Bueno, ya está, he salido del anonimato, sabéis mi nombre. Me siento rara. ¿Qué no sabes como me llamo? Eso es que no has leído la primera entrada de la nueva sección "Diario de una Artista", así que estás tardando: LaArtista, encantada Bueno, después de esta dosis de spam gratuito y sano, os dejo el capítulo para que lo disfrutéis y lo améis. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. (Alguien me puede decir en qué momento decidí que esa sería mi coletilla)
Dael
-Buenos días, príncipe azul. – Fue lo que primero oí
mientras intentaba despegarme de los últimos vestigios del sueño.
Curiosamente, no había tenido pesadillas aquella noche. O
por lo menos no demasiadas y no tan espantosas como solían ser.
Parpadeé varias veces antes de abrir por fin los ojos
lentamente. La imagen era hermosa: Aria sentada con las pálidas piernas
estiradas en el borde del sillón, sujetando un móvil en la mano, aún vestida
con la bata. Incluso recién levantada y con los pelos revueltos, me parecía la
persona más sexy del mundo.
-Buenos días. – Levanté los brazos por encima de la
cabeza y me estiré. - ¿De dónde has sacado el móvil?
Lo bloqueó y me miró.
-Lo trajeron esta mañana, junto con la ropa y un desayuno
que a pesar de venir de la cocina de un hotel de lujo sabe a cartón.
-¿Tan malo está? – Pregunté entre bostezos. Sabía que la
comida de aquí no era demasiado buena, pero no recordaba hasta que punto.
-A cartón. – Repitió. – Además de que está imbebible ¿Por
qué todo el mundo tiene la asquerosa manía de calentar la leche? – Chasqueó la
lengua realmente molesta.
-¿Todo lo comes frío? – Le pregunté.
-Si lo intentase comer caliente, podría morirme.
-¿Incluso la carne? ¿La comes cruda?
Me dio un cogotazo.
-Como las cosas frías, pero no soy caníbal. Las caliento
y luego espero a que se enfríen.
-Yo no soportaría vivir así: huyendo del calor. – Volví a
estirarme.
-Calla y levanta.
–Dijo tomando ejemplo y poniéndose en pie.- Voy a ir al baño, voy a
vestirme en el baño, y voy a tardar menos de dos minutos, tiempo del que
dispones para cambiarte tú. Si en dos minutos no estás listo, me iré sin ti.
-No conoces Londres, sin mí te perderías. – Sonreí
triunfante.
-¿Sabías que si corres muy, pero que muy rápido puedes
caminar sobre el agua? – Se me difuminó la sonrisa. – Si no te andas, me vuelvo
a Francia sin ti.
Toda la Aria amable que había visto ayer por la noche,
había desaparecido. Aunque no del todo. Supongo que Aria era esa mezcla entre
amabilidad y estado de odio con el mundo todo el tiempo.
Recogió su ropa oscura de la cama y ondeando el cabello,
se metió en el baño.
En cuanto se cerró la puerta y perdí de vista sus largas
piernas contoneándose, reaccioné y corrí hacia la cama donde también se
encontraba mi ropa. Por más prisa que me daba en vestirme, parecía que el
tiempo corría más deprisa. Se me enredaron los pies tres veces mientras me
subía el pantalón.
-¡Tiempo! – Gritó Aria justo antes de salir del baño.
Juraría que había pasado apenas un minuto.
Para mi suerte, solo me faltaba ponerme la camiseta, lo
cual no era nada incómodo.
-Eso ha sido menos de dos minutos. – Le recriminé.
-Pero te has dado prisa. – No me miraba a los ojos, sino
al abdomen.
-Diez segundo más y podría haber acabado. – Sacudí la
camiseta en el aire para hacerla entender a qué me refería.
-Yo creo que estás bien así. – Abrí la boca lentamente;
ella captó mi asombro y alzó las cejas para luego sonreír de medio lado.
-¿Acabas de decir que…? – Yo seguía en estado de shock
ante su confesión, pero por dentro estaba dando botes de alegría. La estaba
conquistando, lo estaba consiguiendo.
-No pienso decirlo en voz alta. – Se dio media vuelta, no
sin antes sonreírme con malicia. – Coge el resto de tus cosas, vamos a que me
invites a comer comida de verdad.
Dando saltos de alegría en mi interior, me puse la
camiseta y cogí el abrigo. La perseguía escaleras abajo mientras ella huía a
velocidades vertiginosas riéndose.
-¿Cuánto más vas a esperar a que se enfríe?
-¡Todavía está ardiendo!
-Han pasado casi treinta minutos. – Le recordé mirando la
hora en el móvil.
-Pues sigue ardiendo ¿Acaso quieres que me queme y todo
yo arda en llamas?
-¿Podrías arder en llamas?
-No lo sé, ni quiero comprobarlo. – Juntó los labios y
sopló suavemente el café.
Habíamos entrado en un Starbucks que no estaba demasiado
lleno para desayunar algo. Habíamos pedido dos cafés bien fuertes para despejar
la mente y dos muffins, yo uno de chocolate y Aria otro de arándanos. Yo ya
había casi terminado el café y había devorado el muffin. Aria le daba pellizcos
al suyo y todavía no había probado su bebida. No sé cómo no le desesperaba la
espera a empezar a comer.
Nos habíamos sentado en una mesa pegada a la ventana, y la lluvia azotaba el cristal
como si quisiera romperlo. El cielo estaba exactamente igual que ayer: negro
como la boca de un lobo. O como la mirada de Aria. Dudaba que anoche hubiera
parado de llover en algún momento.
-Si hiciera mejor tiempo podríamos ir a Hogwarts. –
Comenté.
-¿Hogwarts? – Aria casi se atraganta con su pedacito de
muffin.
-Sí. Al parque temático de Harry Potter que está en
Londres.
-Pero si tú eres un…
-¿Muggle? – La corté. – Lo era, o bueno, lo sigo siendo,
pero estoy en proceso… Me he leído el primero libro.
Miró a ambos lados.
-¿Esto es una broma? – Volvió a mirar, esperando ver la
cámara oculta.
-Claro que no. – Le respondí intentando aguantar la risa.
– Cuando me llamaste muggle en el aula de castigos decidí leerlos, y la verdad
es que me arrepiento de no haberlo hecho antes.
Soltó el muffin pellizcado sobre la bandeja y levantó los
brazos.
-Espera, espera, espera. ¿Te has leído los libros por mí?
– Me preguntó mirándome directamente a
los ojos.
-Para que después digan que no hacemos locuras los
hombres enamorados. – Le pegué un trago al café.
-Tú no estás enamorado de mí. – Declaró inmediatamente,
esta vez, muy seria.
-Si lo que necesitas es que te lo demuestre, dímelo.
Estaré encantado de demostrártelo con un beso.
Mi intención era quitarle un poco de peso al asunto.
Porque era verdad que estaba enamorado, y estaba seguro de que Aria había
tenido que lidiar con aquella situación más de una vez, con más de un millón de
chicos diferentes. Pero en aquella ocasión parecía nerviosa: en cuanto mencioné
la palabra “beso”, se había mordido el labio inferior y había apartado la
mirada.
No dijimos mucho más mientras esperábamos a que el café
de Aria se enfriase lo suficiente para que ella se lo pudiese beber.
Por mi parte, el silencio no era incómodo, yo disfrutaba
de la compañía de Aria fuese como fuese. Pero a ella se la veía inquieta.
Nerviosa tal vez. Por mi cabeza no dejaba de dar vueltas la misma cosa: me
gustaba. Aria Gómez me gustaba mucho. Me encantaba. Definitivamente me
enamoraba. Estaba enamorado de ella. Y poco a poco yo había conseguido abrirme
paso hasta traspasar su coraza. ¿Me correspondía? Puede que todavía no. Pero
por lo menos creo que podía decirse que éramos amigos. Y de la amistad al amor
solo quedaba un paso. Un paso muy difícil que no sabía si yo conseguiría dar.
Pero que aún así lo intentaría. Poco a poco. Sin prisas. Por ella podría
esperar hasta la siguiente vida. Hasta el fin del mundo.
El cual seguramente llegaría pronto si la guerra que
estaba a punto de desatarse la ganaban los ángeles.
-Voy a llamar a Thomas para decirle que comunique al
instituto que vamos a faltar. – Saqué el móvil del bolsillo del pantalón. Miré
la hora. – Aunque supongo que de eso ya se habrán percatado al no vernos en las
dos primeras horas.
-La señora Moretz se va a cabrear mucho por haber faltado
a su clase. – Dijo Aria, bebiendo, ¡por fin!, su café. – Y el dúo es para nota
y nosotros apenas hemos ensayado.
-Por apenas te refieres a nada. – Yo apenas me sabía la
canción.
-Tranquilo, jamás he ensayado una canción antes de
representarla y siempre he sacado sobresalientes. – Dijo con seguridad
recostándose en el asiento. – Lo más difícil es adaptar la canción para que sea
un dueto. Y eso se termina en una tarde. Tenemos tiempo de sobra.
La miré alzando las cejas, pues no me quedaba demasiado
tranquilo. Puede que ella fuese una diosa y cantase como los ánge… A veces se
me seguía olvidando que ella era un demonio. Bueno, el caso es que yo sí que
necesitaría ensayar algo más para poder subirme al escenario con un mínimo de
confianza.
Antes de que mi cabeza divagase más, marqué el número de
mi casa. Al tercer timbrazo lo descolgó Thomas.
-¿Sí? – Se escuchó su gangosa y educada voz al otro lado
el teléfono.
-¿Thomas? Soy yo, Dael. Verás, como has podido comprobar
seguimos en Londres, y no conseguiremos llegar hasta por la tarde noche ¿Puedes
llamar al instituto e informar de nuestra ausencia?
-Señorito Bellanger, le alegrará saber que en el
instituto ya están alarmados de su falta de asistencia. Al igual que sus padres
están al tanto de que aún siguen en la ciudad londinense. – Una pausa, en la
cual me llevé una mano a la boca y comencé a morderme las uñas. – Pero no debe
preocuparse, su padre está de acuerdo en que se haya tomado un día de relax.
Suspiré de alivio.
-Gracias Thomas. Otro favor más, ¿podrías comunicarte con
la tía de Aria y decirle lo que ha sucedido?
Miré hacia Aria, quien le estaba dando los últimos sorbos
a su café.
-La Señorita Gómez debe quedarse tranquila, ya he
informado a su tía de lo ocurrido anoche. A su regreso, no será arrestada por
el inconveniente surgido.
-Thomas, siempre estás en todo. Gracias.
Después de advertirme que esa noche debía estar en
Francia, pues si no era así la tía de Aria sí que se enfadaría, colgué, pagué y
salimos del bar.
-¿Quieres seguir investigando en la Biblioteca? – Le
pregunté a Aria, hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
Miró a la calle, luego a mí, y de nuevo a la calle.
Suspiró.
-Creo que deberíamos encargarnos primero del coche,
llamar a una grúa o algo. La investigación puede esperar, lo importante es
saber cómo volver a casa. Si no estoy en mi casa a las siete de esta tarde, mi tía
me matará de una de las pocas maneras de las que se puede matar a un demonio:
la decapitación.
Tragué en seco al hacerme una imagen en la cabeza.
-Aunque llamásemos a una grúa, nos queda el detalle de
cómo volver, porque estoy casi seguro de que al coche le hicieron algo más que
pincharle las ruedas para que no funcionase.
-¿Tienes dinero? – Preguntó incómoda, no sabiendo que
respuesta esperar.
-El suficiente para comprar otro coche. – Respondí
cruzando los brazos sobre el pecho.
-Podríamos volver en tren, en uno de los vagones. Dijiste
que pagando un poco más podíamos ir sentados en un vagón.
-Cierto, lo dije. Claro que tengo dinero para eso.
-Entonces mueve el trasero ya y vamos a comprar los
billetes. – Me dio un empujón en el hombro para moverme. Un empujoncito que
habría sido cariñoso y coqueto si no fuese porque Aria, al mínimo toque,
desprendía una fuerza brutal.
-¿Puedo cogerte de la mano?
-A veces me entran ganas de pegarte.
Se paró un momento y arrugó la nariz.
-¿No huele raro? – Preguntó, y por la cara que ponía, me
dio a entender que no era un olor “peligroso”, como el de los ángeles.
-Puede que sea yo, no sé cómo pero ayer acabé metido en
un contenedor de basura.
Aria se rió y me cogió de la mano para tirar de mí.
Que monos son.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho comi siempre.
Besos Artista, Andrea.
PD: se me ha olvidado decirte en la entrada anterior que molaría qur acabaras siendo una gran escritora y que me leeria tus libros ;)
Dios QUE MONOS. Cada día me gusta más esta pareja *-* kahskahakakajskakalqk Ariel forever.
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