la sien.
Pude apreciar como de los ojos de Dario saltaban chispas.
-¿Sobre qué discutíais? – Pregunté, evitando mirar
directamente a mi novio.
-Pues Loray cree que es mejor meternos en el agua por la
noche, por si hay secuaces de Ella vigilando, para que no nos vean. – Dijo Gus.
-Sí, pero si nos metemos en el agua por la noche, será mucho
más difícil nadar en la oscuridad. – Explicó Elliot.
Me froté la barbilla en una pose muy pensativa.
-Ambos tenéis razón. – Dije tras haberlo pensado.
-¿Entonces qué hacemos? – Preguntó Gus. - ¿Cara o cruz?
He de reconocer que incluso llegué a plantearme la idea. Pero
era de esperar, me acababa de despertar.
-No podemos dejar una elección así en manos de una moneda. –
Exclamó Dario razonando, algo que mi mente todavía no conseguía. – Propongo
esperar unas horas y vigilar; si no hay indicios de espías, partiremos después
de mediodía. Si hay movimiento, partiremos por la noche.
Loray bufó, apartándose con el gesto un rubio mechón de la
cara, pero no le quedó más remedio que aceptar.
Elliot y Gus simplemente asintieron. Liam ni se molestó.
Me acerqué a mi novio dando pasos cortos y me apoyé en su
hombro.
-¿Hay algo para comer? – Le pregunté a Dario en el oído.
-No lo sé. ¿Por qué no le preguntas a tu amigo? – Respondió
sarcástico
Sonreí con malicia.
-Porque de lo que yo tengo hambre él no puede dármelo.
Vi como sus ojos se iluminaban poco a poco, y luchando contra
el impulso de quedarse enfadado conmigo y no mirarme, giró la cabeza hacia mí.
Le di un mordisquito en la nariz, lo que a él me respondió con un beso. Nos
besamos durante un rato aprovechando que Elliot se había ofrecido para hacer la
primera guardia y no podía vernos. Además, quería a Liam, era mi mejor amigo y
lo apreciaba demasiado, pero quería dejarle claro que mi corazón latía por
Dario y solo por Dario.
Nos separamos cuando mis tripas rugieron cual león
hambriento.
-Creo que tenías hambre de algo más. – Dijo Dario dándome una
palmada en el trasero para que me moviera.
Le enseñé la lengua.
Saqué de una mochila, no preguntéis de quien era, un poco de
pan y fruta deshidratada y me los comí encantada. Di un par de sorbos a la
botella de agua y me senté entre Gus y Dario a esperar.
Nos pasamos el rato diciéndonos entre nosotros la cantidad de
cosas que podían salir mal de todo aquello. Buen método para calmar los nervios
¿no creéis?
Llegaron las once y media (lo que calculamos como las once y
media, a ninguno se nos había encendido la bombilla y no nos habíamos llevado
un reloj reloj) y según Elliot todo estaba en calma. Loray, desconfiada, salió
a fuera y lo barrió todo con la mirada.
-Parece que todo está en orden. – Dijo, y por primera vez,
leí preocupación en sus ojos.
-Pues no hay tiempo que perder- Dijo Liam, con el mismo
nerviosismo que la rubia.
Elliot me tendió un neopreno y me miró con los ojos
entrecerrados.
-Que las chicas se cambien dentro de la cueva y nosotros
fuera. – Dijo, echándole una mirada significativa a su mejor amigo.
-¿Por qué? – Preguntó éste con una mirada de lo más inocente.
-Yo tampoco lo entiendo. – Dijo Liam, mirando a su vez al de
la mirada inocente.
Gus miraba de un lado a otro como si estuviese observando un
partido de tenis. Una gran sonrisa divertida se asomaba en su rostro.
-¡Oh no! ¡Y una mierda! – Exclamó Dario cogiendo a Liam por
el codo. – Tú te largas de aquí pero ya. – Y ambos salieron fuera de la cueva.
Elliot le siguió, aún con la mirada desconfiada puesta en
ambos y Gus, mientras, se partía la caja.
Cuando ya nos hubimos colocado el neopreno Loray y yo,
ayudándonos la una a la otra, cogimos las bombonas de oxígeno y las aletas y
las gafas. Salimos al exterior donde los chicos nos esperaban.
Las olas comenzaron a rugir. Como si nos estuviesen dando la
bienvenida.

Jajajaja es verdad, en ningun libro a no ser que sea de biologia viene nada referido a la regla jajajaja me di cuenta de eso hace tiempo
ResponderEliminarMe ha encantado el capitulo la ultima la parte jajaja, que desconfiado es Elliot pero con razon y Gus el pobre seguro que se mareo
Y te digo una cosa, chicos como Dario ya no existen jajajaja
Besos, Andea
Dudas existenciales que tengo jajaja
EliminarCierto no existen jajaj por algo es ficiticio. Me alegro de que te gustara
Un beso