Capitulo 7: Aria

26/5/14

¡Buenas mis queridos lectores! Y lectoras, of course. ¿Quién me lee más, chicos o chicas? Nunca lo averiguaré. En fin, aquí os traigo el capítulo 7, un capítulo que a mí particularmente me gusta mucho. La parte final del capítulo es... ya me daréis vuestra opinión. Siento no haber subido entrada el viernes ¿os he dicho que soy la persona más despistada que existe? Y encima ahora voy a entrar en periodo de exámenes, ya os podéis imaginar como está mi cabeza de liada. Bueno, no me enrollo más, lo de siempre: leed, disfrutad, ¡COMENTAD! y espero que os guste. 



Aria

Si bien normalmente las clases de matemáticas se me hacían largas y aburridas, esta se me hizo eterna.

No era que no entendiese el álgebra, todo lo contrario: lo entendía y me gustaba. Pero el profesor Celsius tenía la cualidad de hablar mucho sin decir nada. Era una cháchara constante que acababa moliéndote el cerebro hasta el punto de dormirte.

La primera norma para poder aprobar su clase era: si te sabes lo que va a explicar, lo entenderás, si no, suspenderás.

A eso le debíamos añadir la constante mirada del nuevo príncipe azul.

No era una mirada de adoración como las que recibía por parte de los de primer curso. La suya era una mirada curiosa, como si quisiera mirar en mi mente a través de mi pelo. ¡Ja!, como si fuera tan fácil. Axel se había pasado la vida intentando averiguar lo que pensaba a cada instante, intentaba adivinar mis pensamientos, como si saber lo que pienso en cada instante nos uniese más. No lo había conseguido aún. Mi cabeza, mi mente, era terreno prohibido, solo yo podía acceder. Y esa información privada no iba a compartirla con nadie.

A pesar de todo conseguí no desesperarme e, incluso, cogí algunos apuntes (emborronados y con jeroglíficos por caligrafía, pero apuntes al fin y al cabo)

Intenté ser la niña modelo que mi tía siempre me estaba pidiendo que fuese, todo para no sumarle horas al castigo.

Cuando me dirigía a cumplir penitencia, apareció Dael a mi lado. No dijo nada, simplemente se puso a caminar a mi lado.

-Mmm… ¿qué haces? – Le pregunté sin mirarle.

-Seguirte. – Respondió como si nada.

-Bien, Einstein, de eso ya me había dado cuenta yo. ¿Por qué?

-Tengo que cumplir castigo contigo. No sé dónde hay que ir.- Se encogió de hombros como disculpándose por ser una carga. De hecho era una carga. Puede que no me hubiese molestado el hecho de acompañar a alguien hasta la sala de castigo (dado que yo tenía que ir), pero solo por ser él se convertía en una carga tediosa.

-Pues camina y calla. – Le corté.

Todos estaban recogiendo para irse ya a sus casas. Saqué el móvil y miré la hora: las tres en punto.

El castigo duraba una hora, y necesitaría otra por lo menos para llegar a casa de Axel en skate. No estaba lejos, pero era en subida y no tenía más que una tabla con cuatro ruedas.
Decidí mandarle un whatsapp. A veces Axel era tan pesado como un padre.

“Entre rejas. Llegare a tu casa sobre las 5:30. No te desesperes”

Me contestó con un emoticono: una carita triste.

Sacudí la cabeza y sonreí, como si él pudiese verme.  Aunque el nuevo sí que me miraba. Se me apagó la sonrisa y seguí caminando con la cabeza alta.

-¿Otra vez, Aria? – Me saludó la Señorita Crazycat. En realidad no se llamaba así, en realidad no sabía cómo se llamaba, pero todos la habían apodado de esa manera porque tenía el aspecto de una viuda loca por los gatos; con sus ya cincuenta y cinco años o más, el cabello grisáceo y sus vestidos largos negros, que conjuntaban con su horrendo maquillaje oscuro.

-Traigo compañía. – Entré en la clase con confianza y dejé que el nuevo y la loca se presentaran.

Aparte de nosotros dos, solo había una niña de primero con una falda rosa muy corta que sospechaba, la habían castigado por enseñar las bragas a alguien. Tenía todo el aspecto que tendría una prostituta en la calle de detrás de mi casa.

Me senté en mi sitio de siempre: el más alejado de la mesa del profesor, en la última fila, en la esquina izquierda pegada a la pared.

Dael se sentó en el pupitre de al lado.

Bajé la cabeza y me di un golpe contra la mesa ¿Es que este día no se iba a acabar nunca?

-Parece un puto dementor. – Masculló Dael.

Mis sentidos se activaron; levanté la cabeza.

-¿Te gusta Harry Potter? – Pregunté sorprendida; no lo esperaba.

-He visto todas sus películas, son muy buenas.

-Agg. – Gruñí, volví a agachar la cabeza. – Muggle.

-¿Eh? – Entreabrí los ojos para verle la cara; su mueca era un poema.

-El hecho de que no sepas lo que es un muggle, te hace todavía más muggle. – Dije con la cabeza aún pegada a la mesa.

-Sé lo que es un muggle, pero no entiendo por qué lo dices. – Dijo muy calmado. Pude apreciar el intento de una sonrisa en sus labios, el intento de una sonrisa torcida. Él estaba disfrutando de la conversación, se sentía victorioso porque le estaba hablando.

Eso me cabreó.

-Háblame cuando aprendas a leer. – Le dije por último.

Una vez más, no volví a dirigirle la palabra en toda la hora.


Cuando salimos, la niña ligera de ropa de primero se fue en dirección contraria, probablemente a que su madre la recogiera en coche en la parte trasera del instituto: a mí también me daría vergüenza que mi hija se subiera vestida con esas pintas a mi coche. Así que me quedé caminando por los pasillos hasta la entrada principal, con el príncipe azul.

Al llegar al aparcamiento, Dael le quitó la alarma a un precioso porshe color rojo que se encontraba aparcado en la plaza más alejada. El color me recordó a mi adorada guitarra colgada en la tienda de segunda mano.

-¿Quieres que te lleve?

-¿Perdona? – Me quedé sorprendida por su oferta.

-Te vi esta mañana, casi te atropello. - ¡Hijo de puta, con que era él! –Vives cerca de mi edificio, supongo, o por lo menos en esa dirección. Te puedo acercar si quieres.

Se encogió de hombros, hundió la cabeza en la camisa. Tenía una pinta de pringado de los años ochenta, con la camisa de botones y el jersey de lana, los pantalones con la raya planchada y los zapatos relucientes. Podría haber encontrado miles de insultos solo sobre su ropa, pero no. A él le quedaba bien. Sus ojos profundos y su pelo despeinado pero peinado sin peinar… me parecía una combinación de lo más atractiva. Claro que si llevara ropa normal estaría mucho más bueno. Pero es que incluso con pinta de idiota estaba ya buenísimo. ¿Tendría músculos bajo la camisa? No sé por qué sospechaba que sí.

-No, gracias. – Respondí con una sonrisa falsa.-  Antes prefiero ir caminando con las manos.

Monté en mi skate y me fui sin mirar una sola vez atrás.


Tardé en llegar a casa de Axel. El muy pesado vivía casi a las a fueras. Tuve que ir caminando, porque al final ir en skate era todavía más lento.

A las cinco de la tarde ya se estaba poniendo el sol; el cielo se tornaba con pinceladas suaves de tonos anaranjados y rosas, con una capa violeta en lo más alto. Los edificios tenían las siluetas recortadas contra la luz, como si fueran planos y estuvieran pegados como adhesivos en el paisaje. Se respiraba tranquilidad en el aire.

No fue una caminata pesada, fue como un paseo relajado, disfrutaba del paisaje y de la tranquilidad. Axel vivía en un barrio muy tranquilo y muy bonito, todo lo contrario del mío. Los edificios aquí estaban organizados por colores, todos en todos rojizos, que iban del más fuerte al más claro. Había parques repletos de grandes y robustos árboles cada tres calles y los vecinos de por aquí eran gente agradable que te saludaban al pasar aunque no te conocieran de nada.

Yo vivía en plena ciudad, donde siempre hacía ruido y se respiraba a gasolina quemándose. Mi edificio estaba una calle antes que el callejón negro, como yo solía llamarlo. A él no acudían más que vagabundos y estafadores, y de vez en cuando, podías ver alguna ramera liándose con los estafadores.

Mi edificio y mi calle eran seguros, y se encontraba en una zona respetada, pero no me gustaba vivir cerca de un lugar tan siniestro.

Cuando llegué por fin al bloque de Axel, toqué el timbre diez veces seguidas antes de que me abriera.

-Pensé que no llegabas. – Me dijo mientras me dejaba pasar.

-Vives muy lejos. – Le contesté tirando mi mochila y mi skate en la entrada. - ¿Están tus padres en casa?

-Trabajan hasta tarde

-¿Vamos a tu habitación?

-Tardas en mover las caderas amiga mía

Me moví por su casa como si fuera la mía propia. Subí a su habitación y entré con total confianza.

Apenas me dio tiempo a darme la vuelta cuando los labios de Axel ya estaban pegados a los míos.

Le entrelacé las manos tras su cuello.

Era muy agradable besar a Axel, no era un beso ni baboso ni seco. Era perfecto, apasionado sin llegar a pasar los límites. Y sobre todo eso una ternura que sabía que era real y no fingida.

Nos movimos por la habitación hasta caer en su cama, donde él se quedó sentado en el borde y yo sobre su regazo.

Axel y yo no éramos pareja. Sí, nos estábamos dando el lote, pero no éramos pareja. Era una especie de acuerdo que habíamos pactado el segundo año de secundaria. Ambos estábamos rayados, cada uno por nuestros temas. Esa semana se iba a celebrar el baile de fin de curso. Sí, un baile, todo muy rollo americano, con reina y rey del baile, vestidos elegantes, peinados estrafalarios y profesores carabinas vigilando que nadie echara nada en la bebida. Ninguno de los dos tenía pareja: yo no tenía porque ningún chico era lo suficientemente bueno para mí y Axel porque no era lo suficientemente bueno para ninguna chica (por aquel entonces Axel era diez centímetros más bajo que ahora y le estaba cambiando la voz, por lo que soltaba unos gallos de lo lindo cuando menos te lo esperabas) Pero nosotros habíamos sido amigos de toda la vida, desde la infancia, por lo que no nos molestó ir juntos, como amigos habíamos dicho.

El caso es que el baile fue un rollo. La música que ponían daba sida a los oídos, era dubstep del malo. La comida sabía a cartón. Y todos nos miraban raro por estar allí juntos.

Así que decidimos irnos. Nos fuimos a la hora de haber entrado y nos metimos en su coche con la música bien alta, sacamos una botella de ron y bebimos mientras cantábamos a pleno pulmón.

A las dos horas, cuando ya no teníamos más alcohol y la gente empezaba a irse a sus casas, Axel me preguntó qué era lo que más había odiado de aquella noche.

-El haber tenido que haber visto bailar a Dan- le respondí. –Esa imagen me acompañará de por vida. ¿Y tú?

-El no haber tenido una cita de verdad. – Me contestó. – Quiero decir, que aunque el baile ha sido una mierda, si hubiera tenido una pareja habría aguantado, solo para que cuando nos fuésemos, poder haberla besado.

Guardó silencio durante un minuto entero, mirándose los pies. En ese minuto le miré. Le miré por primera vez y me di cuenta de lo guapo que era, que a pesar de que tenía acné y necesitaba un corte de pelo, era realmente guapo. Y aunque habíamos ido como amigos y no como pareja, me incliné y le besé.

Nos besamos durante un rato en la parte de atrás de su coche (bueno, el coche de su padre) y cuando nos separamos… nos empezamos a arrepentir de inmediato.

-Me gustas. – Me confesó. – Me gustas de verdad, Aria. Pero también me gusta mucho ser tu mejor amigo y no quiero que fastidiemos nuestra amistad si esto no funciona.

-Lo sé.

-Pero me gusta mucho besarte.

-Lo sé.

-¿Entonces qué?

Y ahí comenzó nuestro pacto. Acordamos que podríamos besarnos, que no teníamos por qué tener un problema por ello si a los dos nos gustaba. Pero no seríamos pareja, nos preocuparíamos por el otro y estaríamos ahí para animarle, pero porque eso es lo que hace un amigo. Y en el momento en el que alguno de nosotros se enamorase de otra persona, juramos por las alas del diablo que no nos íbamos a enfadar, que lo toleraríamos y que seguiríamos siendo amigos.

Era un pacto extraño y algunos si lo supieran, dirían que incluso es sucio, como si estuviéramos burlándonos del amor. Pero a nosotros nos iba bien, nos gustaba, así que  ¿por qué dejar de hacerlo?

-Me pones malo. – Susurró Axel contra mi cuello mientras lo besaba.

Abrí los ojos y vi la hora en el reloj que estaba colgado en la pared: las seis y media.

-Pues aprovéchame bien porque en breve me tengo que ir. – Dije señalando la hora.
Suspiró. Justo en ese momento se oyó la puerta de la entrada abrirse.

-No… - Se lamentó Axel.

-Se acabó tu tiempo, rompecorazones.

Me levanté de su regazo a tiempo antes de que su madre entrara en su habitación y me preguntara si me quedaría a cenar.


6 comentarios:

  1. No creo que Axel cumpla el pacto cuando Aria se vaya con Dael xD
    Porque se va a ir, ¿no?
    Genial el capítulo :3
    Saludos!

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  2. El capítulo está genial, como siempre. Me ha gustado el momento de asqueroso muggle jajajaja pero con cariño. Habría sido un momento incómodo si la madre los pilla jajajaj
    Besos Artista, Andrea

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  3. JAJAJAJA el momento muggle me encanta. Mae, escribes genial en serio *-* Axel y Aria amigos con derecho a roce e.e xDDD

    Me ha gustado mucho este capítulo :3

    ☆

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  4. hoola!! siento no haber comentado en los otros capitulos pero queria hacerlo en este no se el final del seis ya me dejo super enganchada pero este ha sido el remate, me encanta dael y axel son amor( ojala hubiera chicos asi en el instituto...) en fin, que amo tu nuevsa historia, porfavor sigueeeeee jajaja un besoo

    pd me encanta el nuevo diseño del blog:)

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    1. A mi tambien me ha encantado el capi y el diseño eres asombrosa¡¡¡
      besos

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  5. Ay me gusto el cap aunque no creo que Axel le agrade Dael y cumplir el trato gracias por el cap, y a mi también me gusto el nuevo diseño del blog

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