Capitulo 14

13/1/13

Bueeeeeeenooo!xD Aquí está si por fin!:D Tarde pero por fin llegó, *Redoble de tambores por favor* ¡EL CAPITULO 14! Jajaja. Bueno no me enrollo mas lo de siempre, gracias por leer, comentad disfrutad, y sed buenas personas en la vida :D





Enseguida escucho los ronquidos como los de un gatito, que claramente sé que son de Dario. Los escucho cerca de mi oído por lo que sé que se ha arrimado a mí para dormir (y no es que me importe, que digamos). También se escuchan los jadeos de la perra y el roce de su cola contra el suelo. Entre tanto ruidito, por insignificante no podría dormir. Pero esta noche es diferente. Esta noche caigo en un sueño profundo, incluso más profundo que cuando Atara me drogaba para acabar con el dolor de mi herida envenenada.

Una chica muy hermosa aparece en mis sueños. Tiene la tez muy blanca, incluso más que la mía. Y su pelo de un rubio tan puro, que casi parece blanco, cae lacio por su espalda descubierta. Lleva un bonito vestido de un azul grisáceo, como la nieve manchada de carbón. Es palabra de honor, y lleva la espalda descubierta hasta la altura de la cintura de donde sale un cinturón ancho de seda, de todos los tonos de blanco trenzados. A partir de ahí cae en cascada hasta el suelo. Y sus ojos… son dos perlas negras, son increíblemente de un negro tan profundo, que parece no tener iris. No puedo evitar compararla con la reina blanca, la reina del hielo como la que sale en los libros de Narnya (lo sé no puedo evitarlo, los libros son parte de mí). A pesar de que es realmente bella y cualquiera se hubiera hipnotizado de su belleza, aunque a mí me da mala espina. Percibo en ella cierta maldad. Como si un aura de oscuridad, negra como sus ojos, la cubriera. Una maldad insuperable, siento que es una persona con ansias de dominación, siento que ella… ¡ELLA! Es esa bruja malvada de la que nos hablaron los hermanos cuando nos conocimos en la pradera. Esa bruja que desea matarnos ante cualquier otro deseo. Veo que Ella está cambiando. Su sonrisa malévola pero amable, se curva para formar una expresión de desprecio. Abre la boca para enseñar dos afilados colmillos como los de un vampiro. Dos colmillos tintados de rosa. Sus ojos se tornan para inyectarse en sangre. Junto con su pelo que comienza a arde hasta quedar del color del alquitrán. Acaba de pasar a ser la reina de nieve a ser la malvada bruja que podría pasar por guardiana del infierno. Se abalanza hacia mí. Trato de luchar pero, como había hecho mi padre (el de verdad) se envuelve en llamas y avanza a una velocidad vertiginosa.

Alguien comienza a sacudirme (en la realidad, claro), hasta que por fin abro los ojos. Aprecio que es el amanecer, pero incluso esa mínima luz me hace daño a los ojos. Me incorporo frotándome el cuello. (Lo dije iba a acabar con tortícolis). Veo las caras preocupadas de mis amigos. ¿Qué habrá pasado?

- ¿Qué ha pasado?- pregunto mientras me levanto. Me percato de que tengo una quemadura en el brazo. Como si una lengua de fuego me hubiera abrazado mientras dormía. Una lengua de fuego como las que la envolvían a Ella.

- Pues dínoslo tú. Empezaste a gritar, pero no te despertabas – me explica Kai.

- Te tiramos un cubo de agua. Has pasado tanto tiempo así, que le ha dado tiempo a secarse – me dice Atara

- ¿Con que estabas soñando para que te pasara esto?- me pregunta Dario. Coge mi brazo examinando la quemadura. Le miro a los ojos y se ve claramente preocupado. Tiene los ojos algo vidriosos. Supongo que ver a una pobre gritar mientras dormía durante un largo periodo de tiempo, descubrir que despierta con una quemadura y encima querer a esa pobre es duro de llevar.

- Os lo contaré todo, pero no os asustéis, bastante asustada estoy yo por todos. – le comienzo a relatar a Ella, la bruja mala del cuento de Blancanieves, como me había dicho Kai. Les explico con detalle el cómo se convirtió, de una hermosa doncella, a una bestia salida del infierno. Saltándome adrede la parte en la que me moría de miedo mientras lo observaba. Pongo especial cuidado al relatar lo de las lenguas de fuego. Y también les explico que yo no sentí ningún calor ni nada parecido, a pesar de que tenga una quemadura. Cosa que a todos, incluyéndome, nos resulta de lo más extraño.

- ¿y no te dijo nada? ¿No mencionó su nombre, no te amenazó o algo? – me pregunta Kai cuando acabo.

- No, solo estábamos ella y yo. Ni si quiera había un paisaje. Era una nada blanca, Ella y yo. Pude percibir el mal, Su deseo de verme muerta. Lo sentí mucho antes de saber quién era.

- Pues no solo eres la única que ha visto el aspecto de los dioses sino también el de Ella.- me dice Atara- jamás se ha mostrado. Solo sus lacayos saben su aspecto. Y sus lacayos no son personas. Dicen que ella elige a los muchachos más valientes y apuestos para arrancarles el corazón, el cerebro y así poder manejar su alma sin vida.

- Eso es horrible – dice Dario

- Lo es, cierto. Mi… Nuestro padre, es uno de ellos – su rostro se ensombreció. Al volver hablar Atara parecía haber crecido hasta tener unos cincuenta años. – a menudo Ella ofrece salvación para las familias más pobres. Nosotros estábamos en estado crítico. Kai tenía diez años y yo once cuando todo pasó. No teníamos casa. A pesar de que mamá limpia las viviendas de los más afortunados de la aldea y que papá cazaba y vendía todo en la carnicería, el dinero no nos alcanzaba para nada. Pronto empezamos a morirnos de hambre. Mamá cayó. Se desnutrió. Lo poco que conseguíamos lo dividíamos en raciones iguales y ella siempre nos daba su ración. Acabó falleciendo… – habla como si todo lo que nos está contando le hubiese ocurrido a un extraño. Como si fuese una historia que había escuchado por ahí. Sin embargo sus ojos estaban anhelados de lágrimas. Al igual que los de Kai. – Ella apareció unos días después formulando un trato con mi padre. Él desesperado aceptó. Creía que era la única esperanza para nosotros. Ella jamás nos ayudó. Intentó incluso matarnos en algunas ocasiones. – se seca las lágrimas e intenta esbozar una sonrisa, claramente forzada. – pero en fin, estamos bien. Hemos salido adelante.

- Espera, …bueno antes de nada, lo siento. Sé lo que es perder a  un padre y os comprendo. Y… ¿por qué nos quisisteis matar para entregarnos a Ella? Por el relato debes de odiarla por lo que os hizo.- pregunto

- Primero: puede que lo pareciera, pero no lo intentábamos. Segundo: os dijimos que si lo pretendíamos para aparentar. Y tercero: solo os hubiéramos dejado inconscientes para arrastraros a un lugar seguro.

- ¿Por qué? – pregunta Dario

- La primera y seguramente más importante de las normas de supervivencia en Even: nunca pienses que estas solo, porque la mayoría de las veces, eso es solo una ilusión –responde Kai.

- Los lacayos de Ella están por todas partes observando. Hemos hecho una actuación. Sinceramente yo creo que sois la salvación, no solo de Even, sino el motivo por el que Ella no conseguirá dominar la Tierra.

- Comprendo…-musita Dario

- Creo que queda claro. Y lo haremos –digo yo

- ¿Haréis?- preguntan los hermanos al unísono

- ¡Salvaremos Even! . Elliot, yo y Dario, …si es que puede hacer algo.

- Gracias –me responde Dario con sarcasmo.

- Gracias, y de verdad. – responden otra vez los hermanos al unísono.

Nos damos un gran abrazo en grupo. No puedo evitar preocuparme, ¿Quién hubiera dicho que aquella chica que se sentaba sola en el recreo, sería la hija de dos dioses con poderes, no solo para salvar el mundo que todos conocían, sino además una dimensión donde ha hecho unos nuevos amigos y vive una bruja que quiere verla sin cabeza? No. La verdad es que nadie me avisó de que esto pasaría. Yo tengo reacciones en las que flipo pero no lo digo en voz alta para no preocupar a los demás ¿Pero cómo reaccionará Elliot? ¿Se volverá loco de repente? Más de lo que ya está, por supuesto.
Comenzamos a recoger nuestras pocas pertenencias. Invoco a la lluvia para llenar las cantimploras. En verdad estoy tan contenta ahora mismo que me cuesta más de lo pensado pensar en mis momentos más tristes. Recogemos el arco, y un par de cuchillos que llevan consigo Atara y Kai. Dario parece ser el único que no tiene arma, pero bueno con sus músculos sabrá defenderse, o eso espero. También empaquetamos las bayas, raíces y setas sobrantes de anoche. Espero poder cazar algo, no creo poder aguantar otra cena de cartón (¡Puaj!).

- Bueno, pongámonos en macha. ¿Crees que puedes cazar algo Alex? – me pregunta Dario

- Cualquier cosa es mejor que volver a comer raíces. – le digo mientras cargo el arco.

Cuando no llevamos más de cinco minutos caminando, Kai me sugiere que camine por la parte más alta, para ver si logro cazar algo. Le hago caso sin poner ninguna objeción. Jamás me cansaré de la sensación que me produce cazar. Esa sensación de paz y tranquilidad, la mente se vacía de cualquier estrés, de cualquier pensamiento que te produzca miedo o tristeza para dejarte en armonía con la naturaleza. Inspiro hondo. Juro que casi pude oler el fresco aroma de los pinos, sentir la pinocha bajo mis pies y la frescura de la lluvia acariciándome la cara. “Como si estuviera en casa” me digo a mi misma. Ahora que me he relajado, pongo alerta mis sentidos. Barro el terreno con la mirada y pongo especial atención al oído. No tardan en aparecer cientos de lagartijas, escorpiones y demás insectos a los que no estoy dispuesta a pegarles un mordisco. Podrían ser venenosos. Vamos a ver ¿Qué no es venenoso, malévolo o parlante en este sitio? Para mi suerte tengo al alcance de mis flechas una bandada de gansos. Consigo derribar tres. Está claro que no es lo mismo cazar perros que están a nivel del suelo, que gansos que andan allá arriba por las nubes.

Me reúno otra vez con el grupo. Me acerco a ellos agitando a los tres gansos que llevo agarrados por el cuello con orgullo. Atara me abraza y me da dos sonoros besos en cada mejilla. Ella también está de acuerdo conmigo en que las setas están algo más que un poco secas. Dario, en vez de abrazarme a mí, abraza a un ganso. Bueno poco más que reza por comerse una grasienta hamburguesa del McDonald’s, así que, incluso Kai al que parece ser que le gusta comer cartón, se alegra de tener carne fresca que comer.
Se me hincha el corazón de felicidad al ver que he colocado una sonrisa en cada uno de sus rostros.

Una vez que paran de envolverme entre abrazos, cumplidos y besos (besos de Dario, Mmm…), retomamos la marcha. Pronto la vegetación se hace un poco más variada. Comienzan a entrar en nuestro campo de visión pequeños arbustos con graciosísimas versiones de los frutos del bosque. Hay un arbusto que da una especie de mora del color del sol, según Kai, nos dice que los frutos de estos arbustos tiene una especie de efectos secundarios. Las moras te hacen la voz agudísima; te deja la voz de un pitufo. Lo que parecen frambuesas, solo que de un color verde musgo que casi se camufla con el tallo y las demás hojas, te hace tener alucinaciones. Atara nos cuenta que cuando las probó tuvo alucinaciones de las peores. Creía estar muerta vagando allá arriba con los dioses del limbo. Aunque también creía caer por un pozo sin fin, mientras gatitos de colores cantaban la canción de la gallina turuleta. El fruto que sin duda me gusta más son las fresas. Éstas son iguales a las de siempre. De un rojo perfecto y brillante, de un tamaño normal. Pero la diferencia es que su efecto secundario te hace bailar hasta la llegada del crepúsculo, según nos explican los hermanos. Recojo unas muestras de cada fruto. Quién sabe, puede que nos sean útiles.

Mientras caminamos pongo mi atención en las nubes del cielo. Estoy ansiosa, nerviosa y muy estresada. Pero sobre todo, preocupada por encontrar de una vez por todas a Elliot. Buscar siluetas en las nubes me ayuda. Hace que me centre en otra cosa que no sea pensar en que mi hermano pueda estar… eh… bueno, no hace falta decirlo.

- Tratando de despejarte ¿verdad? – me dice Dario.

Me coge dulcemente de la mano, entrelazando nuestros dedos. Que chocan absurdamente con el anillo que lleva puesto y del que parece no haberse separado.

- ¿Y ese anillo? Yo llevaba una pulsera cuando llegamos pero con tanto jaleo se me ha debido perder. – digo, intentando mantener una agradable conversación.

- ¿La verdad? – me pregunta

- Si no es mucho pedir…

- Me lo regalaron mis padres por mi cumpleaños. Realmente no me gusta mucho pero, es que no me lo puedo sacar – dice mientras sus mejillas adoptan un adorable color rosa.

Intento aguantar la risa, por no molestarle, pero mis intentos son en vano ya que acabo estallando en carcajadas. Los hermanos que iban a un paso algo más ligero y se habían colocado en cabeza debieron escucharnos, porque ellos sueltan el aire en forma de risa.

- No seáis cabrones ¿vale? Le podría haber pasado a cualquiera. – dice intentando reprimir una sonrisita, que logró mantener disimulada.

- No te preocupes a mí se me quedaron incrustados unos pendientes tres meses porque me eran demasiado chicos – dije yo.

- ¿En serio?- me pregunta frunciendo el ceño

- ¿La verdad?

- Si puede ser… - dijo usando el mismo tono de voz que yo antes.

- ¡No! Intentaba que te sintiera un poco mejor.

- Serás mala – me dice entrecerrando los ojos.

- No, tú sabes que en algún sitio, en un sitio muy al fondo yo te quiero – digo. Le dirijo una sonrisa burlona. En verdad acabo de decir dos palabras que creí que jamás le diría a un chico, ni aunque estuviésemos bromeando.

Le observo mirándolo directamente a sus azulados ojos y veo como éstos me sonríen.
Así nos pasamos la larga caminata, soltando absurdos comentarios. Chistes malos, anécdotas divertidas y embarazosas para aligerar la marcha. Nos reímos con ganas. Una vez más, me recuerda a estar dando un paseo por el bosque tranquilamente con mis amigos. Como si ningún peligro, ninguna malvada bruja de hielo salida del infierno se nos pudiera aparecer en nuestro camino. Ella o uno de sus lacayos sin alma. Me encantaría hacer como si lo que soñé fuera solo eso, un sueño. Pero entonces miro mi brazo y veo la marca que me dejó la lengua de fuego que provenía de lo más profundo de su ser. De lo profundo del ser salido del inframundo. 

Kai haciendo el payaso (algo que le sale muy natural) me devuelve al mundo real lejos de mis tenebrosos pensamientos. Y me devuelve haciéndome poner una sincera sonrisa en la cara.

Pronto la vegetación cobró altura hasta que a nuestro alrededor nos envolvían el fresco olor a pinos, sentimos la pinocha bajo nuestros desgastados zapatos y notamos la frescura de la humedad, como si fuera lluvia cayendo suavemente sobre nuestros rostros. La noche comenzaba a caer y el cielo adoptaba un color violeta precioso, con millones de puntitos luminosos sobre él. 

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