Me cuesta imaginar a los mayores de jóvenes, con la piel tersa y pálida, sin marcas de expresión, sin arruguillas bordeando los ojos hundidos, sin historias hechas manchas sobre el rostro. No puedo adivinar el color de su cabello, si claro o oscuro, ahora pálido y sin brillo, apagado y seco. No me imagino una sonrisa joven y de blancos dientes, en una cara que recuerda a la pérdida. No puedo creer que humanos, presas del tiempo, hayan sido alguna vez niños sonrientes, inocentes e ignorantes.
Cuerpos ya cansados, agotados tras cargar el peso de los años. Y si los años te dan sabiduría, con ella viene la infelicidad, conocimiento del horror, del vacío y de las mentiras que está lleno el mundo.
Envejecemos, nuestro cuerpo y nuestra mente, envejecen nuestros planes y nuestros sueños.
Ojos pálidos hundidos en sus cuencas. Y solo en esas cansadas miradas, se adivina el brillo de un anhelo por la juventud pasada.
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