No recordaba mucho. Solo detalles fugaces, escenas borrosas. Lo que si recordaba con claridad era el fuego.
Empezaba con llamas pequeñitas, las más jóvenes de la familia comenzaban a titilar. Era todo un espectáculo, ni las bailarinas del ballet ruso lograban saltos y giros tan precisos y armoniosos, una danza rítmica, exótica y letal. Daban salto de un lugar a otro: primero caían del cielo como estrellas fugaces, luego abrazaban las casa, pidiendo entrar a gritos, quizás no querían seguir en el ballet, quizás solo querían bailar con tranquilidad en compañía de alguna buena familia. Pero nadie les abrió, y por eso se enfadaron. Y cuando las llamitas jóvenes se enfadan, llaman a las llamas mayores, y esas no solo abrazaban las casas, sino que las estrujaban y aplastaban, y las demolían y derrumbaban.
Recuerdo las llaman danzar sobre toda la ciudad, pero aquello ya no era un baile caótico y armonioso. Se había convertido en una danza tribal y grotesca, con movimientos bruscos y destructivos. Tanto eran así, que acabaron con las casas y las familias, acabaron con la ciudad entera y parte de los campos. Nadie quiso abrirles las puertas y nadie sobrevivió.
Nadie excepto yo. Eso es todo lo que recuerdo.
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