Juguemos con los tópicos.
Todas esas historias en las que una chica de 16 años
descubre que es más importante que el presidente de estados unidos y que
además, debe de tener ascendencia alienígena porque tiene súper poderes. De
repente, los descubre, se asusta, pero decide hacer lo correcto y emplearlos en
hacer el bien. Además, se fabrica un traje súper mono y sexy de licra (máscara
incluida) y se pone un nombre obvio acorde con sus poderes y hala, a salvar el
mundo.
Si las historias reales fuesen así, sería más fácil.
Tendríamos cientos de películas como manual de instrucciones que nos indique
como reaccionar, qué hacer y a dónde ir en caso de que tu vida cambie
drásticamente. Así evitaríamos que muchos adolescentes acabasen en el manicomio
por no soportar la presión de tener que salvar el mundo y aprobar el examen de
historia a la vez.
Si sus padres adoptivos (porque un superhéroe con padres
no es un superhéroe creñible) le revelasen sus dones desde niño, nos
ahorraríamos mucho relleno al comienzo de la historia hablando sobre traumas
infantiles, bullyng escolar y amores incomprendidos de la infancia.
Y por eso y porque nuestros padres nos han enseñado nuestra partida de nacimiento, nuestros sueños de ser súper héroe se han ido por la borda. Gandalf, eres mi última esperanza, te espero con ansia.
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