Capitulo 32: Dael

13/10/14

¡Buenas mis queridos lectores! Nuevo capítulo, este es un poco más larguillo, lo cual supongo que os gustará más, y además, es... mmm... como decirlo sin spoilearos nada... Bueno, particularmente me gusta mucho, porque es el comienzo de algo que se está formando poco a poco. #ShippeoAriel Bueno, sin enrollarme más, os dejo el capítulo, recordad ¡Mañana el blog cumple dos años! Aún se aceptan sugerencias para la entrada especial. Lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste.




Dael

En cuanto mencioné mi apellido los ojos de la chica de recepción se agrandaron, y antes de que pudiera decirle cuánto nos hospedaríamos, ya me estaba entregando las llaves de una de las suite e indicándole a un botones que nos acompañara hasta ésta.

No esperaba menos de la suite: una amplia habitación que se dividía en comedor y cuarto, todo junto. Las paredes empapeladas con una decoración floreada, pero no demasiado recargada. Moqueta en color crema, arañas de cristal colgando del techo, decoraciones en dorado, una cama que parecían tres y un sillón donde podríamos haber dormido los dos sin tocarnos de haberlo querido. Y eso que no habíamos visto el baño, pero yo ya sabía que podríamos haber hecho unos largos en la bañera.

Sin embargo, a pesar de que para mí esa suite no era nueva, Aria la observaba como si se tratase del palacio de Buckingham.

-¿Tanta habitación para solo pasar la noche? – Preguntó rascándose la nuca.

-No la vamos a pagar. – Respondí encogiéndome de hombros.

-¿Qué? – Su voz se elevó tres octavas.

-Esta suite es de mi padre. La compró. No hay que pagar por quedarte en algo que es tuyo. – Le expliqué.

Aria hizo ademán de replicar algo, pero lo dejó en un vago gesto y se dirigió para ver el baño.

-¡Aquí cabe un barco! – Exclamó, y supuse que ya había visto la bañera.

La seguí hasta el baño y la vi observándose frente al espejo, intentando colocar su enmarañado cabello de alguna manera que solo ella entendía.

-¿Te vas a bañar? – Le pregunté.

-¿Por qué? – Preguntó a su vez.

-Porque si no lo vas a hacer tú, lo hago yo.

Frunció los labios y miró otra vez la gigantesca bañera.

-Pero no tengo nada para ponerme luego. Y no voy a ducharme para ponerme la ropa llena de barro de nuevo.

Esta vez fruncí yo los labios. Fui de nuevo a la habitación y abrí el armario empotrado. Encontré dos batas de seda: una de hombre y otra de mujer. Volví al baño con ellas en la mano.

-Puedes ponerte esto para dormir. Mandaremos la ropa a lavar y mañana la tendrán lista para irnos. – Le tendí la bata.

La cogió, observando la fina tela de la que estaba compuesta. Sabía lo que se le estaba pasando por la cabeza, pero no dijo nada al respecto. Y yo ya me estaba haciendo una visión de su cuerpo cubierto por esa fina bata.

-Sal para que pueda bañarme. – Me ordenó.

-Cuidado y no te ahogues.

Mientras salía del baño pude escuchar como soltaba un bufido al intentar reprimir una risa.

En el tiempo que Aria estuvo en el baño (el cual no fue poco), me dediqué a observar por la ventana y a intentar distinguir tres cuerpos que se asimilasen al de nuestros perseguidores. No me había dado tiempo a verles el rostro, tampoco las circunstancias me hubieran dejado. Solo sabía que eran tres, que eran altos, que tenían brazos que parecían piernas y que por lo menos uno de ellos tenía barba. Aunque estaba seguro de que si me los volviese a encontrar por la calle los reconocería.

-Ya está libre.

Me di la vuelta medio dormido, solo para quedarme aún más embobado al ver a Aria cubierta por un pequeño albornoz de color rosa pálido, con una toalla en la mano e intentando secarse el larguísimo pelo.

Creo que balbuceé algo antes de entrar; tal vez una disculpa inentendible por haberme quedado mirando sus kilométricas piernas.

Me duché en vez de bañarme. Solo quería quitarme el olor y la mugre. Y además, necesitaba volver al lado de Aria y aprovechar la vista todo lo que pudiese.

Me la encontré observando la ciudad a través del cristal por el que las gotas de lluvia hacían carreras hasta desaparecer de la vista.

-Eh. –Dije para hacerle saber que estaba en la habitación.

-Eh. – Respondió, acompañando el monosílabo con un gesto de cabeza.

-¿En qué piensas? – Pregunté mientras me echaba en la cama tan largo como era.

No sabía si la vista sería agradable: llevaba un albornoz tan solo unos centímetros más largo que el de Aria, y yo no había conseguido atarlo de tal manera que me cubriese el pecho, así que lo llevaba al descubierto. Tan solo tapaba lo esencial.

-En nada y en todo. – Se dio la vuelta y se sentó a mi lado en la cama, pero sin tocarme. Me miraba las piernas, igual que yo miraba las suyas, aunque estaba seguro de que no se pasaba lo mismo por nuestras cabezas.

-Eres muy específica. -Ironicé

Suspiró.

-Estaba pensando en que la lluvia hace que todo se vea de un modo diferente, como si todo pareciese marchito y roto, y que esa visión me parece hermosa. También pensaba en que aquellos tipos eran ángeles y que nos tuvieron que perseguir desde París. – Me miró y alzó las cejas. – Y en que cantas mejor en la ducha.

-Canto mejor cuando estoy desnudo.

-¿Estás sugiriendo hacer la actuación de dúos sin ropa? – Los labios se le torcieron en una sonrisa de medio lado.

-Si lo que estás sugiriendo es que nos acostemos, solo tienes que pedírmelo. – Sonreí yo.

Ella echó la cabeza hacia atrás y rió en voz alta, sin embargo yo podía apreciar como sus mejillas se habían sonrosado un poco.

-Ya quisieras, príncipe azul. Pero tendrás que esforzarte más; hay una larga cola de chicos que esperan a que les diga que sí. Y entre tú y yo, no tengo intención alguna de decírselo.

-¿Me estás diciendo que nunca te has acostado con nadie?

-¿Por qué te interesa tanto? – Respondía a mis preguntas con más preguntas, pero con ellas me daba una respuesta que había que leer entre líneas.

-Ya sabes por qué me interesa.

Me miró con los ojos entrecerrados durante unos segundos que me parecieron minutos, pero en absoluto me sentía incómodo.

-No, no me he acostado con nadie. – Fui a replicar pero me cortó como si me hubiese leído la mente. – Con Axel tampoco. Ya te he dicho que somos solamente amigos.
-He oído otra cosa por ahí. – Me mordí el interior de la mejilla.

-¿Lo has oído de la boca de las mismas personas que te llaman pringado?

-Lo he oído de labios de Verónica. – Repuse. A pesar de que no la conocía de hace mucho, me fiaba de su palabra.

Aria bufó al escuchar el nombre de la otra chica.

-¿Qué pasa? – Pregunté incorporándome.

-¿De labios de esa? El decir que Axel y yo estamos juntos es su pobre excusa para decir que él no le hace caso porque está absorto en mí. Es mentira. La realidad es que Axel pasa de ella porque Verónica no es lo suficientemente mujer para pelear por él. Y a Axel le gusta que peleen por él.

Me incorporé apenas apoyándome en los codos. Moví la cabeza hacia un lado para apartarme el flequillo mojado de la cara.

-Al parecer no soy el único que se ha dado cuenta de eso.

-¿De qué Verónica es una mojigata? – Arqueó las cejas.

-No. De que Axel es un chulo presumido.

Pensé que me iba a pegar, pues estaba criticando a su mejor amigo (posible novio sin confirmar) Pero en su lugar echó la cabeza hacia atrás y se rió con ganas. Tanto, que acabó acostada a mi lado sujetándose la barriga.

-Tienes razón: Axel es un presumido. – Concluyó; luego puso los ojos en blanco. – Y un celoso. – masculló.

-¿Qué? – La había escuchado perfectamente, pero quería comprobar si me lo repetía o simplemente se le había escapado decirlo en voz alta.

-Nada. Que tu amiguita debería aprender a dejar de ser tan cobarde si quiere tener algo con Axel. – Se le había escapado decirlo en voz alta.

Me encogí de hombros e hice nota mental para mantener una conversación con  Verónica. No sabía si la aceptaría con los brazos abiertos, éramos amigos de apenas semana y media, pero esperaba que confiase en mi palabra lo suficiente para hacer caso de mis consejos si es que quería tener algo de verdad con Axel.

-¿Qué tiene que tener un chico para que te fijes en él? – Pregunté al cabo de un rato.
No sé de dónde sacaba esa dosis de valentía y estupidez para logar hacerle preguntas de ese tipo. Aria debía confiar mucho en que yo fuera el humano de la profecía para no haberme dado ya la patada.

Alzó la cabeza apoyada en la cama para mirarme: sus profundos ojos negros me observaban como si quisieran descifrar algo. No entendía que se le pasaba por la cabeza. Nunca la había entendido y seguramente nunca lo haría.

-¿Qué crees tú que debe tener un chico para que me guste? – Preguntó. Debería cansarme su forma de responderme con nuevas preguntas, pero era Aria Gómez, nada de ella podría cansarme nunca.

-Al parecer tiene que ser un chulo, según he podido comprobar por Axel. – Dije, más para mí que para ella. Cada palabra iba empapada en veneno.

Un cojín impactó en mi cara.

-He dicho que no estoy con Axel y como vuelvas a insinuarlo, la próxima vez será mi puño el que aterrice en tu cara. Y no es una amenaza, es una promesa.

Le devolví el cojín el cual se puso bajo la cabeza para apoyarse.

-Creo que te gustan irónicos. – Declaré después de pasarme un tiempo pensando.

-¿Eso crees? – Me miró con una ceja enarcada y una sonrisa pugnando por aflorar en sus labios.

-Sí, y creo que también te gustan los que no se callan lo que piensan, los que son sinceros con el mundo y consigo mismos. Los que no tienen vergüenza a ser quiénes son y se aceptan tal cual. Los que tienen la mente abierta y no se dejan cegar por las emociones. Los que son valientes. Y como añadido, si le gusta el negro mejor ¿no es así? – Sonreí en su dirección esperando una respuesta.

-¿Eres consciente de que te estás describiendo?

-¿Piensas que soy valiente?

Se giró en la cama para mirar al techo en vez de a mí.

-Aunque no quiera reconocerlo, la prueba está en que sabes que  soy un demonio y no huiste de mí en cuanto te lo dije ¿Sabes cuántas personas habrían salido corriendo con tan solo haber llegado a plantearse tu absurda teoría del vampiro?

-Entonces soy tu chico ideal.

-No te gusta leer. – Declaró, como si esa fuese la condición principal a tener en cuenta para poder pedirle una cita.

-Pero me gusta el negro en compensación.

-Eres tan tonto. – Suspiró.

-Sí, creo que también te gustan los tontos. – Me incorporé hasta quedarme sentado.

-No me gustas; ni ahora, ni nunca. – Dijo muy seria; tragó en seco y evitó mi mirada.

Era tan buena mintiendo que era demasiado fácil pillarla cuando lo hacía.

-Eso ya se verá. – Me levanté de la cama, dando por zanjada aquella conversación. Si seguíamos hablando había dos posibles salidas: que acabase enamorándola y nos enrollásemos en aquella habitación de hotel muy al estilo comedia romántica americana, o que me diese una patada para cerrarme la boca. Solo por si se daba la casualidad de que ocurriese la segunda opción, decidí callarme. Ya seguiría conquistándola mañana al despertar.

Miré el reloj: tan solo eran las diez y media. Me acerqué al teléfono.

-¿Qué vas a hacer? – Preguntó Aria desde la cama, jugando con su largo cabello haciendo trencitas en él.

-Pedir a recepción que se comuniquen con Thomas y le avisen de que estamos bien y de que pasaremos la noche aquí. – Descolgué el teléfono. – Y de paso decirles que me consigan un móvil para mañana estar comunicados. Por si nos volviesen a perseguir ángeles cabreados ¿Por qué nos perseguían a nosotros? ¿Es la primera vez que se cruzaban con un demonio?

Aria permaneció pensativa, enrollando y desenrollando mechones entre sus finos dedos, hasta que terminé de hablar con la recepcionista. A cada palabra que decía, ella me contestaba “Por supuesto, señorito Bellanger” En momentos como aquel, me enorgullecía de haber tenido la suerte de recibir aquel apellido.

-Creo que los enviaba Gabriel. – Dijo cuando colgué.

-¿Gabriel el ángel supremo?

-Gabriel el hijo puta que desterró a mi raza del cielo, sí. Ese Gabriel. – Especifico con una sonrisilla falsa.

Yo me rasqué la nuca con aire pensativo. Si yo creía que al principio Aria me odiaba, era porque no la conocía: lo que profesaba hacia los ángeles era cosa de un nivel de odio superior.

-¿Y por qué los habrá enviado detrás de nosotros?

-Seguramente sospeche que eres el humano de la profecía. – Respondió mosqueada.

-¿Cómo? No se ha acercado ningún ángel a mí como para sospechar. – Dudé. – No se ha acercado ninguno ¿verdad?

Me miró con cara de pocos amigos.

Algo nuevo que acababa de aprender de Aria: podía pasar de estar de buen humor a estar enfadada nuevamente con el mundo con solo mencionar la palabra ángel.

-Tus padres. Son ángeles. – Dijo como si fuese la cosa más obvia del mundo.

A mí casi se me había olvidado ese detalle.

-Tienes razón, yo… - No sabía que contestar a eso. Me sentía muy incómodo pensando en mis padres como en ángeles, seres de otra raza que estaba doblegando a personas inocentes como lo eran los demonios. Sabía que mis padres no eran buenos, pero yo me esforzaba en pensar que sí, quería creer que cuando me recogieron del orfanato lo habían hecho porque habían visto algo en mí, amor, cariño, simpatía aunque fuese. Ahora dudaba, y me preguntaba si desde un principio ellos habían intuido que yo era ese humano especial. Porque no había otra opción, tenían que haber sido ellos, no me había acercado a ningún otro ángel, de ser así Aria lo habría olido y me lo habría dicho.

Estaba frustrado. Desconsolado. Ya no sabía que pensar ni si quiera sobre mis padres. Quizás ni sobre mí mismo.

-Eh… - Aria elevó un brazo, como si quisiera tocarme; en el último momento lo dejó caer a un costado, y yo deseé que no lo hubiera hecho.- Lo siento, se me olvida que para ti todo esto es nuevo y que debe ser muy difícil.

-Y una vez más Aria Gómez se disculpa ante un tonto príncipe azul. – Incluso yo noté como mi voz sonaba cansada, pero por muy atrofiada que tuviera la mente, no iba a desperdiciar el tiempo que tenía con Aria.

Y menos con Aria cubierta por una corta bata de seda rosa.

-¿Estás bien? – Me preguntó. Esta vez sí elevó la mano para tocarme el hombro.

El gesto me llenó de sentimiento.

-Solo cansado. –Respondí, pero sonreí.

-Pues será mejor acostarnos a dormir, mañana aprovecharemos que seguimos en Londres para investigar un poco más.

Se revolvió en la cama hasta colocarse en la otra esquina, retirando las mantas y dejando espacio. Me quedé pasmado mirando la cama.

-¿Te vas a acostar o no? – Dijo Aria juntando los labios y mirándome a la espera de que reaccionase.

-No. – Contesté lentamente.

-¿No? Creía que querías acostarte conmigo. – Hizo una mueca de superioridad.

-Sí, quiero. Y mucho. – Le aseguré.- Pero solo cuando tú digas sí. Y no quiero quedar como un pervertido que se mete en tu cama “solo para dormir” cuando yo mismo sé que en cuanto pueda te meteré mano. Tú lo has dicho, soy un príncipe, un caballero: dormiré en el sillón.

No dejé que replicara. Cogí una manta y me fui a dormir al sillón. Apagué las luces con el mando a distancia.

Justo cuando estaba cerrando los ojos, Aria dijo:

-Dael

Fui plenamente consciente de que me llamó por mi nombre.

-¿sí?

-Esto sí compensa el que no te guste leer.

Sonreí. Al fin y al cabo, aquel viaje tenía como objetivo, más allá de averiguar cualquier cosa sobre la guerra, intentar hacer ver a Aria que yo era más de lo que se veía. Y lo estaba consiguiendo.

Poco a poco la iba a ir conquistando.


2 comentarios:

  1. He conocido tu blog a través de Books are Oxygene y me parece interesante la historia, así que te sigo y me la iré leyendo desde el principio :)
    ¡Besos!

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  2. Ahhhhhhhhhhi que monos, que kukis, que de todo.
    Me ha encantado, este es, de momento, mi capitulo favorito
    Besos Artista, Andrea

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