Capítulo 31: Aria

6/10/14

¡Hola! ¿Qué tal? Espero que de una pieza. Bueno, antes de dejaros el capítulos de hoy decir unas cosillas: la primera, que me he apuntado al concurso que organiza mi querida amiga Gin de su blog Hey, soul hipster!, es un concurso de relato con unos premios fantabulosos, todo el que escriba y quiera animarse, que pase por su blog a ver las bases y se apunte. La otra cosilla es que participo en una iniciativa llamada  Random Blog, del blog Books are oxygen, el banner está en el lateral izquierdo del blog, pincháis en la imagen y os llevará a la entrada de su blog donde lo explica todo. Espero que os paséis por ambos y os animéis a participar en el concurso y si tenéis blog, también la nueva iniciativa. Ahora sí, lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. 




Aria

Sabía que ese olor era malo. Sabía que por culpa de ese olor se arruinaría la tarde. Sabía que por culpa de ese olor acabaríamos huyendo. Pero lo que no sabía era que los que nos iban a perseguir iban a ser ángeles.

Me había hecho una idea de que la tarde acabaría con nosotros huyendo hacia una comisaría, ya que nuestros perseguidores habrían intentado atracarnos.

Pero en cuanto vi el coche y las ruedas rajadas, sabía que algo iba peor de lo que pensaba.

Y cuando por fin fui capaz de ponerle nombre al olor que llevaba atormentándome todo el día, había sido demasiado tarde, y los teníamos pegados a los talones.

Doblamos la esquina, solo para dar a una avenida repleta de transeúntes. Bingo. Aunque fuesen seres alados, aquí no les servía de nada: les costaría dar con nosotros si nos perdíamos en la multitud. Claro que contaban con la ventaja de los sentidos súper desarrollados, pero eso era algo que compartíamos; estábamos en tablas.

-No me sueltes bajo ninguna circunstancia. – Le ordené a Dael, e hice que se aferrara a la capucha de mi chaqueta como si le fuese la vida en ello. Puede que sí fuese así.

La gente nos miraba de manera raro mientras pasábamos como una exhalación a su lado, pero nadie comentaba nada ni intentaba detenernos.

Procuré arrimarnos lo máximo posible a puestos de comida basura o perfumerías; incluso hice que una dependienta nos rociara con la colonia que estaba dejando de muestra. Así les costaría mucho más encontrarnos siguiendo nuestro olor.

Pero a pesar de nuestros esfuerzos por camuflarnos, no conseguíamos perderlos de vista. Cada vez que Dael decía:

-Creo que ya se han ido.

Volvían a aparecer detrás de nosotros como un fantasma. Entonces yo mascullaba un silencioso “mierda”, volvía a coger a Dael y nos arrastraba a algún lado, huyendo. Lo más probable era que estuviéramos más que perdidos, o que hubiéramos estado dando vueltas al mismo edificio, porque no tenía ni idea de a donde me dirigía cuando echábamos a correr, solo trataba de alejarme de aquellos mal nacidos.

Una de las veces, paré en un callejón, muy al estilo como los que salen en las películas americanas, para dejar descansar a Dael. Yo podía seguir con aquello durante horas y no cansarme nunca, pero era consciente de que para él no era tan fácil. Además, yo necesitaba tiempo para trazar un plan para conseguir librarme de aquellos tipos.

-No, no. – Negó Dael con la cabeza entre jadeos. – Si nos paramos nos cogerán. Yo puedo seguir, no te preocupes.

Tenía la cara completamente roja y el flequillo empapado a causa del sudor.

En ese momento el cielo, que se había pasado el día cubierto por negruzcos nubarrones, decidió que era el momento de desatar su furia, y en un momento había cubierto  de agua la ciudad londinense. Solo hizo falta un segundo para que la ropa se nos pegara al cuerpo y el cabello nos chorreara.

-Siéntate. – Le ordené. Yo también jadeaba, pero no a causa del cansancio, más bien se debía a la adrenalina corriendo por mis venas.

-No, sigamos, yo…

-¡Siéntate! – Le grité.

Sabía que nuestros perseguidores no podían andar muy lejos, pero en ese preciso momento no era dueña de mí misma lo suficiente como para poder calmarme.

-Yo… - Balbuceó Dael; se deslizó por la pared hasta acabar sentado en el suelo.

Coloqué un contenedor maloliente de manera que nos ocultase. Sabía que eso tan solo nos daría un par de minutos de descanso, pero necesitaba ganar tiempo hasta saber qué demonios haría.

Me senté al lado de Dael, pegando las rodillas al pecho.

-¿Has llamado a Thomas? – Le pregunté.

Me miró antes de contestar; las gotas de agua le caían del flequillo para luego deslizarse lentamente por su rostro sonrosado.

-No me ha dado tiempo. Todavía no había marcado cuando empezamos a correr.

-¿Y a qué estás esperando para llamarlo ahora? – Mi yo borde natural estaba exhibiéndose. Y cuando todo aquello terminase no me enfadaría con Dael por reprochármelo. Al pobre se lo veía perdido.

Se metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón: la cara se le volvió tres tonos más pálida. En seguida comenzó a buscar en los demás bolsillos, en el bordillo del pantalón, en la chaqueta…

-No lo encuentro. – Susurró, más asustado que alarmado.

-¿Qué? – No pude evitar que mi voz sonará ocho octavas más aguda.

-Se me debió caer cuando me hiciste correr. – Dedujo.

-¿Me estás echando la culpa a mí?

-¡Aria! – Me cogió por los brazos. – Cálmate.

Le miré directamente a los ojos de color zafiro y… me relajé. Tenía razón, estaba tensa, nerviosa. Asustada. Y la estaba pagando con él, y no se lo merecía. Pero la frustración y el miedo no me dejaban pensar con total claridad. Que se aguantase. Cuando esto terminara pediría perdón de creerlo necesario, mientras tanto, tendría que aguantarme y obedecerme si quería salir de ésta.

-Y sin móvil, ¿tienes algún plan que quieras compartir? – Pregunté, apretando la mandíbula.

-Creo… creo que si llegásemos al Hotel Atlántida podría… podría pedir el teléfono y hablar con Thomas. – Dijo saboreando las gotas de lluvia que se deslizaban sobre sus labios. – Mi padre es prácticamente dueño del hotel, si digo ser su hijo puede que incluso nos dejen una habitación donde pasar la noche. Porque aunque llame a Thomas, seguimos sin tener ningún vehículo donde movernos hasta el tren para volver a Francia, y ya es casi de noche, lo más seguro sería esperar hasta mañana.

Procesé sus palabras, y a falta de un plan mejor, aquel me servía.

-De acuerdo, me vale. Tengo un plan. – Me levanté y miré por encima del contenedor hacia la calle: ni rastro de aquellos tipos. – Métete en el contenedor.

Me miró con el ceño fruncido. Se levantó y subió la tapa de éste. Antes de que pudiera protestar lo levanté en peso y lo empujé dentro. Salté detrás de él.

-¡Apesta! – Se quejó, mientras se ponía en pie dentro del contenedor.

-De eso se trata, así les costará mucho más captar tu olor.

Me acerqué a él, tanto que si hubiera hablado, podríamos habernos besado. En lugar de hablar, le olfateé: seguía atisbando ese olor que me recordaba a la Navidad, pero de una manera mucho menos intensa que de costumbre.

-Ahora atiende. ¿Sabrías llegar a ese hotel desde cualquier parte del centro de Londres?

Asintió enérgicamente.

-Me conozco Londres como si fuese mi segunda casa. Podría llegar desde cualquier lado.

-De acuerdo, escucha: cuando salgamos del callejón tendrás diez segundos para situarte, y luego otros veinte para darme las indicaciones exactas de donde se encuentra ese hotel. Luego me lo dejarás todo a mí.

-De acuerdo. Aria… ¿Qué te tengo que dejar, exactamente?

-¿Cuánto pesas?

-Pues… no sé… unos ochenta y dos kilos… ¿por? –La pregunta le cogió desprevenido. No me extrañaba.

-Pesas poco, no te preocupes. Lo tengo todo controlado. Ahora, salgamos. Recuerda: diez segundos.

Salimos del contenedor y exactamente como le había indicado, desde que pusimos un pie en la acera, fuera del callejón, Dael comenzó a mirar hacia los lados, al frente y a leer los carteles con el nombre de las calles.

Diez segundos exactos después, asintió y se volvió para mirarme.

-Estamos cerca. Hay que avanzar por esta avenida, en la primera esquina no, en la siguiente, giras a la izquierda y sigues recto. Lo que no me acuerdo es si es la segunda calle o la tercera después de eso. – Me miró decepcionado, o quizás asustado, de que me enfadase con él.

-Nos la jugaremos. – Le dije cogiéndole las dos manos.

-¿Qué vas a hacer? – Preguntó entornando los ojos.

-Písame y agárrate a mí. – Le ordené.

No hizo falta que se lo dijera dos veces: puso sus limpias zapatillas sobre las mías hechas polvo, y me rodeó la cintura con los brazos. Yo intenté hacer caso omiso a esa parte de mí que se estremecía con su contacto y eché a correr.

Corrí de verdad. Usando al límite mi velocidad. No me preocupa que alguien pudiese extrañarse, pues iba tan rápido que ellos me notarían como una brisa de aire.

Seguí al pie de la letra las indicaciones de Dael, y al llegar a aquel punto en el que él dudaba si la segunda o la tercera calle, decidí jugármela y meterme en la tercera; el tres había sido siempre mi número de la suerte.

Llegamos al hotel Atlántida.

Frené un par de metros antes de llegar a la puerta, por si en recepción estaban mirando hacia ésta y de repente veían aparecer a dos adolescentes asustados, malolientes y empapados de la nada.

Dael retiró sus pies de los míos, sin embargo, tardó un poco más en retirar sus manos de mi cintura. Yo fingí que no me daba cuenta.

-Resérvate todo lo que vayas a decir sobre lo impresionante que es y ve a conseguirnos una habitación. Ya tendremos tiempo luego.

A pesar de que ambos seguíamos temblando del miedo, sonreímos el uno al otro.
El botones parado junto a la puerta del lujoso hotel arrugó nariz cuando pasamos a su lado.

-Hola, quería una habitación. – Dijo Dael con toda la desenvoltura del mundo a la chica de recepción.

-¿Y quién es usted par…?

-Bellanger. – la cortó. – Mi apellido es Bellanger. Seguro que le suena.

La recepcionista abrió mucho los ojos y enseguida nos estaba dando una de sus mejores habitaciones.

  

2 comentarios:

  1. Bellanger, Dael Bellanger XD
    Me ha encantadoooo
    Besos Artista, Andrea

    ResponderEliminar
  2. Buah que capítulo más guay, ea a la basura! Jajajajajaja se está poniendo interesante :3

    ☆

    ResponderEliminar