New chapter, my dear readers. Oh my god! ¡Qué dominio del inglés! Comencemos otra vez con la relación inestable de Aria y Dael. Por lo que veo os gustó bastante el capítulo anterior, aunque Aria fuese un poco cruel dejando plantado a Dael. Pero creo que así es el amor: cruel.
Cambiando un poco de tema ¿Os gusta el nuevo diseño del blog? Sé que lleva así desde el miércoles pasado, pero las entradas que se subieron ya estaban programadas entonces y no os lo había preguntado. ¿Qué opináis? A mí me enamora, de verdad, es tan hermoso y profesional. Por supuesto darle mil millones de gracias a Gin R. Buitrago porque me ayudó con su magia de html. Me gustaría que fueséis a su blog heysoulhipster.blogspot.com y le déis muchísimo amor.
Por cierto, la entrada del viernes "Adolescencia", los que dijeron que era una imagen muy buena... sí, era una foto, pero lo escribí yo. Lo que pasa es que tuve que escribirlo en paint porque blogger no me dejaba poner las frases de esa manera. Nada más aclarar eso.
Ya ya dejo de daros la vara. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.
Dael
Estuve todo el día de mala leche.
Me levanté enfadado con el mundo, sentía que éste me
había arrancado aquello que más quería, que me había arruinado mi momento
feliz. Y supongo que en cierto sentido tenía toda la razón.
Por un momento comprendí por qué Aria siempre era tan
borde, por qué siempre llevaba el ceño fruncido en su rostro, por qué estaba
enfadada con el universo.
Ese momento se pasó rápido.
No solo estaba enfadado con el mundo, también le culpaba
a él por el dolor que sentía. No culpaba a Aria; ella misma me lo había
explicado, no quería enamorarse en tiempo de guerra, tenía miedo, y la
entendía, no la culpaba por ello. Aún así su beso… y como se marchó después…
dolió. Fue lo más doloroso que he sentido, comparaba el dolor con la pérdida de
mis padres.
Culpaba al cielo por ser tan… no encontraba insultos que
comprendiesen mi odio.
Y por eso estaba de muy mal humor. Con el mundo. Porque
ellos habían hecho el mundo tal y como era.
Y por eso cuando me encontré con los primos en las
taquillas ni los saludé. Mientras íbamos a biología, Verónica me hablaba, y yo
apenas respondí algún que otro monosílabo (o gruñidos, con el cabreo me había
dado por gruñir cual perro). Me preguntaron si me pasaba algo y yo les respondí
algo así como que el mundo era una injusticia que albergaba vida (con el cabreo
también me daba por decir cosas profundas y poéticas)
No respondí a nada en clase, a pesar de que el profesor
siempre me miraba esperanzado de que resolviera sus preguntas, las cuales la
mayoría de la clase no parecía ni si quiera entender.
La única clase en la que no me sentí como si odio líquido
corriese por mis venas (ni como si me hubiese tomado veinte tazas de café, el
cabreo me hacía sentir hiperactivo), fue la clase de música. A pesar de mi
miedo, Aria apareció, tarde como siempre, pero apareció.
Ninguno dijo nada relacionado con la noche anterior. Tan
solo ensayamos la canción. Sin embargo, cada vez que movía sus labios, no podía
olvidar como me sentí en contacto con ellos. Fue un beso corto, un roce. Pero
en ese momento me había sentido como si el mundo no fuese un lugar tan
horrible, me había olvidado de las guerras y de que mi cabeza tenía premio para
antiguas razas de ángeles y demonios. Me había olvidado de que había sido
traicionado incluso por mis propios padres, de que era un marginado social en
el instituto…. De todo. Solo había sido consciente de aquellos lugares en los
que nuestros cuerpos estaban en contacto: sus manos en mis hombros, las mías en
su cintura, su pecho contra el mío, mis labios con los suyos…
Quise decir algo antes de que acabara la hora y ella
marchase a su clase y yo a la mía. Siempre podía esperarla a la salida, pero
temía que se fuese corriendo, huyendo, como anoche. Pero cuando quise darme
cuenta ya se había acabado y ella se había ido.
Luego la vi en clase de matemáticas. Y puedo decir que
era Aria en estado puro: borde y malhumorada hasta niveles insospechables. Me
supuse que era por el mismo motivo que yo: el mundo era una mierda. Aunque
claro, el rechazado era yo, no ella.
Puede que no la culpase. Pero supongo que sí que estaba
enfadado con ella. Al fin y al cabo, ella estaba en el mundo, y yo odiaba a
éste. Incluido a mí.
-¡Dael! – Gritó Verónica desde el otro lado del pasillo;
escuché sus pasos mientras correteaba para alcanzarme. - ¿Qué es lo que te
pasa? ¿Por qué estás tan molesto?
-No me ocurre nada. – Respondí sin volverme a mirarla,
sin parar de caminar.
-Es por Aria ¿verdad? Ayer saliste con ella y hoy estás
de mala leche. Te lo dije, ella es mala, no es para…
Me di la vuelta rápidamente. Vero frenó a tan solo un
paso de mí, con la sorpresa reflejándose en su rostro, las palabras
desvaneciéndose en sus labios. No me había percatado de lo bajita que era hasta
ahora.
-Deja a Aria. No es como piensas.
Los ojos de Verónica, que antes brillaban de miedo y
suficiencia, una extraña mezcla, se estaban ablandando.
-Dale, soy tu amiga, puedes contarme qué es lo que te
pasa. – Su voz sonó incluso dolida, como si le doliera el hecho de que le
estaba ocultando aquello que tanto mal me hacía por dentro.
Por más ganas que tuviese de confesárselo, de pedirle
ayuda, consejo. De decirle por lo que estaba pasando y de que no quería pasar
por ello yo solo… no podía. Decir algo sería tener que revelar toda la
historia, y no podía hacerle eso a Aria.
Por muy enfadado que estuviese con ella en ese momento no
pensaba traicionarla. Sobre todo porque aunque ahora mismo quisiera matarla,
por encima de todo la amaba. Puede que incluso más que ayer. A pesar de que me
rechazase. Aún veía un futuro en el que los dos íbamos de la mano mientras nos
cargábamos ángeles con la otra. En esa fantasía también había una pistola
futurista muy chula y Aria iba sin camiseta, pero esos eran detalles del sueño
que no venían a cuento.
Quería estar con ella y no me iba rendir todavía.
-Lo siento, Vero. No puedo decírtelo.
Antes de que pudiese replicar o se le rayasen los ojos y
me recordase a una indefensa niña pequeña a la que te es imposible negarle
nada, me di la vuelta y me marché.
Iba a esperar a Aria. Iba a hablar con ella. Iba… no sé
que iba a decirle, pero tal vez no hiciesen falta muchas palabras. Tal vez
fuese ella la que hablase.
Esta vez no salió la última de todo el instituto (sí que
tardó), pero por lo menos no se estaba escondiendo. Cuando me vio chasqueó la
lengua con fastidio, pero no salió corriendo.
-¿Y bien? – Estaba recostado contra la pared con los
brazos cruzados sobre el pecho.
Ella sabía que quería hablar. Y sabía que no iba a parar
hasta que, por lo menos, se disculpase conmigo. También sabía que esta vez no
se lo iba a poner fácil. Esta vez, por muy colado que estuviese por ella, mi
enfado era mayor, y si Aria era borde, yo podía serlo más.
-Supongo que llevas esperando todo el día para que te de
una bonita explicación acompañada de una sincera disculpa. – Se colocó en
frente mío, cerca, pero a una distancia prudencial. Cruzó los brazos sobre el
pecho.
-No esperaría menos.
-Pues sigue esperando. – Contestó; su rostro: una máscara
de indiferencia. – Puedo disculparme por haber desaparecido, y lo siento de
verdad porque sé que huir de esa forma te hizo daño. Pero no puedo darte más
explicaciones a parte de las que ya sabes.
Di un paso hacia ella, de manera que apenas nos separaban
unos centímetros (la acera era pequeña y si Aria daba un paso atrás se estaría
tirando a la carretera por la que pasaban coches a toda prisa sin mirar a los
peatones que se lanzaban a ella)
-Dime que no te gusto lo suficiente como para afrontar tu
miedo y aceptaré tus disculpas, todo volverá a ser como antes del beso. – Fui
consciente de que mi voz era apenas un susurro. A nuestras espaldas los alumnos
del instituto se despedían en la puerta entre ellos para poner rumbo a su casa.
Vi por el rabillo a Verónica y Zennon, quienes nos miraban como si Aria y yo fuésemos
un reality show de lo más interesante. Nadie más nos prestaba atención.
-Yo…
-Aria. – Una voz cortó la respuesta de Aria.
¡Mierda! Estaba seguro que me iba a confesar su amor
eterno ¿Quién era ese tío vestido con una gabardina y por qué la llamaba como
si fuese una reina y temiese faltarle el respeto?
-Kaydeen. – Aria en su lugar, pronunció su nombre como si
se tratase de un molesto primo lejano al que apenas conoces y del que no tienes
buenos recuerdos.
-¿Este es el tío del que me hablaste? ¿El que te dijo
todo lo de la guerra y el humano especial? – Recordaba que me había contado que
un tipo de veintipocos la había esperado en la puerta de su casa para
advertirla. No sabía cómo se llamaba. Pero dudaba que Aria conociese a muchas
personas.
-Sí, es él. – Se giró hacia Kaydeen con cara de pocos
amigos (la versión de Aria, y dado que se pasaba el día con esa cara, su
versión daba más mala espina). - ¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí?
-Te dije que vendría si tenía noticias. – El tipo llevaba
unas gafas en cuyo cristal azulado podía reflejarme. No me gustaba la sensación
que tenía cuando una persona podía verme los ojos pero yo a ella no.
Aria miró a todos lados. Prácticamente se había ido todo
el mundo. Solo quedaban algunos aletargados y los primos, que no dejaban de
mirarnos, al parecer para ellos, el show se estaba poniendo interesante.
-Aquí no. – Declaró Aria. – Síguenos.
Fuimos hasta la trasera del colegio. Mi coche estaba
aparcado allí, pero ni loco le iba a decir a ese tipo que entrase en él.
Hice como que no me di cuenta cuando vi a Verónica asomar
su cabecita rubia por la esquina.
-¿Habéis averiguado algo? – Preguntó Kaydeen quitándose
las gafas para dejar ver unos luminosos ojos verdes.
¡Atten! Ya te dije que no era nada... Mil gracias por decirlo xD muchos besotes, y me alegro mucho de que te guste el diseño<3
ResponderEliminarPor que?!?! Por que siempre tienes que dejarlo en el momento mas interesante?? Un poco de intriga vale, pero esto es pasarse, me estoy muriendo. Como el siguiente capitulo no este a tiempo, ya puedes andarte cn cuidado ¬¬. El capitulo genial como siempre.
ResponderEliminarBesos, Llara.