¡Buenas tardes gente tras la pantalla! He aquí el capítulo 41, que ya sé que lo he hecho esperar un poquitín. A partir de ahora, para que lo tengáis en cuenta, la subida de capítulos será los lunes, que es el mejor día que tengo, ya que por el horario que tengo no me suelen mandar mucha tarea. Ya sé que la mayoría lo prefiere en fin de semana, porque es cuando mejor les viene, pero es que los fines de semana es cuando me dedico a escribir el mayor número de entradas posibles, para ir colgando durante el resto de la semana, al igual que cuando también escribo los capítulos siguientes, porque, en realidad, la historia todavía no está acabada de escribir. Una cosa más, aprovecho, para decir, que he cambiado un poco la página de reseñas, ahora las reseñas están organizadas por orden alfabético (Solo el título principal, los subtítulos tipo, CdS -ciudad de ceniza, ciudad de crital, etc.- están colocados según el orden para leer) Y he actualizado la página de frases con algunas nuevas. Bueno, creo que no se me queda nada por deciros. Lo de siempre, leed, difrutad, COMENTAD y espero que os guste.
Lo más gracioso de todo era que… ninguno sabíamos cómo llegar
hasta mi padre.
-¿Y ahora qué? – Preguntó Loray.
Tenía que admitir que no era la rubia que me esperaba (a
pesar de haber intentado ligar con mi novio), había sido amable con lo de mi
madre y había sido la primera que se había ofrecido voluntaria para
acompañarnos (sin contar con Dario, pero era obvio que él iba donde fuera yo,
quisiese o no) Y me parecía una tía legal. Aún así no soportaba su
endemoniadamente chillona voz. Y tampoco que a pesar de haber caído
directamente en el polvo tuviese el pelo impecable, al contrario que el mío,
que seguramente parecería que pajaritos habían anidado en él.
-¿Alguien sabe cómo salir de aquí? – Preguntó Elliot.
-¿Vosotros aparecisteis aquí la primera vez, verdad? – Nos
preguntó Gus.
-Cierto. – Contestó Dario.
-¿Y cómo salisteis?
-Pues… ¡Por la cueva! – Exclamé al recordarlo.
-¿La cueva? – Dijo Elliot enarcando las cejas.
-Sí, pasamos la noche en una cueva y a la mañana siguiente
aparecimos en una selva. – Le expliqué.
-¡Claro! – Exclamó Gus. – Mónica nos lo enseñó en clase. En
algunos puntos de Even existen “puertas” para salir directamente a otro sitio.
No siempre vas a dar al mismo sitio. Puede que al entrar en la cueva no
lleguemos a la selva, sino a… la montaña o al pueblo. Son una especie de
portales que los primeros magos en Even crearon para despistar a los
depredadores en caso de que alguien se perdiese.
-Inteligente idea esa. – Dijo Loray. - ¿Y dónde está esa
cueva?
-Subiendo. – Dije y me puse a caminar. (A correr más bien)
Intenté no mirar mucho el paisaje: todo negro y carbonizado,
decorado con el manto que la muerte había dejado a su paso. Sentía escalofríos
solo de pensar en lo que alguna vez pasó por aquí. En lo que una vez Ella hizo
para convertir un bosque en un cementerio como este.
Llegamos a la cueva relativamente rápido. Sin decir nada,
todos cogimos las mochilas que habíamos cargado con víveres y cada uno extendió
su saco de dormir y nos repartimos el trabajo: Gus haría guardia, Loray y Elliot
irían a buscar leña, o algo que se pudiese quemar para dar calor y Dario y yo,
ya que éramos los únicos que habían estado aquí, exploraríamos un poco el
terreno en busca de alguna posible amenaza. Si Ella podía ponerse en contacto
con nosotros cuando quería y averiguar dónde estamos, sería de esperar que
hubiera algún secuaz suyo.
Caminamos en silencio recorriendo la cueva con un perímetro
de un kilómetro, un silencio que me resultó algo incómodo. Una de las veces
intenté cogerle la mano a Dario, pero él se apartó bruscamente. Eso me cabreó y
me ofendió a partes iguales. Y yo no quería cabrearme, así que cogí mi arco, me
adelanté un poco y concentré mis sentidos en cazar. No conseguiría ningún
animal, por lo menos no uno comestible, pero el ponerme en “Modo cazadora” me
relajaba, aunque sonara contradictorio. Y entonces deseé no haberme puesto a
cazar, porque cuando coloqué una flecha en el arco y lo tensé me vinieron miles
de imágenes de Liam y yo en el bosque, él cubriendo mis espaldas y yo las suyas,
corriendo juntos por las longitudes del espeso bosque, gritando de júbilo
cuando le dábamos a una ardilla. Como él me miraba sorprendido cuando yo
conseguía darle a una ave en movimiento, a pesar de que ya lo había visto miles
de veces antes, él seguía mirando el ave y mirándome a mí como si fuese la
primera vez que lo veía.
-Le echo de menos. – Pensé en voz alta.
Dario apareció detrás de mí.
-¿A tu novio? – Preguntó con sarcasmo.
-Pues ahora que lo preguntas, sí. Echo de menos a mi novio.
Te echo de menos a ti ¿Por qué estás tan distante?
-¡Oh vamos! ¡Por favor! Ya sabes muy bien por qué estoy así.
-Si lo supiera no te hubiera preguntado. – Ya me estaba
empezando a enfadar de verdad, y la paciencia no es una de mis virtudes.
-Bueno, pues discúlpame si no llevo bien eso de que te beses
con otro.
Joder. Lo sabía. En el fondo, no me sorprende que se pusiese
así, era un poco de esperar. Pero solo en el fondo.
-¿Y vienes a sacar el tema ahora? – Pregunté atónita; ninguno
gritábamos, pero era evidente que si alguien se acercase, sabrían que nos
estamos peleando.
-Bueno, no me gusta que te beses con otro, y bueno, ¿sabes?
No soy tan mala persona como para reprochártelo cuando acabas de sufrir una
pérdida.
-O sea que cuando me consolabas en realidad no sentías lástima,
sino que estabas siendo educado a pesar de que estabas enfadado conmigo ¿es
eso? Porque si es así, me parece muy hipócrita por tu parte.
-¿Estás tonta? ¡Claro que no es así! Vale, sí, estaba
enfadado, más que enfadado ofendido, pero se me olvidó todo en cuanto vi por lo
que estabas pasando. Lo que pasa que ahora me lo acabas de recordar y… yo solo…
quiero saber por qué. – Casi se me parte el alma al escuchar su voz rota.
-Yo… - Ni si quiera sabía que decir.
-¿Te gusta? ¿Le sigues queriendo? ¿Preferirías estar con él?
– A cada pregunta se le empañaban más los ojos; el azul mar cubierto por las
cristalinas lágrimas. Yo estaba a punto de echarme a llorar como una magdalena.
-Sí que le quiero Dario. – Respondí. – Pero como amigo.
Siempre ha estado ahí, es mi mejor amigo, nada más.
-Pues el saludo que empleó no me parecía de “solo amigos”
-Eso es… fue una despedida. Él sabía antes de preguntarme que
estaba enamorada de ti. Y él… una vez me gustó y supongo que yo a él también.
Bueno, creía que me gustaba, en realidad no sé muy bien que fue. ¡Tal vez las
hormonas! Te quiero solo a ti, Dario Barbanti. Liam es mi amigo. Ya no pienso
en él de ese modo, lo veo como a un hermano.
-¿Y él como te ve a ti? – Ya no estaba enfadado, se lo
notaba, pero sí celoso.
-Me ve… ¡pues con los ojos! – Me lanzó una miradita. – no sé cómo
me ve él. Pero jamás pasará nada entre nosotros. Estoy contigo.
-¿Para siempre? – Lo preguntó de manera tímida.
-Hasta que te hartes de mí. – Le aseguré.
-¿Y cuando tú te hartes de mí?
-Jamás me hartaré de ti.
Me abrazó muy fuerte. Como si no quisiera que me esfumara.
-¿Por qué últimamente no hacemos nada más que discutir? –
Susurró contra mi pelo
-Porque tenemos miedo y eso hace que nos enfademos con
nosotros mismos y lo pagamos con los demás.
-No me gusta sentir miedo. – Dijo mirándome a los ojos.
-A nadie le gusta sentir miedo. Pero no podemos ponerle
remedio. Incluso algo tan horrible como el miedo puede ser bueno: el miedo es
el factor que nos hace quedarnos en un lado de la línea, sino tuviéramos miedo,
la cruzaríamos y entonces no nos importaría nada, ni si quiera morir, porque no
le tendríamos miedo a la muerte. Para mí esa es la peor de las enfermedades, el
no temerle a nada.
Dario se me quedó unos largos segundos mirándome. Luego me
besó, por un rato largo y pausado, como si fuera nuestro primer beso y se
estuviera asegurando de que todo estaba bien.
Me dio un besito en la nariz y volvimos a la cueva donde
Elliot y Loray ya habían vuelto con un par de troncos negros para quemar. ¿Se
puede quemar algo que ya está quemado?
-A ver, esto funciona así. – Explicó Gus. – Para que la
puerta nos lleve directamente hasta tu padre y no a donde ella le dé la gana
hay que pensar en ese sitio donde está él. Propongo que durante la noche
intentemos soñar con él y ya mañana apareceremos allí, así estaremos
descansados.
-¿Y dónde están vuestros padres? – Preguntó Loray.
-Donde el Gran Guardián – Respondí, no sabía donde era
exactamente eso, pero era lo único que sabía. – en la Biblioteca de Even o algo
así creo.
-Mierda. – Murmuró la rubia.
-¿Qué? ¿Qué pasa? – Intervino Elliot.- Es una biblioteca, el
entorno perfecto para nuestro fantasmita y el causante de su obsesión por la
lectura.
-¿Quién es nuestro fantasmita? – Preguntó Gus frunciendo el
entrecejo.
-Yo – Dije. – Y ya te he dicho que no me llames así, no me
gusta ese mote tuyo. Y papá no fue el causante de mi obsesión ¡Que no tengo una
obsesión! Simplemente me gusta disfrutar de un buen libro, igual que otros
disfrutan de películas.
-Pero es que las 24 horas del día de los siete días de la
semana de las cuatro semanas al mes de los doce meses al año de todos los años
que llevo de vida te he visto con el morro metido en un libro. – Exclamó mi
hermano.
-Pues… bueno. Me gusta dejar la mente libre para que busque nuevos
mundos. Me gusta sentir empatía con los personajes de las historias y además,
quién eres tú para decirme que tengo una obsesión por los libros cuando tú
mismo eres el que me ha regalado la mayoría que tengo en casa.
Seguimos así un poco más, discutiendo por una tontería porque
ninguno queríamos ceder: yo no quería reconocer que mis libros eran mi escudo
contra el mundo exterior y Elliot no quería reconocer que le gustaba que yo
tuviese la mente tan abierta ante tantos mundos. Era cierto que él me había
regalado un montón de libros, y que todos me habían encantado desde la primera
hasta la última página. Pero eso, tampoco íbamos a reconocerlo: yo no iba a
decir que me gustaban sus regalos y él no iba a admitir que se esforzaba en
encontrar uno que me gustara.
-Bien vale, dejémoslo. Pero todavía no entiendo por qué ese
“mierda” – Dijo imitando la voz de Loray. – Es solo una biblioteca, aburrida y
silenciosa, no hay más.
-Esa aburrida y silenciosa biblioteca se encuentra en la
sombra de la colina en el territorio Salvaje de Even. La puerta solo puede
acercarnos hasta las afueras del territorio. Luego tendremos que ir a pie.
-Territorio Salvaje, tampoco suena tan mal. – Dijo Dario no
muy convencido.
-No lo entendéis ¿verdad?- El rostro de Gus se había quedado
lívido. – El Territorio Salvaje no está ni en la tierra ni en el cielo.
-No lo entiendo…
-Está bajo el agua. – Respondió resoplando Loray.- Es una
ciudad bajo el agua, una especie de Atlántida. ¿Acaso alguno de vosotros dos,
Celestiales, tiene el poder de respirar bajo el agua?
Me encanta !!
ResponderEliminarquiero que sea lunes ya, quiero el siguiente capitulo.
Es genial, en serio.
Me alegro mucho de que guste, gracias
EliminarUn beso
Genial, supongo que el poder de respirar bajo el agua lo tendrá Alex no??
ResponderEliminarBueno besos, Andrea
No creas, no me gusta eso de escribir lo que se espera.
EliminarUn beso
Bajo el agua o.o (lose mi comentario super corto, pero que mas decir, si ya dije que me encanta como escribes!)
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